Este blog quiere ser, en parte, un pequeño aporte al mundo de la ciencia política, aportes, teorías, etc.
Esta sección se enfoca en articulos de opinión, noticias y eventos de la Ciencia Política de Chile y el Mundo.
¿La Argentina es un pasado o un país? Witold Gombrovicz, 1963
Se acaba la campaña política. El estruendo publicitario no pudo ocultar el silencio de debate y propuestas. Aunque se trate de una instancia legislativa, lo que hoy está en juego es el voto de desconfianza ante la grotesca conducción gubernamental, de un consorte todopoderoso y de una presidenta fantasmal, casi virtual en lo que hace a la decisión de los problemas nacionales.
La mayoría electoral siente que la extraña pareja está siendo abandonada por los dioses antárticos que los elevaron adonde nunca debieron estar. Los argentinos sentimos que esta vez no somos víctimas solamente de la mala política o de una deshonesta administración, como tantas veces, sino de una sorpresiva irrupción de psicopatología política.
Ya no es un problema de ineptitud ni de lógicas erradas. Estamos más allá, en el absurdo.
Primero se dejaron de respetar las instituciones: la Iglesia, las Fuerzas Armadas, las fuerzas policiales y judiciales, garantes del orden público. Enseguida sobrevino la suicida demolición de la fuerza productora más eficaz en esta crisis mundial, que es la del campo, con toda la vasta red de intereses colaterales, esa trama de vitalidad y existencia que va mucho más allá del esquema exclusivamente económico. Y ahora está en jaque el poder industrial, con la invasión de empresas a partir de los fondos tomados a las AFJP.
Tal vez, como lo afirmó una candidata, se lleva al campo a la desesperación, creando un mercado de precio bajo para acumular miles de hectáreas y consolidar un enorme fideicomiso exportador de primera importancia mundial.
K es más bien un leninista aficionado, suburbano y tenaz. Acapara los "medios de producción" con sus amigos (tierras, empresas intervenidas, sistema financiero, telecomunicaciones, minería), pero su fin no es la creación de un socialismo, sino de un sistema económico similar al de una gigantesca corporación. No quiere ser Lenin, sino alguien como Slim. Parece que quisiera un superpoder económico personal y dejar la economía por encima de la política. Es un delirio de supercapitalista. De un Rockefeller de las pampas.
Pero la crisis se le adelantó a su adelantamiento de las elecciones de octubre. Como un conspirador ingenuo, la bomba le estalló entre las manos antes de tiempo.
Aunque parezca extraño, su verdadero designio era el de un capitalista empedernido. Y no se cumplió su sueño, pero nos quedaron realidades de pesadilla.
Todos nosotros estamos inmóviles, en una democracia secuestrada.
Por eso estas elecciones conllevan una esperanza de renacimiento.
Somos, internacionalmente, un mamarracho. Un país perturbador, agresivo. Un país rico que juega a la miserabilización (pero en el que se enriquecen amoralmente sus dirigentes). Nadie puede entender nuestra autodestrucción. Tomamos nota en exclamaciones teleperiodísticas cotidianas, pero seguimos inmóviles, sin poder actuar, paralizados por el ángel exterminador de Buñuel.
Alfonsín dijo que con la democracia se vive, se come y se educa. Pero su democracia impotente llevó a su gobierno a una hiperinflación monstruosa y tuvo que abandonar el poder anticipadamente. Ahora, en esta descarada seudodemocracia K, se roba, se padece pobreza y hambre para un tercio de la población y los padres de familia pueden morir asesinados por chicos que les vacían el cargador con los ojos nublados por el paco que todas las madres angustiadas saben dónde se vende (pero no los fiscales, los policías ni los intendentes).
No basta lo que los argentinos creen que es democracia . Se necesita coraje para gobernar y enfrentar el mal y la infamia. Los asesinos de ayer, en un verdadero triunfo gramsciano a través de la ambigüedad y el culpismo ideológico de Kirchner, lograron que hoy no haya policía actuante, como en todos los países del mundo. El policía sale a la calle con más temor a tener un proceso y un castigo administrativo que los jóvenes asesinos, apañados por los garantistas que pagan el lujo de su humanismo con la vida de los otros, los que mueren cada día o se refugian en sus casas enrejadas.
La ministra Argibay, que defendió emocionada ante la TV a los pobres chicos asesinos, debería estar informada de lo que pasó en 1932 en la Rusia soviética con las bandas de jóvenes criminales, producto del desastre de las campañas socializantes contra los pequeños propietarios agrarios. Eran los llamados "niños lobo". El Politburó estableció que no eran niños asesinos, sino asesinos niños que había que combatir con toda energía y luego recuperarlos, si se podía. Establecieron que eran imputables a partir de los doce años. La ministra debería leer lo que ocurrió en China en 1949 con la asunción de Mao y en Estados Unidos en los años 30. El interés prioritario por defender es la vida del inocente; luego vendrá la recuperación del criminal.
Lo grotesco y la cobardía ganaron esta campaña electoral. Sin embargo, el pueblo al votar va a unificar lo que no supieron unir los políticos, cuyo egoísmo, en algunos dirigentes de la oposición, los llevó a atacar más a los de su vereda que a K mismo, pensando en posiciones para el futuro, en 2011.
Como la única fuerza organizada y con evidente gobernabilidad nacional es el peronismo, algunos se esmeraron en crear un complot, o mejor una farsa, en la que Macri, Reutemann, Puerta, Romero, Duhalde, Rucci, Solá, los Menem, Venegas, De Narváez, Busti, los de la CTA, etcétera, no esperan otra cosa que el 29 para invitar después de su triunfo a los Kirchner a tomar champagne (o sidra, si fuera el caso).
Ojalá que a la doctora Carrió no se le ocurra organizar el ágape.
Con discusión de proyectos o no, el pueblo sabrá elegir mejor que los candidatos que apoya. Elegirá el fin de un ciclo.
Se iniciará un período difícil y creador. La Presidenta deberá asumir la plenitud del poder con que la inviste la Constitución y abrir el gran diálogo nacional para iniciar, finalmente, el camino de arranque fecundo que esperamos de nosotros y el mundo espera de la Argentina.
Sin diálogo abierto con todos los sectores de la vida nacional, el gobierno de Cristina Kirchner quedaría en calidad de gobierno de transición. Los problemas son demasiado urgentes y no hay dilaciones. Se nos vienen encima las amenazas de crisis extrema que previó Kirchner cuando adelantó el plazo electoral.
Pero lo más terrible después del 28 sería la posibilidad de que un autoritarismo benigno virara a formas intimidatorias y hasta violentas. No es de descartar, porque el llamado "modelo" puede dar motivo a una agudización chavista, en el sentido de medidas intervencionistas y movilizaciones intimidatorias. Más allá de los conocidos grupos que puede movilizar K para transformar su derrota en falso triunfo plebiscitario, será de extrema importancia que la ciudadanía exprese su triunfo nacional masivamente, autoconvocándose para demostrar en la calle su victoria. Esta demostración en la noche del 28 tendría un gran poder disuasivo ante la prepotencia.
El país está intacto para enfrentar con las mejores posibilidades este tiempo de crisis. La conducta aislada y superada de K no puede persistir al quedar rechazada por la gran mayoría nacional y la Presidenta queda enfrentada a la obligación de conducir con un nuevo estilo y desde el consenso imprescindible.
Una secreta fe recorre la Patria, humillada y vejada por la patanería y la incalificable destrucción de su riqueza más comerciable en esta crisis mundial y nacional. Hay que responder al amigo Gombrovicz, que se iba a Catamarca a buscar la pureza de la Argentina profunda cuando lo intoxicaba la tilinguería de Buenos Aires.
