Mostrando las entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Opinión. Mostrar todas las entradas

El fin de un ciclo

0 comentarios

Abel Posse
LA NACION - Bs. Aires
25 - 06 - 09

¿La Argentina es un pasado o un país? Witold Gombrovicz, 1963

Se acaba la campaña política. El estruendo publicitario no pudo ocultar el silencio de debate y propuestas. Aunque se trate de una instancia legislativa, lo que hoy está en juego es el voto de desconfianza ante la grotesca conducción gubernamental, de un consorte todopoderoso y de una presidenta fantasmal, casi virtual en lo que hace a la decisión de los problemas nacionales.

La mayoría electoral siente que la extraña pareja está siendo abandonada por los dioses antárticos que los elevaron adonde nunca debieron estar. Los argentinos sentimos que esta vez no somos víctimas solamente de la mala política o de una deshonesta administración, como tantas veces, sino de una sorpresiva irrupción de psicopatología política.

Ya no es un problema de ineptitud ni de lógicas erradas. Estamos más allá, en el absurdo.

Primero se dejaron de respetar las instituciones: la Iglesia, las Fuerzas Armadas, las fuerzas policiales y judiciales, garantes del orden público. Enseguida sobrevino la suicida demolición de la fuerza productora más eficaz en esta crisis mundial, que es la del campo, con toda la vasta red de intereses colaterales, esa trama de vitalidad y existencia que va mucho más allá del esquema exclusivamente económico. Y ahora está en jaque el poder industrial, con la invasión de empresas a partir de los fondos tomados a las AFJP.

Tal vez, como lo afirmó una candidata, se lleva al campo a la desesperación, creando un mercado de precio bajo para acumular miles de hectáreas y consolidar un enorme fideicomiso exportador de primera importancia mundial.

K es más bien un leninista aficionado, suburbano y tenaz. Acapara los "medios de producción" con sus amigos (tierras, empresas intervenidas, sistema financiero, telecomunicaciones, minería), pero su fin no es la creación de un socialismo, sino de un sistema económico similar al de una gigantesca corporación. No quiere ser Lenin, sino alguien como Slim. Parece que quisiera un superpoder económico personal y dejar la economía por encima de la política. Es un delirio de supercapitalista. De un Rockefeller de las pampas.

Pero la crisis se le adelantó a su adelantamiento de las elecciones de octubre. Como un conspirador ingenuo, la bomba le estalló entre las manos antes de tiempo.

Aunque parezca extraño, su verdadero designio era el de un capitalista empedernido. Y no se cumplió su sueño, pero nos quedaron realidades de pesadilla.

Todos nosotros estamos inmóviles, en una democracia secuestrada.

Por eso estas elecciones conllevan una esperanza de renacimiento.

Somos, internacionalmente, un mamarracho. Un país perturbador, agresivo. Un país rico que juega a la miserabilización (pero en el que se enriquecen amoralmente sus dirigentes). Nadie puede entender nuestra autodestrucción. Tomamos nota en exclamaciones teleperiodísticas cotidianas, pero seguimos inmóviles, sin poder actuar, paralizados por el ángel exterminador de Buñuel.

Alfonsín dijo que con la democracia se vive, se come y se educa. Pero su democracia impotente llevó a su gobierno a una hiperinflación monstruosa y tuvo que abandonar el poder anticipadamente. Ahora, en esta descarada seudodemocracia K, se roba, se padece pobreza y hambre para un tercio de la población y los padres de familia pueden morir asesinados por chicos que les vacían el cargador con los ojos nublados por el paco que todas las madres angustiadas saben dónde se vende (pero no los fiscales, los policías ni los intendentes).

No basta lo que los argentinos creen que es democracia . Se necesita coraje para gobernar y enfrentar el mal y la infamia. Los asesinos de ayer, en un verdadero triunfo gramsciano a través de la ambigüedad y el culpismo ideológico de Kirchner, lograron que hoy no haya policía actuante, como en todos los países del mundo. El policía sale a la calle con más temor a tener un proceso y un castigo administrativo que los jóvenes asesinos, apañados por los garantistas que pagan el lujo de su humanismo con la vida de los otros, los que mueren cada día o se refugian en sus casas enrejadas.

La ministra Argibay, que defendió emocionada ante la TV a los pobres chicos asesinos, debería estar informada de lo que pasó en 1932 en la Rusia soviética con las bandas de jóvenes criminales, producto del desastre de las campañas socializantes contra los pequeños propietarios agrarios. Eran los llamados "niños lobo". El Politburó estableció que no eran niños asesinos, sino asesinos niños que había que combatir con toda energía y luego recuperarlos, si se podía. Establecieron que eran imputables a partir de los doce años. La ministra debería leer lo que ocurrió en China en 1949 con la asunción de Mao y en Estados Unidos en los años 30. El interés prioritario por defender es la vida del inocente; luego vendrá la recuperación del criminal.

Lo grotesco y la cobardía ganaron esta campaña electoral. Sin embargo, el pueblo al votar va a unificar lo que no supieron unir los políticos, cuyo egoísmo, en algunos dirigentes de la oposición, los llevó a atacar más a los de su vereda que a K mismo, pensando en posiciones para el futuro, en 2011.

Como la única fuerza organizada y con evidente gobernabilidad nacional es el peronismo, algunos se esmeraron en crear un complot, o mejor una farsa, en la que Macri, Reutemann, Puerta, Romero, Duhalde, Rucci, Solá, los Menem, Venegas, De Narváez, Busti, los de la CTA, etcétera, no esperan otra cosa que el 29 para invitar después de su triunfo a los Kirchner a tomar champagne (o sidra, si fuera el caso).

Ojalá que a la doctora Carrió no se le ocurra organizar el ágape.

Con discusión de proyectos o no, el pueblo sabrá elegir mejor que los candidatos que apoya. Elegirá el fin de un ciclo.

Se iniciará un período difícil y creador. La Presidenta deberá asumir la plenitud del poder con que la inviste la Constitución y abrir el gran diálogo nacional para iniciar, finalmente, el camino de arranque fecundo que esperamos de nosotros y el mundo espera de la Argentina.

Sin diálogo abierto con todos los sectores de la vida nacional, el gobierno de Cristina Kirchner quedaría en calidad de gobierno de transición. Los problemas son demasiado urgentes y no hay dilaciones. Se nos vienen encima las amenazas de crisis extrema que previó Kirchner cuando adelantó el plazo electoral.

Pero lo más terrible después del 28 sería la posibilidad de que un autoritarismo benigno virara a formas intimidatorias y hasta violentas. No es de descartar, porque el llamado "modelo" puede dar motivo a una agudización chavista, en el sentido de medidas intervencionistas y movilizaciones intimidatorias. Más allá de los conocidos grupos que puede movilizar K para transformar su derrota en falso triunfo plebiscitario, será de extrema importancia que la ciudadanía exprese su triunfo nacional masivamente, autoconvocándose para demostrar en la calle su victoria. Esta demostración en la noche del 28 tendría un gran poder disuasivo ante la prepotencia.

El país está intacto para enfrentar con las mejores posibilidades este tiempo de crisis. La conducta aislada y superada de K no puede persistir al quedar rechazada por la gran mayoría nacional y la Presidenta queda enfrentada a la obligación de conducir con un nuevo estilo y desde el consenso imprescindible.

Una secreta fe recorre la Patria, humillada y vejada por la patanería y la incalificable destrucción de su riqueza más comerciable en esta crisis mundial y nacional. Hay que responder al amigo Gombrovicz, que se iba a Catamarca a buscar la pureza de la Argentina profunda cuando lo intoxicaba la tilinguería de Buenos Aires.

Gombrovicz: usted quería a la Argentina y se indignaba con ella, como nosotros. Pero no somos un pasado ni una rémora. Somos como esa Ferrari Testarossa que un palurdo ganó en una rifa de fin de año y no sabe ponerla en marcha. Somos un purasangre maneado que ansía lanzarse otra vez a galopar con el viento levantándole las crines y zumbándole en las orejas. Queremos volver a ser el país en el que usted desembarcó viniendo de la Polonia asolada, exterminada por el terror, y donde encontró la paz de sus partidos de ajedrez en la confitería del Rex o en La Fragata.