Gombrovicz: usted quería a la Argentina y se indignaba con ella, como nosotros. Pero no somos un pasado ni una rémora. Somos como esa Ferrari Testarossa que un palurdo ganó en una rifa de fin de año y no sabe ponerla en marcha. Somos un purasangre maneado que ansía lanzarse otra vez a galopar con el viento levantándole las crines y zumbándole en las orejas. Queremos volver a ser el país en el que usted desembarcó viniendo de la Polonia asolada, exterminada por el terror, y donde encontró la paz de sus partidos de ajedrez en la confitería del Rex o en La Fragata.
La Argentina quiere volver a su felicidad. A ese país primero posible y después grande que en tres décadas se ubicó entre los diez más exitosos países del mundo y donde se creó un sistema educativo que acabó con el analfabetismo en el nivel nacional, antes que Estados Unidos y la misma Francia, como lo acaba de declarar Vargas Llosa.
No queremos administradores tristes. Queremos convocarnos con un viento de fe y de grandeza. Queremos un Renacimiento y no una administración de la mediocridad. Queremos esa pasión que unió a Roca, a Yrigoyen, a Perón, a Frondizi. Un sentimiento compartido de Patria.
Las elecciones aparentemente menores del 28 de junio son para nosotros el fin de un ciclo de resentimiento y la apertura hacia esa llamarada, esa voluntad de gran destino que hizo de este país una maravillosa posibilidad de vida, pese a las contradicciones y los límites de la condición humana en su universalidad.
Guillermo O´Donnell La Nación - Bs. Aires 28/05/2009
Hace unos 15 años, al tratar de entender los gobiernos de Menem; de Collor, en Brasil, y la primera presidencia de Alan García, en Perú, argumenté que estaba surgiendo un nuevo tipo de democracia, a la que llamé delegativa para diferenciarla de la que está ampliamente estudiada: la democracia representativa. Se trata de una concepción y una práctica del poder político que es democrática porque surge de elecciones razonablemente libres y competitivas; también lo es porque mantiene, aunque a veces a regañadientes, ciertas importantes libertades, como las de expresión, asociación, reunión y acceso a medios de información no censurados por el Estado o monopolizados.
Este tipo de democracia, como la que vive hoy la Argentina, tiene sus riesgos: los líderes delegativos suelen pasar, rápidamente, de una alta popularidad a una generalizada impopularidad.
Los líderes delegativos suelen surgir de una profunda crisis, pero no toda crisis produce democracias delegativas; para ello también hacen falta líderes portadores de esa concepción y sectores de opinión pública que la compartan. La esencia de esa concepción es que quienes son elegidos creen tener el derecho ?y la obligación? de decidir como mejor les parezca qué es bueno para el país, sujetos sólo al juicio de los votantes en las siguientes elecciones. Creen que éstos les delegan plenamente esa autoridad durante ese lapso. Dado esto, todo tipo de control institucional es considerado una injustificada traba; por eso los líderes delegativos intentan subordinar, suprimir o cooptar esas instituciones.
Estos líderes a veces fracasan de entrada (Collor en Brasil), pero otras logran superar la crisis, o al menos sus aspectos más notorios. En la medida que superan la crisis logran amplios apoyos. Son sus momentos de gloria: no sólo pueden y deben decidir como les parece; ahora ese apoyo les demuestra, y debería demostrar a todos, que ellos son quienes realmente saben qué hacer con el país. Respaldados en sus éxitos, los líderes delegativos avanzan entonces en su propósito de suprimir, doblegar o neutralizar las instituciones que pueden controlarlos.
Aquí se bifurcan las historias de estos presidentes. Algunos de ellos, como Kirchner (y Menem en su momento), tuvieron la gran ventaja de lograr mayoría en el Congreso. Sus seguidores en este ámbito repiten escrupulosamente el discurso delegativo: ya que el presidente ha sido electo libremente, ellos tienen el deber de acompañar a libro cerrado los proyectos que les envía "el Gobierno". Olvidan que, según la Constitución, el Congreso no es menos gobierno que el Ejecutivo; producen entonces la mayor abdicación posible de una legislatura, conferir (y renovar repetidamente) facultades extraordinarias al Ejecutivo.
En cuanto al Poder Judicial (en el caso nuestro, a contrapelo de buenas decisiones iniciales en la designación de miembros de la Suprema Corte y reducción de su número), se van apretando controles sobre temas tales como el presupuesto de esa institución y, crucialmente, las designaciones y promociones de jueces. Asimismo, con relación a las instituciones estatales de accountability (rendición de cuentas), auditorías, fiscalías, defensores del pueblo y semejantes, se apunta a capturarlas con leales seguidores del presidente, al tiempo que se cercenan sus atribuciones y presupuestos. Todo esto ocurre con entera lógica: para esta concepción supermayoritaria e hiperpresidencialista del poder político, no es aceptable que existan interferencias a la libre voluntad del líder.
Por momentos, el líder delegativo parece todopoderoso. Pero choca con poderes económicos y sociales con los que, ya que ha renunciado en todos los planos a tratamientos institucionalizados, se maneja con relaciones informales. Ellas producen una aguda falta de transparencia, recurrente discrecionalidad y abundantes sospechas de corrupción.
En verdad, ese líder no puede tener verdaderos aliados. Por un lado, tiene que lidiar con los nunca confiables señores territoriales. Ellos deben proveer votos, así como un control de sus territorios que, sin importarle demasiado al líder cómo, no genere crisis nacionales. Por supuesto, los gobernadores (no pocos de ellos también delegativos, si no abiertamente autoritarios) pasan por esto facturas cuyo monto depende del cambiante poder del presidente; así se pone en recurrente y nunca finalmente resuelta cuestión la distribución de recursos entre la Nación y las provincias.
En cuanto a los colaboradores directos de estos líderes, ellos tampoco son verdaderos aliados. Deben ser obedientes seguidores que no pueden adquirir peso político propio, anatema para el poder supremo del líder. Tampoco tiene en realidad ministros, ya que ello implicaría un grado de autonomía e interrelación entre ellos que es, por la misma razón, inaceptable.
Asimismo, el líder suele necesitar el apoyo electoral de otros partidos políticos, algunos de los cuales se tientan con la posibilidad de beneficiarse de la popularidad de aquél. Pero estos partidos tampoco pueden ser verdaderos aliados; su a veces ostensible oportunismo los hace poco confiables, y el propio hecho de que sean otros partidos muestra al líder que tampoco lo son para acompañarlo plenamente en su gran tarea de salvación nacional. Además, si fueran realmente tales aliados, el líder tendría que negociar con ellos importantes decisiones de gobierno, lo cual implicaría renunciar a la esencia de su concepción delegativa.
Los líderes delegativos inicialmente exitosos generan importantes cambios, algunos de ellos, en casos como el nuestro, de signo e impactos positivos. Pero por eso mismo van apareciendo nuevas demandas y expectativas, junto con el resurgimiento de antiguos problemas. La complejidad de los temas resultantes exigiría tomar complejas decisiones; pero ellas sólo son posibles con participación de sectores sociales y políticos que sólo pueden hacerlo ejerciendo una autonomía que el líder delegativo no está dispuesto a reconocerles.
De esta manera, los líderes se van encerrando en un estrecho grupo de colaboradores, que quedan cada vez más atados al supremo valor de la "lealtad" al líder. A su vez, quienes en el Estado y desde el llano apoyan desinteresadamente al líder comienzan a dar señales de desconcierto y preocupación. Comienzan a resentir que sólo se los convoque para aclamar las decisiones del Gobierno. Es típico de estos casos que a períodos iniciales de alta popularidad suceden abruptas caídas y, con ello, una cascada de "deserciones" de quienes hasta hacía poco proclamaban incondicional lealtad al líder.