La Argentina quiere volver a su felicidad. A ese país primero posible y después grande que en tres décadas se ubicó entre los diez más exitosos países del mundo y donde se creó un sistema educativo que acabó con el analfabetismo en el nivel nacional, antes que Estados Unidos y la misma Francia, como lo acaba de declarar Vargas Llosa.

No queremos administradores tristes. Queremos convocarnos con un viento de fe y de grandeza. Queremos un Renacimiento y no una administración de la mediocridad. Queremos esa pasión que unió a Roca, a Yrigoyen, a Perón, a Frondizi. Un sentimiento compartido de Patria.

Las elecciones aparentemente menores del 28 de junio son para nosotros el fin de un ciclo de resentimiento y la apertura hacia esa llamarada, esa voluntad de gran destino que hizo de este país una maravillosa posibilidad de vida, pese a las contradicciones y los límites de la condición humana en su universalidad.

El autor es novelista y diplomático

Imponer la estabilización internacional, ¿misión de las democracias?

0 comentarios

Iván Witker
El Mostrador
25 - 06 -09

Existe vasta coincidencia en que uno de los temas centrales de la seguridad internacional tiene que ver con los llamados Estados fallidos (en el último tiempo también mares fallidos), y la consecuente decisión de impulsar las denominadas operaciones de paz. Amplia coincidencia existe también en identificar al espacio afro-asiático como aquel donde las demandas de tales operaciones parecen ser infinitas, pero donde igualmente los esfuerzos desplegados no rinden resultados satisfactorios. El registro de fracasos, de omisiones y de logros aislados es, tanto en Asia como en África, elevadísimo. Rwanda, Congo, Somalia, Darfur, Afganistán, y unos cuantos más, son ejemplos más que elocuentes.

Por lo tanto, parece muy razonable que la ONU haya comenzado a denominarlas ahora misiones de estabilización post-conflicto. Eso pone en el centro del debate algunas inquietudes respecto a la conveniencia, legitimidad, carácter y viabilidad de estos despliegues.

La existencia de Estados fallidos (y mares fallidos) afecta dos facetas de las democracias modernas. Por un lado, éstas se ven obligadas a efectuar una inversión de nuevo tipo, cual es mantener bajo cierto control zonas convertidas en focos, tanto de inestabilidad para el comercio internacional, como de posible amenaza a la tranquilidad de sus ciudadanos. Por otro lado, las imágenes de lo que ocurre en estos estados fallidos resultan lacerantes para las percepciones morales de quienes gozan de existencias prósperas. Tales realidades han impulsado nuevos compromisos estratégicos de tipo multilateral, vinculados a estas misiones.

Un efecto de dichos compromisos es la tendencia de la política exterior de las democracias modernas a hacerla converger con su respectiva política de defensa. Producto de ello es que las FF.AA. de un país democrático están viendo ampliar el espectro y densidad de sus preocupaciones. Junto a las tradicionales de la defensa nacional (asociadas a las hipótesis de guerra que cada país tiene), y a las no convencionales (por lo general relacionadas con catástrofes naturales, y con otras, como el involucramiento en políticas antiterroristas, una función considerada sólo por algunos países), más aquellas de tipo colateral imbricadas con el desarrollo nacional, se va haciendo perceptible una cuarta función, vinculada a los citados compromisos estratégicos, y que se traduce en contribuciones concretas a las misiones de estabilización post-conflicto.

La gran interrogante de cada país es en qué misión participar. Las dudas aumentan cuando se trata de opciones en el espacio afro-asiático. Y es que no sólo la peligrosidad de la misión, ni la lejanía geográfica, ni aún los cuestionamientos societales respecto a la misma, son los puzzles a resolver cuando se habla de África y Asia. El caso de Afganistán revela un lado oscuro de estas misiones, que plantea consideraciones cuasi antropológicas.

En efecto, pocos dudan que Afganistán no sea merecedor de una misión de estabilización (especialmente si lo vemos con prisma occidental), e igualmente pocos dudan que el esfuerzo multilateral de la ONU, la OTAN, la Unión Europea, y el apoyo individual de varios países de la región, no sean genuinos. Es un esfuerzo civil y militar mayúsculo, pero eclipsado. Su éxito se ha difuminado a la par que han aumentado las demandas para que otros países, ya no sólo europeos y asiáticos, se involucren.

La experiencia afgana indica que la construcción de confianzas ha resultado lo más complejo. Ello lo ilustra la obvia prioridad de ayudar al gobierno de Kabul a formar su propia policía y otras entidades humanitarias, tipo Cruz Roja, que asistan a la población civil en emergencias. Dicha ayuda consiste básicamente en equipamiento y traspaso de conocimientos técnicos tanto para cumplir su función primordial como darle mantenimiento a sus equipos e instalaciones según parámetros que parezcan razonables a la ONU. El adiestramiento y capacitación ha sido efectuado con relativo éxito, pero los reportes oficiales indican insatisfacción afgana por la profunda desconfianza hacia las tropas y funcionarios extranjeros. Ocurre que en Afganistán, el agradecimiento individual y grupal suele expresarse, no a la usanza occidental con un apretón de manos, sino con repetidos y ceñidos roces de mejillas, de manera simultánea a ligeras caricias con las manos. Esto, obviamente, entre hombres, debido al carácter de la sociedad afgana, que excluye a las mujeres de todo tipo de tareas, salvo las domésticas. Huelga subrayar que dicha costumbre afgana es evitada por el personal civil y militar de la misión. Estas tareas de adiestramiento y capacitación sólo pueden ser ejecutadas por hombres, única forma de que sean aceptadas por la contraparte. Luego, una de las premisas en que se basa el involucramiento de países europeos es la apertura de escuelas a las niñas afganas, algo considerado por la sociedad afgana como una verdadera afrenta extranjera. Y lo más problemático se ha planteado cuando se ha procurado rescatar a mujeres en situación de verdadera esclavitud.

Claramente se trata de una experiencia con características en apariencia extremas; pero no lo son en absoluto. La mayoría de los Estados fallidos, merecedores de una misión de estabilización, son muy singulares y complejos, y, por lo mismo, requieren de una asistencia diametralmente distinta -con fuerte componente militar sin dudas- pero con despliegues civiles robustos y con planes de muy largo plazo. Son pacientes que requieren terapias integrales e intensivas. De lo contrario, estas misiones no pasarán de ser laboratorios para entrenamiento militar, canales para limosnas internacionales y espacios de realización para los que sufren con desgracias ajenas.

No debemos perder de vista que en el mundo impera la visión occidental de los DD.HH., y no la rwandesa, ni afgana, ni argelina, ni nigeriana. Como acertadamente escribió hace algún tiempo el internacionalista C. Escudé: "Si todas las culturas son equivalentes, entonces todos los individuos no estamos dotados de los mismos DD.HH., porque hay culturas que adjudican más derechos a los hombres que a las mujeres. Si por el contrario, todos los individuos poseemos los mismos DD.HH., entonces todas las culturas no son equivalentes, porque hay culturas que no reconocen la universalidad de esos DD.HH."

Chile, punto clave de la nueva política exterior norteamericana

0 comentarios

Juan Francisco Coloane
El Mostrador
25 - 06 -09

En su encuentro con la prensa del martes 23 después de mediodía, el Presidente Barack Obama menciona a Chile repetidamente en dos aspectos.

Primero, lo destaca como un modelo a seguir en cuanto a la manera de enfrentar la recesión económica. En una traducción a la rápida: "Si se mira cómo Chile ha manejado la recesión, que la ha manejado muy bien, en parte porque protegieron el superávit derivado del alto precio del cobre, lo que es una buena lección para EE.UU. Cuando teníamos el superávit, lo hicimos disipar".

Segundo, enfatiza el modelo de relación bilateral con Chile, señalando que no obstante las diferencias en algunos puntos en política exterior que se respetan, lo importante es que "EE.UU. no le dicta a Chile cómo debe velar por sus intereses".

Dice Obama: "Ese es el modelo a que aspiramos, asociarse". Después agrega: "Esperamos que la Presidenta Bachelet nos entregue sus consejos de manera que podamos expandir el tipo de relación que EE.UU. tiene con Chile a través de toda Latinoamérica".