Cuando aparece la crisis de estos gobiernos, el país se encuentra con debilidades institucionales que el líder delegativo se ha ocupado de acentuar. Entonces, los señores territoriales empiezan a tomar distancia de ese líder. Por su parte, los partidos que creyeron ser aliados y descubren que sólo podían ser subordinados instrumentos, comienzan a recorrer un complicado camino de Damasco hacia otras latitudes políticas.
Desde su creciente aislamiento, el líder reprocha la "ingratitud" de quienes, luego de haberlo aplaudido, ahora resienten la reemergencia de graves problemas y las maneras abruptas e inconsultas con que intenta encararlos (si no negarlos como malicioso invento de condenables intereses expresados en los nunca tan molestos medios de comunicación). Este es un estilo de gobernar que corresponde rigurosamente a la constitutiva vocación antiinstitucional de la democracia delegativa.
De hecho, el líder tiende a adoptar un mecanismo psicológico bien estudiado, típico de estas situaciones: no logra distinguir caminos alternativos y se aferra a seguir haciendo lo mismo y de la misma manera que no hace mucho funcionó razonablemente bien. A esta altura de los acontecimientos, otros líderes delegativos se encontraron huérfanos de todo apoyo organizado. En cambio, entre nosotros, el matrimonio presidencial tiene la ventaja de contar con parte del Partido Justicialista; pero, mostrando la raigambre de sus visiones, éste es manejado con la misma discrecionalidad que su gobierno.
A medida que avanza la crisis, el líder apela al apoyo de los verdaderos "leales" y arroja al campo del mal no ya sólo a los eternos herejes de la causa nacional, sino también a los "tibios". El líder ya no vacila en proclamar que el principal contenido de toda la oposición es ser la antipatria, de las que nos quiere salvar. La imagen asustadora del retorno a la crisis de la que nació su gobierno -el caos- aparece en su discurso. En cuanto a la oposición, tiende a aglomerar, entre otros, a sectores sociales y actores políticos que aquél justificadamente criticó. De allí resultan incómodas compañías, intentos de diferenciación y apuestas en pro y en contra de la polarización que impulsa el líder delegativo.
Entonces también surge uno de los riesgos de la democracia delegativa: en respuesta a la crispación que produce a su líder la para él/ella injustificable aparición de aquellas oposiciones, le tienta amputar o acotar seriamente las libertades cuya vigencia la mantienen en la categoría de democrática. Que este riesgo no es baladí se muestra en el desemboque autoritario de Fujimori en Perú y de Putin en Rusia, y en el similar desemboque hacia el que hoy Chávez empuja a Venezuela. Felizmente, la Argentina no tiene las condiciones propicias para ese desenlace, pero no es ocioso recordar que la democracia también puede morir lentamente, no ya por abruptos golpes militares sino mediante una sucesión de medidas, poco espectaculares pero acumulativamente letales.
En la lógica delegativa, las elecciones no son el episodio normal de una democracia representativa, en las que se juegan cambios de rumbo pero no la suerte de gestas de salvación nacional. Para una democracia delegativa, hasta las elecciones parlamentarias adquieren auténtico dramatismo: de su resultado se cree que depende impedir el surgimiento de poderes que abortarían esa gesta y devolverían el país a la gran crisis precedente. Hay que jugar todo contra esta posibilidad porque, para esta concepción, todo está realmente en juego. Es importante entender que estos argumentos no son sólo recursos electorales; expresan auténticos sentimientos.
La repetición de estos episodios no es casual; obedece al despliegue de una manera de concebir y ejercer el poder que se niega a aceptar los mecanismos institucionales, los controles, los debates pluralistas y las alianzas políticas y sociales que son el corazón de una democracia representativa. En el transcurso de su crisis, cuando acentúa su discurso polarizante y amedrentador, esta manera de ejercer el poder recibe apoyos cada vez más escasos y endebles, al tiempo que acumula enojos de los poderes e instituciones, políticos y sociales, que ha ido agrediendo, despreciando y/o intentando someter. El período de crisis de las democracias delegativas es de gran aceleración de los tiempos de la política; no deja de ser paradójico, aunque entendible dentro de esta concepción, que sea el líder delegativo quien más contribuye a esa aceleración -como todo le parece en juego, casi todo pasa a ser permitido-.
Con estas reflexiones expreso una honda preocupación. Estoy persuadido de que el futuro de nuestro país depende de avanzar hacia una democracia representativa. No sé si será posible moverse de inmediato en esa dirección. Esta duda se refiere a un Poder Ejecutivo que parece poco dispuesto a reconducir su gestión. También incluye una oposición que contiene importantes franjas que han demostrado compartir estas mismas concepciones y prácticas delegativas, y no es seguro que las abandonen si triunfan en estas y futuras elecciones. Queda abierta la gran cuestión -que algunas campañas electorales por cierto no despejan- de si el aprendizaje de los defectos y costos de la democracia delegativa se encarnará efectivamente en comportamientos y acuerdos que la superen.
Típicamente, los períodos de visible crisis del poder delegativo, recomponible o no, reencauzable o no, son de gran incertidumbre. Con ellos tendremos que vivir, sin perder la esperanza de que, aunque mediante oblicuos y ya largos caminos, nuestro país se encamine hacia una democracia representativa. Ella vale por sí misma; es también condición necesaria para ir dando solución a los múltiples problemas que nos aquejan.
El autor es profesor emérito de Ciencia Política de la Universidad de Notre Dame (EE.UU.)
* Periodista desde hace más de cuarenta años, es conductor del programa televisivo Hora Clave desde 1989 y columnistas de temas políticos en el diario LA NACION.
Es abogado y realizó estudios de sociología en la Universidad de Madrid y de Ciencia Política en el Instituto de Estudios Políticos de la misma ciudad española.
Profesor adjunto de Derecho Político en la UBA hasta 1987 y titular de Teoría del Estado entre ese año y 1999, fue académico y profesor visitante e investigador asociado en la Universidad de Harvard, y enseña actualmente en la Universidad Cema.
Además, es autor de varios libros, entre ellos Los pensadores de la Libertad, Bajo el imperio de las ideas morales, La Corrupción, La Argentina como vocación, y Las condiciones culturales del desarrollo económico.
La palabra latina post significa "detrás de" o, como vamos a usarla aquí, "después de", por ejemplo, en la composición de la palabra "postre", que alude al plato complementario, por lo general dulce, que viene después del plato principal. Supongamos, sin embargo, que los comensales invitados a un banquete, si bien saben que habrá postre, aún ignoran en qué consistirá, y que, por lo tanto, saben y no saben a la vez lo que significará para ellos "post". Esto es lo que nos pasa a los argentinos de cara al poskirchnerismo.
Cuando en un análisis histórico conocemos lo que vino después de una época determinada, ya no le anteponemos "pos-" porque podemos darle la precisión de un nombre.
No denominamos a la época del Renacimiento "posmedieval", porque conocemos el desarrollo de esos maravillosos siglos XIV al XVI, durante los cuales la cultura europea floreció bajo el impulso del Renacimiento -de ahí su nombre- de la tradición grecorromana.
Utilizamos el prefijo "pos-", en cambio, cuando, aunque ya sabemos que amanece una nueva época, no podemos ponerle un nombre preciso porque todavía ignoramos cuál será su argumento. "Post" alude, en estos casos, a una certeza acompañada por una incertidumbre: la certeza de que amanece y la incertidumbre acerca de lo que traerá el nuevo día que apenas asoma detrás de tímidas nubes.
A estos indecisos amaneceres los llamamos "post". ¿En qué se transformarán en pleno día? Todavía no lo sabemos. Todavía no le hemos ofrecido una clara definición, por ejemplo, al tiempo que sigue a los tiempos modernos, y por eso lo llamamos vagamente "posmoderno". De él sabemos que ha venido después de la Edad Moderna, y de esta edad ya conocemos la revolución científica, tecnológica y política que acarreó consigo; sus inventos, sus descubrimientos, sus revoluciones y sus guerras.
Sabemos todo lo bueno y lo malo que nos trajo la modernidad pero, como estamos inseguros de lo que la sucederá, la llamamos provisional, tentativamente, "la posmodernidad".
Algo similar nos pasa a los argentinos con el poskirchnerismo. Sentimos que el período de crecimiento económico y despotismo político que acompañó a Néstor Kirchner desde 2003 se está agotando. Pero ignoramos todavía tanto la fecha exacta de su extinción como el contenido concreto del período que lo reemplazará.
¿El poskirchnerismo nacerá acaso en este año electoral de 2009 o sólo irrumpirá en los comicios presidenciales de 2011? Pocos creen que el poder de Néstor Kirchner pueda perdurar más allá de esta última fecha, pero la incertidumbre también tiene un límite, porque, a la inversa de nuestras dudas acerca de la posmodernidad, cuyo inmenso contorno nos excede, los argentinos podemos hacer algo, quizá mucho, acerca del poskirchnerismo, no tanto para acelerarlo como para conformarlo, para darle forma, convirtiéndolo en un nuevo episodio fallido, como fue la Alianza a partir de 1999, o llevándolo, al contrario, al umbral de la historia grande, emulando, en este caso, a la generación alberdiana de 1853.
La idea inicial de un libro con este tema que presento al lector nació junto con un artículo que publiqué en LA NACION, el 2 de noviembre de 2008, con el título de Una introduccción básica al poskirchnerismo . Al escribirlo, partí de la premisa de que, a lo largo de sus doscientos años de historia, la Argentina conoció tres instancias en las cuales todo el poder se concentró en un solo hombre: entre 1829 y 1852, Juan Manuel de Rosas; entre 1945 y 1955, Juan Domingo Perón y, de 2003 hasta ahora, Néstor Kirchner.
Por supuesto, aún no sabemos cuál será el contenido concreto del poskirchnerismo, pero ya sabemos, en cambio, lo que pasó después de Rosas y después de Perón. La Argentina que sobrevivió a Rosas fue un éxito tan largo como extraordinario, porque nos dio un sistema político republicano y, finalmente, democrático y un desarrollo económico sin par hasta su insensata interrupción en el golpe militar de 1930, nada menos que 78 años después.
La Argentina que sobrevivió a Perón fue, al contrario, un fracaso cuyas sombras se han prolongado hasta ahora. ¿Por qué este dramático contraste? Porque después de Rosas vino lo que podríamos llamar el transrosismo, que dio a luz un nuevo proyecto nacional, encarnado en una nueva Constitución, mientras lo que vino después de Perón fue apenas la breve e incierta prolongación del antiperonismo, cuyo ciclo el propio Perón se encargaría de cerrar en 1973, cuando, al abrazarse con Balbín, intentó enterrar sin conseguirlo el odio entre los argentinos que había resucitado en los fatídicos años setenta, con los montoneros en una trinchera y los militares en la otra.
Esta dura comprobación explica lo que he querido hacer en el libro, en el que me pregunto si a los argentinos de hoy nos será posible emular a los fundadores alberdianos que nos dieron desarrollo político y económico durante casi ochenta años o si recaeremos, más que en un único fracaso, en uno más de los doce fracasos sucesivos que han congelado nuestro desarrollo desde 1930 hasta 2009, por otros ochenta años.
¿Será, entonces, el período que asoma detrás de Kirchner un tiempo verdaderamente nuevo o una triste reiteración de los anteriores?
Precisando esta pregunta, después del previsible ocaso de Kirchner, ¿daremos un precario nacimiento a un poskirchnerismo que apenas será una prolongación necesariamente breve del "antikirchnerismo", que podría triunfar sólo precariamente sobre el déspota actual, o acometeremos, al contrario, la epopeya de lanzar un nuevo sistema que brinde a la Argentina una larga etapa de éxito institucional y económico comparable a la del "transrosismo? El poskirchnerismo que viene, en suma, ¿podrá escalar la empinada cuesta que lleva al "transkirchnerismo"?
En el curso de este ensayo he procurado explorar no sólo las avenidas, sino también los pasos de montaña del poskirchnerismo. Confío en que este esfuerzo, que creo honesto, pero insuficiente, anime a otros a profundizarlo, porque la tarea que los aspirantes al "transkirchnerismo" tenemos por delante no podría ser la obra de una o de varias plumas, sino de una entera generación. Alberdi nos inspira, pero no está entre nosotros. ¿Seremos capaces de sumar entre todos un "Alberdi colectivo"? ¿Podremos emular, en el terreno político, la hazaña que viene de consumar Mercedes Sahores al ser la primera argentina en escalar el Everest?
Al intentar su hazaña, Mercedes quizá pensó en algún momento que su empeño la excedía. El principal escollo que podríamos encontrar los argentinos de mi generación, y de la que viene pisándole los talones, no es tanto la exigencia fundacional de un nuevo comienzo, sino también, y sobre todo, la larga memoria de nuestros anteriores fracasos. De 1930 a 2009, doce gobiernos pretendieron un nuevo comienzo sin que los conservadores, los radicales, los peronistas y los militares pudieran, unos tras otros, concretarlo.
Esta seguidilla de abortos institucionales que han jalonado nuestros últimos ochenta años a través de los más diversos protagonistas y los más diversos métodos, han instalado entre nosotros el virus del derrotismo. Como todas y cada una de las etapas de estas pretendidas refundaciones terminaron invariablemente mal, cada vez que alumbra un nuevo proyecto de superación lo acompaña una sospecha: que, al igual que los que lo precedieron, "no va a andar". Cercados por esta sospecha, los sucesivos protagonistas de nuestros desencantos, al descreer ellos mismos de aquello que intentaban, llegaron a pensar que la palabra "éxito" ya no significaba entre nosotros, al igual que en países que se sienten exitosos, como Brasil o los Estados Unidos, el éxito puro y simple de sus empresas, sino otro resultado mucho más modesto, porque, si no vamos a lograr lo que pretendemos, siempre será posible echarle la culpa del fracaso a algún rival.
La culpa por lo que encontró Kirchner, ¿no la tiene, acaso, Menem? La culpa por las dificultades que encontraron los gobiernos civiles, ¿no provino de los militares? La culpa por aquello con lo que debieron lidiar los antiperonistas, ¿no nació, acaso, de los peronistas, y viceversa? La culpa por los males que encontró en su momento el radicalismo, ¿no fue conservadora? La vida política argentina de las últimas décadas ha sido, gracias a esta reiterada echazón de culpas, como una serpiente que se muerde la cola.
Hace tanto tiempo que ningún político, que ningún partido, puede adjudicarse el mérito de haber triunfado en medio del reconocimiento general, que entre nosotros "el éxito" ha dejado de ser, simplemente, el éxito, para convertirse en la capacidad de alegar que el fracaso ha acontecido por culpa de algún otro. Culpable tras culpable, todos los protagonistas del largo estancamiento argentino que nos hizo retroceder de la vanguardia a la retaguardia de la caravana de las naciones en los últimos ochenta años han debido recurrir a esta treta, a este escape, que al fin nos ha envuelto a todos.