Ante una pregunta de cómo funcionaría EE.UU. frente a otros países con menos democracia, Barack Obama comenzó a responder así: "El punto es que Chile lidera a partir del ejemplo. Ver a Chile como un ejemplo".

Independiente de la evaluación propia, quizás hace muchas décadas que no se escuchaba a un presidente de EE.UU. señalar con tanta confianza -podríamos decir convicción- y a la vez con pulcritud de lenguaje, un elogio tan rotundo hacia un país, y menos a la región.

Habiendo seguido el tema internacional en varias regiones durante varias décadas, pocas veces recuerdo a un Presidente de una potencia como EE.UU., referirse sobre algún país como modelo en dos temas macro, como son la economía política y las relaciones internacionales.

Decir modelo siempre es riesgoso o exagerado. Comúnmente se ha hablado del "modelo suizo" o del "modelo nórdico" y la verdad es que hay perplejidad al palpar que en todas partes hay injusticia, exclusión, y mal manejo. No hay modelitos como para que el género humano se vanaglorie. Guía u orientación estarían más apropiados creo, pero claro, no le vamos a corregir a un Presidente que se destaca en sus discursos por profundidad y detalle.

Más allá de la necesaria dosis de entusiasmo diplomático que suele ocurrir durante visitas de Estado, -como la que llevaba a cabo la Presidenta de Chile en Washington al momento de esta conferencia de prensa-, al Presidente Barack Obama no se le caracteriza por la ostentación en el elogio y en el comentario en general. Frecuentemente, dentro de la calidez que proyecta, hay contención y a menudo la prensa de su propio país le fustiga su parquedad y frialdad. Esta vez se le vio diferente.

No deseo transferir un falso entusiasmo al ingrediente innato de chovinismo ramplón que se acostumbra a tener cuando algún forastero elogia algo bueno que sucede en el país propio, a lo cual nadie está exento, creo. Aquí el tema tal vez no sea solamente Chile y ni siquiera lo que uno pueda opinar sobre lo dicho por Obama respecto a Chile.

Aquí interesa poner atención por qué lo dice y cuándo lo dice. Es así que tal vez sea más importante el tema de cómo comienza a perfilarse en EE.UU. una política exterior que ni se soñaba en el texto más optimista de política internacional.

Puede que sea prematuro aventurar juicios con menos de seis meses en el cargo, frente a hechos como dos guerras. Corea del Norte reclamando un derecho atómico que otros tienen, la revuelta en Irán y la revuelta permanente interna neoconservadora que lo presiona por todos lados. Esto recién comienza.

Pero aún aplicando el más obsesivo realismo, es innegable el desarrollo en la administración que comanda Obama de una tendencia marcada hacia la construcción de denominadores comunes para hacer funcionar una maquinaria de relaciones internacionales precaria y roída.

Chile es como el pretexto para los anuncios, y por cierto es importante, pero lo de Obama son los mensajes breves, concisos y plenos de contenido en cómo restablecer cierto orden mundial para poder hacer las cosas en paz. Igualmente ha sido su mensaje equilibrado respecto a lo de Irán. No me pidan intervención los que protestan; el régimen tiene que estar atento porque el mundo observa.

Existe un credo político que dejó de tener expectativas, entusiasmo, y hacer suposiciones sobre Chile en particular y un continente al cual le han caído los egoísmos y narcisismos más fecundos, en cuanto a apoderarse de los espacios políticos para sacar cuentas alegres en algunos casos, y en otros para el revanchismo destructivo y escuchando a Barack Obama elogiar a Chile uno volvía a las preguntas de siempre:

¿Tendrá que ser un forastero el que venga a decir lo que está sucediendo, en este caso la parte buena del asunto, dicha por el Presidente de EE.UU.? ¿Es que no nos damos cuenta de lo que tenemos? ¿O es que él ha sido informado sobre un sólo lado del asunto? Las preguntas quedaban circulando.

No recuerdo en las últimas tres décadas, que un presidente de una potencia como EE.UU., haya dicho sobre un país, situado en un confín tan poco gravitante en el tráfico geoestratégico excepto por la Antártica y la Patagonia, que podía constituirse en modelo por su manejo económico y en el funcionamiento de la relación internacional bilateral con EE.UU.

Obama no quiso entregar una disculpa respecto a las dictaduras impulsadas y apoyadas en América Latina por las administraciones anteriores en EE.UU. Sólo admitió equivocaciones del pasado. Muchos pensarán que es poco, pero es un comienzo. En Chile en amplios sectores todavía no se debaten públicamente estas equivocaciones.

El elogio a Chile llega en el período de inflexión cuando más lo necesitaba la alianza de gobierno para estabilizar la curva ascendente en su reencuentro con los objetivos de su ideal político. Se necesitaba una majestuosa confirmación de lo que se estaba haciendo y provino desde donde se están marcando las diferencias en materia de reencauzar el sentido constructivo de la política. ¿Comenzará a gobernar la verdadera Concertación ahora, después de 20 años?

Las democracias de Bachelet y Obama

0 comentarios

Andrés Jirón
La Tercera
25 - 06 - 09

El histórico encuentro de Barack Obama y Michelle Bachelet, realizado en el Salón Oval de la Casa Blanca, estuvo cargado de simbolismos. El primer presidente de raza negra de EE.UU recibía a la primera presidenta mujer de Chile. Ambos representan figuras que irrumpieron en el establishment político de sus respectivos países, siguiendo caminos poco habituales. Sin embargo, podemos observar importantes diferencias en la madurez de las instituciones democráticas de ambas naciones.

A nivel mundial, Chile es reconocido por su sólida democracia y por su responsable manejo macroecónomico, lo que refuerza la imagen internacional de nuestro país. El próximo ingreso a la OCDE, tratados de libre comercio, buenas relaciones internacionales, Presidencia Pro Témpore de Unasur, Secretaría General de la OEA, factores que contribuyen a una posición de liderazgo en el continente. Seguramente todo esto influyó en que la presidenta Bachelet fuera el segundo Jefe de Estado en ser recibido por Obama en la Casa Blanca.

En este encuentro presidencial, Barack Obama expresó que Chile es el modelo de alianza que Estados Unidos busca en sus relaciones con otros países. Destacó también la conducción económica de Chile para enfrentar la crisis. "Si se mira como Chile ha manejado la recesión, lo ha hecho muy bien", agregó.

¡Qué duda cabe! Aplausos para lo macro, lo general, un vistazo a lo lejos. Pero donde todavía nos falta madurar es en lo micro, en las terminaciones, en los detalles. Pareciera que nos cuesta concluir bien las cosas. Cuando nos acercamos a países desarrollados -como ahora con Estados Unidos-, nos percatamos de nuestros importantes progresos, pero también constatamos lo mucho que nos falta avanzar.

Una serie de reformas modernizadoras en áreas microeconómicas, como la flexibilidad laboral, el fortalecimiento de la negociación colectiva, los gobiernos corporativos de las empresas públicas, el Estatuto Pyme, la innovación, las normas de protección al consumidor o la mejoría de la calificación para el trabajo, todavía siguen empantanadas en estériles disputas, sin lograr concretarse a través de acuerdos transversales.

En política pasa lo mismo, con el agravante que tanto Gobierno, Oposición y Parlamento son partes interesadas. De partida, cuesta modificar las actuales estructuras. Proyectos como la reforma de los partidos políticos, el límite a la reelección parlamentaria, la descentralización regional, la regulación del lobby o las restricciones para la "privatización" de un regulador, duermen desde hace años sin concretarse.

Barack Obama probablemente no hubiera sido elegido presidente en Chile. En principio, no hubiera podido participar en primarias. Las encuestas iniciales ni siquiera lo mencionaban. Hubiera tenido que esperar el relevo natural de todos los dirigentes, y recién entonces podría haber participado. ¿Sabrá que en Chile no hay primarias? ¿Que los candidatos -presidenciables y parlamentariios- son designados entre cuatro paredes por los dirigentes de los partidos?