Que nuestra generación y la que asoma talones tengan la audacia de pretender esta vez un éxito tan fenomenal como el de las generación alberdiana de los Urquiza, los Mitre y los Sarmiento será, quizá, la mayor de sus dificultades. Exponerlo en un libro es, en el fondo, una apuesta a que los argentinos podremos enfrentar entre todos y desde todo lugar el dilema del poskirchnerismo, recuperando -pese a las negras memorias- el pasado, la olvidada virtud del optimismo. Lo más difícil de la nueva etapa que asoma por detrás del agotamiento del modelo kirchnerista será, entonces, osar. Pese a los sinsabores del pasado reciente, ¿nos atreveremos a hacerlo? El mayor argumento en favor de la audacia que deberemos desplegar los argentinos de esta generación y de la que nos viene pisando los talones es que, si no nos animamos a saltar, a escalar la historia, nos veremos obligados a repetirla.
La Nación de Buenos Aires, Martes 26 de Mayo 2009, Opinión
Las relaciones entre la Iglesia y el Estado en América Latina durante el siglo XIX, no debiesen muy ser distintas a la relación que existió en el resto de occidente debido a la influencia de las ideas de la ilustración y del mundo moderno, que produjeron grandes cambios en la configuración de los estados modernos y especialmente en las nacientes democracias.
La ciencia política reconoce que en la formación de los sistemas políticos de los distintos países existieron cleavages o líneas de conflicto que configuraron la aparición de posiciones respecto a diversos temas y aparición de intereses comunes que conformaron los partidos y los sistemas de partidos, algunos cleavages tuvieron mayor importancia en algunos estados que en otros (Valenzuela, 1995). Estos quiebres o fracturas son cuatros y los podemos clasificar en centro/periferia, iglesia/estado, urbano/rural y proletariado/capitalista (Rokkan, 1968; Lipset & Rokkan, 1967; Bartolini, 1995), de estos cuatros el segundo va a ser el que vamos a desarrollar en el trabajo de América Latina.
Comenzare abordando el ¿por qué? de la existencia de esta tensión, ya que todo conflicto es necesario el establecimiento de posiciones fundamentadas en creencias o interpretaciones del hecho del conflicto determinada por los intereses de cada grupo o sector, por lo mismo, es necesario conocer y mencionar la postura oficial, y la no oficial del Vaticano y del actuar del clero por una parte; por el otro lado es necesario conocer ¿Cuál es la postura que se contrapone a la de la Iglesia? y ¿por qué?.
A continuación de esto veremos como las posturas afectaron en los procesos de los países americanos. Debido a que abordar toda América Latina es una tarea extensa e innecesaria para este trabajo, nos enfocaremos especialmente en los países más importantes como México, Argentina y otros que nos ayudaran como ejes centrales del trabajo.
POSICIONES QUE DETERMINAN LOS CONFLICTOS EN LOS DIVERSOS PAISES DE LA REGIÓN
Cuando la corona española pierde las colonias en el proceso de emancipación americana se produce un efecto de vacio legal y de poder, en parte, que hace que la Iglesia tenga una posición poco clara al respecto y que sus miembros también posean posiciones distintas, es decir, algunos a favor de la independencia y otros en contra de la independencia.
El Papa Pío VII considera a estos movimientos independentistas como grupos alborotadores y sediciosos e insta a los obispos de América Latina a través de la encíclica Etsi Longissimo (1816) de no perdonar y de tratar de destruir estos movimientos (Codina, 1994), pero no todo el clero hizo caso a esta solicitud, esta tuvo mayor eco entre los sacerdotes españoles. Los independentistas sabían esta situación y confiaban en el clero, así lo manifestaba el general venezolano Francisco de Miranda y Rodriguez que confiaba que el clero se iba a manifestar en el momento adecuado ya que eran “hombres ilustrados y liberales”.(Otayza, 2003)
Una señal de esta situación ambigua era la relación que se producía entre los mismos nuevos estados y la santa sede, que si bien esta última no reconocía a los nuevos estados como tales, si poseía una relación con los gobiernos constituidos en estos países, aun más en la practica en todos los documentos oficiales que se enviaban a algunos países, como ejemplo Chile y Colombia, iban dirigidas a los máximos representantes de estas (Directores Supremos, Presidentes de Junta de Gobierno, etc.) y rotulados como “Repúblicas”(Amunategui, 1960), estas no eran enviadas a los virreinatos ni a las capitanías generales.
Aun así el Papa León XII, manteniendo esta ambigüedad, el 24 de septiembre de 1824 publica la encíclica Etsi Iam Diu el cual reconoce la dominación de Fernando VII sobre América y mantiene una posición en contra de la independencia de Hispanoamérica. Este documento cuando llegó a Hispanoamérica se le creía que había sido falsificado por los españoles, ya que no comprendían como verdadera tal posición del Vaticano (Amunategui, 1960; Codina, 1994).
Tal posición es propuesta por algunos autores producto, no de la posición real que tenía el Vaticano, sino por la constante presión que estaba ejerciendo en Europa la Santa Alianza a todo lo que podía significar un apoyo a las democracias y no en apoyo a las monarquías absolutistas(Bethell, 1990). En este sentido algunos eclesiásticos de la región poseían comunicaciones ilegales con el gobierno de Fernando VII y con el Consejo de Indias que informaban de las acciones de los gobiernos hispanoamericanos, así lo manifestaba el Ministro de Relaciones Exteriores de Chile, Mariano Egaña, quien desde Londres informó a algunos países de Sudamérica de tal situación(Amunategui, 1960).
El año 1823 por petición del gobierno chileno a través del canónigo Ignacio Cienfuegos y debido al gran descuido que habían quedado las diócesis durante las guerras de independencia que había, entre muchas cosas, provocado escases de sacerdotes en algunos países de la región (ya que muchos sacerdotes eran españoles y tuvieron que volver a España) y la vacancia en los cargos en las diócesis, el Vaticano envió una misión a Sudamérica encabezada por el Cardenal Giovanni Muzi (nombrado Vicario Apostólico en Chile) y acompañado en el cargo de secretario por Giovanni María Mastai (quien sería posteriormente Pio IX).
En 1831 por primera vez se reconoce ya de manera oficial por parte del Vaticano la independencia de los estados Latinoamericanos siendo Gregorio XVI el pontífice que se encuentra en el cargo, quien a través de la encíclica Sollicitudo ecclesiarum reconoce a las nuevas repúblicas y nombró a obispos en las respectivas diócesis.
Terminado este capitulo de las guerras de independencias de América Latina entramos en otra etapa en la relación entre la Iglesia y el estado y que esta ligado a la secularización o laicización de los estados latinoamericanos y los conflictos en torno a los partidos conservadores y liberales.
En este sentido podemos encontrar al igual que en la Iglesia a principios del siglo XIX diversas posiciones respecto a una situación, pero esta vez va a ser el liberalismo que va a presentar esta característica en América Latina, mientras que la Iglesia va a poseer un consenso en torno a este tema. Primero vamos a conocer la posición que posee el liberalismo y posteriormente la posición que posee la Iglesia.
Hay diversos factores que son importantes tener en cuenta para entender la posición del liberalismo respecto a la Iglesia Latinoamericana, la primera era que veía a la Iglesia como parte de los prejuicios del pasado que obstaculizaban al individuo y que esta estrechamente ligado a los ideales del liberalismo. La segunda se debe a una cuestión de poder entre la Iglesia y el Estado, ya que si bien sabemos que la Iglesia estaba debilitada, el estado en comparación era mucho más débil que la Iglesia, ya que esta poseía mayor afección de la población y mayores recursos económicos, por lo mismo los estados buscaban medidas para poder expropiar los bienes que poseía la Iglesia, tanto para hacer uso de ellos y reducir el poder que esta tenía(Bethell, 1990).
La apropiación de bienes de la Iglesia por parte del estado se realizo de diversas maneras, una de ellas simplemente quitando los bienes a la Iglesia como sucedió en México y la otra manera de ocupar los recursos de la Iglesia fue aprovechando la debilidad en algunos países de no contar con obispos o con sacerdotes con una formación necesaria, haciendo que la Iglesia se subordine de manera tácita al estado como sucedió en Argentina en el gobierno de Rosas, integrando personas como sacerdotes que tenían el único objetivo de realizar activismo político en las iglesias en vez de preocuparse de las cuestiones espirituales.
Pero también podemos encontrar liberalismos mucho más moderados, que encontraban que la lucha contra la Iglesia no iba a tener ningún efecto a largo plazo y se preocuparon más desarrollar un laicismo legal, como es el caso de Chile con el gobierno de Domingo Santa María y la formulación de las leyes laicas.
Incluso tenemos posiciones en las cuales los liberales que proponían la separación entre la iglesia y el estado, consideraban que la separación debía realizarse en su casi todos sus aspectos, pero que era necesario en alguna parte lograr una unión con la Iglesia de manera de garantizar la libertad de conciencia(Alvarez, 1908).
Frente a este escenario la Iglesia no se quedo de los brazos cruzados también se propusieron varios elementos interesantes dentro de la Iglesia que están mucho más asociado a los liberalismos moderados. El papa Leon XIII en su encíclica arcanum propones tres principios que deben existir en la relación de la Iglesia con el Estado: distinción, unión y prioridad de la Iglesia. La distinción se refiere a la de reconocer las labores que realiza tanto la Iglesia como el Estado y que no son las mismas funciones dentro de la sociedad, por lo mismo no deben estar juntas ni absorbida por una u otra. La unión debe realizarse no por una cuestión jurídica sino porque finalmente el Estado y la Iglesia se enfocan a los mismos objetivos que son el bien común de manera directa e indirecta, por lo mismo es necesario el trabajo unido de la Iglesia y el Estado.(Hurtado, 1952) La prioridad de la Iglesia esta ligado al tema espiritual que se debe desarrollar, por lo mismo, no lo vamos a abordar porque no es necesario para este trabajo.
Pero también existieron otros tipos de respuestas de los sacerdotes y teólogos latinoamericanos, el cual el Estado debía atender a la religión y no dejarla de lado o separarla del Estado, se llama al involucramiento de los católicos en la política y de ser estos los que cuiden los intereses de la religión y del Papa. Por lo cual los sacerdotes no debían desentenderse de la situación que viven los pueblos.(Alvarez, 1908).
La otra visión que salió respecto a esto se refiere a terminar el conflicto de una vez y definir si existía una reconciliación o una separación definitiva entre la Iglesia y el Estado(Keller, 1868).
También ya a finales del Siglo XIX aparece la encíclica Rerum Novarum, que es el fruto de ya de una visión social cristiana, que provenía desde el pontificado de Pio IX que ya se estaba haciendo parte dentro de Latinoamérica y de otras partes del mundo, junto a la aparición del comunismo y el socialismo.
El año 1899 se hace en Roma el Primer Concilio Plenario Latinoamericano, este saco como conclusión:
·Que existe una ignorancia religiosa del pueblo
·Se decide intensificar la enseñanza del catecismo
·Creación de escuelas confesionales
·Mejorar la formación de los seminarios
·Fomentar la alianza entre la Iglesia y el Estado
MÉXICO
En la independencia de México es importante tomar en cuenta la labor realizada por algunos sacerdotes durante las guerras de Independencia como Miguel Hidalgo y José María Morelos. Agustín de Iturbide en la declaración de independencia menciona tres pilares en la que se fundaría el nuevo estado mexicano, que seria la independencia, la unión entre mexicanos y españoles y la Iglesia Católica.
En México la Iglesia poseía derecho de patronato pero este siempre no tuvo mayor importancia debido a que nunca se realizaba algún pago, por diversos factores como los problemas internos, las guerras, las crisis económicas y otros problemas que tuvo el estado mexicano, esta situación nunca tuvo alguna solución, hasta 1851.
La constitución de 1824 declara que la religión oficial de los Estados Unidos Mexicanos es la Católica
El año 1828 es electro Presidente de México Vicente Guerrero, que decide expulsar a los españoles del territorio. Luego quita los bienes de la Iglesia para conformar un ejército debido a que México iba a ser invadida por España (de acuerdo a Guerrero). Efectivamente el 29 es invadida por España.
En 1830 destituyen del cargo a Guerrero, debido a las acciones realizadas por Anastacio Bustamante y de Bravo, Bustamante decide devolver los bienes a la Iglesia. El año 1931 es ejecutado Guerrero luego de una revuelta que este realiza. También ese año el Papa Gregorio XVI nombra a seis obispos nuevos para México, después de dos años sin que México tuviera algún obispo
En 1847 debido a la guerra con Estados Unidos, el general Santa Anna ocupo los bienes de la Iglesia para poder atender a los gastos de la guerra; posteriormente eso se oficializó a través de un decreto realizado por el Vicepresidente Valentín Gómez Farías en el cual incautaba los bienes de la Iglesia, la cual este se resistió a tal medida.
En 1848 el gobierno mexicano, esta vez presidido por el Presidente Jose Joaquin Herrera realiza una invitación a S.S. Pio IX a pasar su destierro de Roma en México, además le enviaba 25.000 pesos mexicanos como ayuda otorgada por las Cámaras, debido a esto Pio IX nombra un cardenal mexicano y envió un delegado episcopal a México para tratar varios asuntos. El año 1850 se soluciona el problema del patronato y el Estado mexicano se hace cargo del financiamiento de la Iglesia y de los gastos de las diócesis, además de nombrar a los obispos de las diócesis.
El año 1951 llega el enviado papal (nuncio) a México, pero se encontraba en el gobierno Mariano Arista que estaba acompañado por los liberales Prieto, Ocampo, Miguel Lerdo que influyeron en la Cámara para que se le rechazara la presentación de las credenciales, finalmente esta fue rechazada, debido a esto el Arzobispo de México, Lázaro de la Garza, presenta su renuncia. También protestaron todos los prelados al saberse los desaires realizados al delegado.
Durante el último gobierno de Santa Anna (1853-1855), otorgó garantías a la iglesia, restableció la Compañía de Jesús (devolviéndoles sus bienes) y la orden de nuestra señora de Guadalupe también fue restablecida
El 12 de diciembre de 1855, al otro día de la renuncia del recién asumido Presidente Álvarez, el cura de Zacapoaxtla realiza una insurgencia hasta tomarse la ciudad de Puebla, Comonfort que había asumido el gobierno decide el mismo parar la insurrección y se dirigió con las tropas tomando la ciudad el 22 de marzo de 1856. Comonfort decide, a manera de castigo, crear un decreto interviene los bienes eclesiásticos de esa diócesis, por el apoyo directo e indirecto del clero a la insurrección, los bienes intervenidos se ocuparían para los gastos de guerra y pensiones para viudas y huérfanos. El obispo e Puebla realizó una queja por la desición, ya que si bien esta tenía las características que mencionaba Comonfort, el obispo apelaba a que los responsables fueron sólo las personas que participaron en la insurrección.