Hace cinco años, Barack Obama era un perfecto desconocido para la mayor parte de su país. Recién se hizo conocido el 27 de julio de 2004, cuando presentó el discurso introductorio del candidato John Kerry en la Convención Demócrata. En 2005 fue elegido senador por Illinois y en febrero de 2007 anunció que competiría para ser el candidato demócrata a la Casa Blanca. Venció en las primarias de junio 2008 a Hillary Clinton, figura emblemática del Partido Demócrata y luego de ganar a John McCain, en enero de este año asumió como Presidente de EE.UU.

Obama hizo realidad el sueño americano de que cualquier persona -independiente de su origen, raza o condición social-puede llegar a ocupar la primera magistratura de la nación, gracias a su esfuerzo y sus méritos. Su vertiginosa trayectoria política fue aclamada en todo el mundo, porque representaba en sí mismo la igualdad de oportunidades de un sistema democrático.

Esta gira presidencial nos recuerda brutalmente que, a pesar de los intereses comunes que pudieren existir, todavía nos falta mucho para alcanzar una madurez institucional. Ojalá pudiéramos profundizar y perfeccionar nuestros mecanismos democráticos, lograr un sistema electoral competitivo y transparente, y por sobre todo, satisfacer el profundo anhelo de renovación política de la ciudadanía.

Educación e innovación

0 comentarios

Luis Solís Plaza
La Nación
25 - 06 -09

Desde la denominada "revolución de los pingüinos" se ha desarrollado una amplia discusión sobre cuál debe ser la educación que necesita Chile. El debate se ha generado por canales oficiales, creados en forma ad hoc a partir de las movilizaciones estudiantiles, y por otras instancias no oficiales, tan válidas como las anteriores. Sin embargo, la pregunta acerca de qué tipo de educación requerimos como país no es fácil de responder: cada actor coloca su interés sobre la mesa y desde esa base propone el tipo de educación que se necesita, lo que da como resultado una heterogeneidad -muchas veces confrontada- de propuestas.

Los países que han tenido éxito en sus planes de educación -Corea del Sur, Singapur y España, entre otros- lo han hecho sobre la base de dos ejes estratégicos: planes de largo plazo y homogeneidad en temas clave. La fortaleza en ciertas materias -como las matemáticas, el lenguaje, la física, la química y la biología- ha sido fundamental para el desarrollo de esas naciones. La enseñanza de tales asignaturas se hace con mucha profundidad y rigor (de otra forma es imposible lograr comprenderlas y disfrutarlas). ¿Pero por qué tanta importancia a estas materias? Porque son la plataforma para que los países puedan sentar las bases de su desarrollo científico.

Crear una masa crítica de estudiantes que privilegien el estudio de la ciencia es una condición sine qua non para contar con miles de ciudadanos que se inclinen por la innovación y apuesten por el emprendimiento, más que por la dependencia laboral.

¿Por qué se debe dar tanta importancia a una educación basada en la innovación? Porque es tal vez el único camino que permita diversificar los productos y servicios que tiene el país, lo que nos hace ser más competitivos, generando nuevos mercados tanto a nivel nacional como internacional. La innovación debe ser adoptada como una filosofía de vida, se debe incentivar y premiar a las personas innovadoras. Cuando se opta por la innovación se debe entrar en un espiral sin fin, porque el mundo está tan globalizado que cuando se descubre un producto o servicio nuevo, a poco andar ya es copiado. Conclusión: no se debe dejar de innovar nunca.

Los países, empresas e instituciones que innovan tienen no tan sólo la oportunidad de diferenciarse en los mercados donde compiten, sino que logran optimizar los recursos de tal forma que se produce una interesante baja de costos. Esto hace aún más atractivos los emprendimientos innovadores. En nuestras aulas es imperioso optar por el camino de la innovación y la ciencia, pero no cómo se hace hoy, donde de vez en cuando aparece un puñado de alumnos y profesores que nos sorprende y que de forma estoica intentan torcer el camino de una educación plana y falta de creatividad.