1856 se crea la Ley Lerdo, esta obligaba a la Iglesia de vender todas las propiedades que arrendaba e impedía que en el futuro se apropiara de propiedades, si un deudor no podía pagar la hipoteca. Esta ley aseguraba que los ingresos de la Iglesia iban a ser sólo por hipotecas. En los lugares donde los conservadores dominaban anularon la ley Lerdo, complicaron las cosas en la relación que había con el Estado.
Las reformas hechas por Juárez en Veracruz incluían que esta vez los bienes de la Iglesia iban a ser nacionalizados, esta vez sin tener una compensación, prohibiendo los monasterios y confiscando los edificios, los templos se venderían, etc. Estas medidas fueron tomadas para financiar los ejércitos liberales que se estaban enfrentando a los ejércitos conservadores, que también recibían recursos de las Iglesias, ya que Miramón sacaba la plata de las catedrales.
Debido al triunfo liberal, en 1857 se hizo una nueva constitución que otorgaba la liberta de culto y realizaba la separación entre la Iglesia y el Estado, que incluían prohibiciones episcopales y otras medidas que la Iglesia no estuvo de acuerdo. El obispo de Michoacán, Mungía, hizo un llamado a los súbditos a no jurar la nueva constitución.
La nueva constitución abrió la posibilidad de la instauración de nuevas tendencias religiosas en México, en 1865 se forma la primera comunidad protestante de México, estas nuevas comunidades tenían una buena relación la Iglesia mexicana.
Terminado el enfrentamiento entre liberales y conservadores, Benito Juaréz decide desterrar, expulsar y exiliar al delegado apostólico, Mons. Clementi, el embajador de España, Pacheco, el Ministro de Guatemala (Neri del Barrio), el Ministro de Ecuador (Pastor), al Arzobispo de México (Lazaro de la Garza), el obispo de Michoacán (Clemente Mungía), Obispo de Tanagra (Joaquin Fernandez), obispo de Guadalajara (Pedro Espinoza), obispo de San Luis de Potosí (Pedro Barajas) y al obispo de Durango (Antonio Zubiria). El obispo de Linares Francisco de P. Verea que no estaba dentro de la lista de los deterrados, decidió autoexpulsar, quedando asi sólo dos obispos en México ya que otros tres habían sido expulsados anteriormente.
Luego de este periodo las reformas se acrecentaron con la llegada de Maximiliano, que paradójicamente se había reunido anteriormente con Pio IX para buscar una solución a los problemas de México, aun más el Papa envió un delegado apostólico a México, pero aun así se disolvieron las comunidades religiosas y se continuaron expulsando a las congregaciones, como por ejemplo a las hermanas de la Caridad que trabajaban en los hospitales y eran uno de los pocos grupos que Juárez había dejado en México (debido al reconocimiento que poseían por parte de la población), pero Lerdo de Tejada continuo con este proceso y buscaba colocar a nivel constitucional las leyes de la reforma.
En 1874 se envió al congreso la ley que otorga el rango constitucional a las leyes reformas y que además agregaba que las Iglesias ya no podían recibir limosnas de los fieles y la prohibición absoluta de toda enseñanza religiosa en las escuelas, como es de esperar, los sacerdotes protestaron por tal medida. Los obispos hicieron un llamado a los católicos de ser los padres quienes debiesen educar a sus hijos y de las mujeres de suplir la labor de beneficencia que realizaban las hermanas de la caridad.
Luego de 1880 se crearon nuevas diócesis para reestructurar la organización del clero mexicano, también se instalaron diversas congregaciones como los salesianos, claretianos, josefinos, pasionistas, etc.
ARGENTINA
Desde 1796 la sede de Buenos Aires se mantenía vacante, esta situación cambia el año 1802 cuando el Consejo de Indias propone como obispo a Benito de Lué y Riega, que había sido nombrado por el rey Carlos IV y ratificado por el papa Pio VII.
Lué llega a Buenos Aires en 1803 y decide realizar una visita pastoral a su diócesis (que en ese entonces correspondía a Buenos Aires, Paraná, Montevideo, La Plata y Viedma), lo que produjo un gran gasto y antipatía dentro del clero de Buenos Aires, principalmente por su visión rígida y de cristiandad (hegemonía absoluta del cristianismo en la sociedad) que poseía de la religión, que lo llevo a formar varios curatos (o parroquias) en la diócesis principalmente en los sectores donde los jesuitas habían sido expulsados, esta situación le produjo varios conflictos con el cabildo eclesiástico.
En el 1806 y 1807 Argentina es invadida por Inglaterra, en dos ocasiones, esta situación fue vista por una parte de la población como una lucha entre los “herejes” ingleses y los católicos argentinos, lo que produjo que los irlandeses (católicos) desertaran de las filas inglesas y lucharan en contra de ellos(Dussel, 1984). Pero sin importar el carácter de la invasión, el obispo Lué que era español juró lealtad al rey de Inglaterra a cambio de mantener el respeto por la Iglesia Católica y por su autoridad. Por lo cual no apoyo a la reconquista, pero si otorgó ayuda monetaria a Martín de Alzaga que luchó en contra de los ingleses.
En 1810 se produce en la Argentina la revolución de mayo, en la cual el día 25 de Mayo se constituye la Junta de Gobierno, pero los días previos al 25 se habían citado a los criollos para solucionar el problema de la ausencia del Rey. Dentro de las dos posturas existentes, el obispo Lué defendió a aquella que mencionaba que el poder (en ausencia del rey) debía ser mantenido por el Virrey y en ausencia de este a algún español(Pigna, 2007). Mientras la otra postura era la de conformar una junta de gobierno en ausencia del rey.
Al momento de la votación de las posturas, vemos que la Iglesia también se encuentra dividida en torno a esto, ya que lo betlemitas y franciscanos (compuesta por mayoría española) votaron a favor de la postura del obispo Lué de darle el apoyo al Virrey, mientras que los dominicos y mercedarios (de mayoría criollos) votaron a favor de la postura promovida por Cornelio Saavedra y Juan José Castelli de realizar una junta de gobierno. Finalmente se impuso la propuesta de Saavedra y Castelli, luego a esto se procedió a votar si se le solicitaba la renuncia al Virrey Cisneros, el cual tuvo que renunciar ya que la mayoría votó por su salida.
La junta de gobierno estuvo compuesta por seis vocales, entre ellos el sacerdote Manuel Alberti quien apoyo la revolución y voto por la destitución del Virrey.
Ya una vez consolidada la junta de gobierno el Obispo Lué solicitó a ella un permiso para realizar una visita pastoral a la diócesis, la cual fue negada debido a que en Montevideo no se reconocía a la junta y se temía que el obispo se escapara para allá y realizara un levantamiento. Luego de esto al obispo se le prohibió realizar predicas y confesar a los fieles. Finalmente luego de haberse conformado el Primer Triunvirato es desterrado al pueblo de San Fernando al norte de Buenos Aires en donde es encontrado muerto, presumiblemente por envenenamiento(Varetto, 1922).
En 1813 se conforma en Buenos Aires una asamblea general constituyente, en el cual habían doce eclesiásticos y que fue la primera instancia de independencia del país, la asamblea en lo relativo a lo religioso estableció una autonomía a Roma, ya que los obispos se ordenarían y designarían en Argentina, de manera de mantener una unidad religiosa dentro del país de acuerdo a la visión unitarista de organización política que se instauraba en contraposición a la visión federalista.
Las primeras constituciones de Argentina establecían que la religión del estado es la Iglesia Católica, situación que se mantiene hasta hoy.
En 1820, con la disolución del gobierno nacional es elegido gobernador Martín Rodríguez contando con el apoyo de Anchorena, Rosas y Rivadavia. Rivadavia fue elegido ministro y tuvo una importante labor en él. El año 1822 Rivadavia realiza una reforma eclesiástica que establecía la subordinación de la Iglesia al poder civil, esta reforma tenia el propósito de eliminar las congregaciones, de esta manera los bienes que no estaban destinados al culto pasaban a las manos del Estado y se eliminaba el diezmo como forma de financiamiento de la Iglesia, a cambio de todo esto el Estado se comprometía a financiar a la Iglesia. Esta medida si bien fue apoyada por muchos sectores de la Iglesia no tuvo mucho apoyo popular, porque al final las funciones que cumplían las congregaciones como los apoyos educativos y hospitalarios gratuitos iban a desaparecer para la población.
El Arzobispo Juan Muzi llegó a Argentina dentro de su función de restablecer los lazos entre el Vaticano y los gobiernos sudamericanos, pero Rivadavia realizó todas las funciones posibles para impedir su llegada, ya que todas las reformas realizadas en Argentina conducían a lograr la autonomía del Vaticano y no volver a depender de él.
Como tema aparte es importante mencionar que si bien existían estas medidas, la población era católica como Rivadavia y poseían una gran devoción a los temas del culto, como por ejemplo durante la reconquista se proclamó a Nuestra Señora del Rosario como gestora de la victoria contra los ingleses, el General Belgrano a cargo de las tropas del norte nombró a Nuestra Señora de la Merced como generala del Ejército. San Martín que sucedió a Belgrano proclamó al ejército de Los Andes junto a O’Higgins a la Virgen del Carmen.
La libertad de culto en Argentina era promovida principalmente por comerciantes Ingleses que se encontraban en Buenos Aires, si bien esto no se logró de manera nacional, si un acuerdo entre Argentina y Gran Bretaña permitió la libertad de culto de los ciudadanos ingleses, esto se aplico sólo a Buenos Aires debido a la negativa de las provincias interiores de aceptar la libertad de culto.
En 1829 Juan Manuel de Rosas llega a la gobernación de Buenos Aires, Rosas contaba con el apoyo de las autoridades de la Iglesia. Rosas solicitó a la Iglesia el apoyo en su causa federal, apoyo que se entregó sin cuestionamiento, ya que Rosas había ayudado en la restauración del culto, en la construcción de nuevas parroquias, la eliminación de la propaganda hostil en contra de la Iglesia, la evangelización de los indígenas, el catecismo, el restablecimiento de las órdenes y congregaciones, el restablecimiento de la Compañía de Jesús, el arribo de sacerdotes españoles y la formación del clero(Dussel, 1984).
También los eclesiásticos debían utilizar el distintivo punzó y estaban obligados a predicar a favor de la causa federal y denostar a los enemigos políticos de Rosas, también su retrato se encontraba con un lugar de honor dentro de la ceremonia religiosa. Los sacerdotes que no realizaban esto eran vigilados, perseguidos y hasta ejecutados de acuerdo a su desafección de realizar estas cosas.
Después de un tiempo los jesuitas decidieron irse debido a las condiciones que se fueron imponiendo luego de su llegada.
Rosas sale del poder el año 1851 luego de un pronunciamiento del gobernador de Entre Ríos Justo José de Urquiza (con el apoyo de Brasil y Uruguay), que se concreta el año 52 después de perder una batalla en los campos de Caseros.
El año 1853 se realiza una nueva constitución el cual instaura la liberta de culto y elimina el fuero eclesiástico, el congreso es quien determina el ingreso de nuevas órdenes religiosas, para ser presidente o vicepresidente de la nación es requisito pertenecer como fiel a la Iglesia Católica y los eclesiásticos no pueden ser miembros del Congreso.
En 1854 Justo José Urquiza se hace cargo de la Confederación Argentina, instalada en Paraná. Urquiza se preocupo de restaurar las relaciones con el Vaticano, por lo mismo envía a Juan Bautista Alberdi a Roma en donde se juntó con el papa Pio IX y esto nombró a un delegado apostólico para Argentina (conjunto para Buenos Aires, Paraguay, Uruguay, Chile y Bolivia), este sería el Arzobispo de Palmira Marino Marini.
En 1858 en Roma se crea el Colegio Pio Latino Americano en donde se formaron varios sacerdotes argentinos (y de la región), el obispo de Buenos Aires Mariano Escalada envió a varios alumnos para que fueran a estudiar allí.
Ya en el gobierno de Bartolomé Mitre este pide a Pio IX la elevación de la diócesis de Buenos Aires a Arquidiócesis, esta fue realizada el año 1865, siendo el primer Arzobispo de Buenos Aires Mariano José de Escalada.
Durante los gobiernos de Mitre, Sarmiento y Avellaneda las relaciones con la Iglesia fueron relativamente tranquilas, ya que los gobernantes tenían otros desafíos mucho más importantes como la guerra de la Triple Alianza, la incorporación de Buenos Aires a la confederación, etc.
Durante el gobierno de Julio Argentino Roca se crean otros conflictos con la Iglesia debido a la integración de profesoras protestantes norteamericanas y las protestas de los profesores católicos desempleados, la creación del matrimonio civil, la ley de registro civil, el congreso pedagógico de 1882, etc. Todos estos elementos provocaron una presión al gobierno de Roca que junto a otros factores determinaron la salida del gobierno. En su reemplazo entra al gobierno Juárez Celmán.
De aquí en adelante el ingreso del liberalismo y de la cuestión social, introducen en Argentina una preocupación por los temas sociales, que se hacen presentes de manera extensa ya durante el siglo XX como en el resto de la región.
CONCLUSIÓN
La independencia de los países americanos produjo también una cierta independencia de la Iglesia respecto a los Estados, que en un principio fue considerado de manera negativa, pero posteriormente y junto a un movimiento social católico producen una modernización de la misma impulsada desde el Vaticano mismo con la encíclica Rerum Novarum y el Concilio Vaticano I.
“La historia de las relaciones entre Iglesia Católica y la Democracia se parece a la gestación de un sólido entendimiento que comienza primero con bastante frialdad en un serie de recelos, incomprensiones y cargos mutuos, pero que avanza, por obra del dialogo y la mutua maduración hasta culminar en un encuentro en el que parecen necesitarse mutuamente”(Hourton, 1975) Este pequeño extracto hace resumen a toda la historia de la Iglesia Católica en el siglo XIX, que tuvieron en algún momento algunas diferencias y que posteriormente, principalmente por la posición de la misma Iglesia que con León XIII realiza un cambio de perspectiva en torno a los temas políticos y sociales, junto a una nueva relación con el Estado.
Durante este tiempo podemos encontrar que las pugnas entre conservadores y liberales nunca fueron tan marcadas, ya que en ambas facciones existían diversas posturas frente al conflicto Iglesia-Estado que produjeron diversas formas de manifestación y en ocasiones conflictos internos en ambos bandos.
Para la Iglesia en Latinoamérica y también para el Estado significó un cambio trascendental en sus relaciones, ya que se tuvieron que adecuar a un nuevo contexto en donde la civilización de la cristiandad que había comenzado con Constantino estaba terminando luego de alrededor de diez siglos de estar organizada de esta manera.
También este proceso dejó la puerta abierta la relación que tendrían en el siglo XX el socialismo, el comunismo y los movimientos socialcristianos que buscarían sus apoyos en los obreros y proletarios, como forma de respuesta al sistema económico capitalista y la ausencia de leyes sociales por parte del Estado.
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Ministerio de Juventud y Deporte
-
Con las intervenciones del Presidente de la ANFP, Harold Mayne-Nicholls, el
Pbro. Vicario de la Vicaría de la Esperanza Joven, Pbro. Galo Fernández, y
los ...