Si no comenzamos hoy a incentivar en nuestros niños y jóvenes la importancia de ser innovadores, seguiremos anclados a la dependencia tecnológica de los países ricos. Avanzar hacia una sociedad más equitativa y democrática requiere que los estudiantes de estratos socioeconómicos carentes de oportunidades accedan al conocimiento científico y la innovación. Más que en ricas y pobres, hoy las naciones se dividen entre las que poseen el conocimiento y aquellas que no lo tienen. Esta dicotomía perversa también se manifiesta al interior de cada Estado, entre los ciudadanos que acceden al conocimiento y aquellos que no pueden hacerlo. Los primeros crearán, emprenderán y se les abrirá todo un mundo de posibilidades; los segundos, sólo podrán servir a los primeros y además privarán al país de miles de compatriotas capaces de crear e innovar, impidiendo que nuestros productos o servicios circulen por el mundo. Hablar de una sociedad más justa y democrática necesariamente significa hablar de educación e innovación.

Gasto fiscal: ¿Hacia dónde vamos?

0 comentarios

Rossana Costa
La Tercera
25 - 06 - 09

La caída del tipo de cambio es un golpe para una economía abierta como la nuestra, que dificultará la salida de la crisis, en la medida en que caen los retornos por nuestras exportaciones y que la industria sustituidora de importaciones pierde competitividad. El nivel del tipo de cambio multilateral está por debajo de su promedio, pese a que tenemos un déficit de cuenta corriente que ameritaría niveles más altos.

Tenemos dos causas. La primera de corto plazo, asociado a la venta masiva de divisas que escogió erróneamente Hacienda como estrategia de financiamiento. La segunda, asociado a una expansión del gasto público que como porcentaje del producto pasó desde el 18% en 2006 a 25% en 2009. Se trata de unos US$ 15 mil millones corrientes adicionales en sólo cuatro años.

Una acumulación bruta de ahorros por US$ 35 mil millones (en tres años), de los cuales US$ 10 mil millones se usaron para amortizar deuda, se explica por la bonanza del cobre, pero convive con monumentales pérdidas en empresas del Estado, con debilidades de gestión y una política de expansión del gasto como la señalada. Entonces, ¿cómo se explica un incremento del gasto público de 9,5% real en promedio, tasa que duplica el crecimiento del producto de tendencia, si teníamos una regla fiscal de prestigio inigualable?

La respuesta se ha buscado en la expansión contracíclica del gasto público en 2009 y en el paquete de medidas de enero. Pero hasta ahí había equilibrio estructural transitorio. Fue la decisión de gastar el mayor poder adquisitivo, consecuencia de la menor inflación, lo que llevó a rebajar el déficit estructural a 0,8% del producto (este es el déficit estructural de no mediar un oportuno cambio metodológico), nivel equivalente al alcanzado en 1999. Se decide ex ante no cumplir la meta y, por lo tanto, no es comparable con dispersiones ex post, fruto del mejor esfuerzo por cumplir.

La regla fiscal, que venía enferma, se fue a la UTI. Pasó a ser impredecible y, por lo tanto, ya no puede satisfacer el rol de orientar expectativas ni de frenar presiones futuras.

Pero el problema es anterior. Surge cuando se aceptó usar una serie de fórmulas contables ingeniosas. Frente a la crisis del transporte la respuesta fue dar crédito, incluso a las regiones que no tienen ingresos propios para reembolsarlos, lo que contablemente no se medía en el gasto del gobierno. Frente al incremento del precio del petróleo se usó el financiamiento a través de Enap con el mismo efecto. Un velo contable y una bonanza que creímos no terminaría. Algo así les pasó a los mercados en otras regiones.

La necesidad de renunciar a esos mecanismos (empujado por las circunstancias) y la crisis fueron una presión incontenible. Si revisamos la contabilidad e imputamos los gastos como y cuando corresponde, el incremento del gasto gubernamental en 2009 sería de 11,4%, bastante alto y aún por sobre el 10% de 2008, y el no despreciable 9,9% de 2007. Esta es la historia que, hasta hace poco, había pasado casi desapercibida.

A este gobierno se le va a honrar por haber ahorrado buena parte de la bonanza del cobre, pero no por un esfuerzo en el control del gasto ni en su eficiencia, así como tampoco por guardar especial respeto por la regla fiscal. Se le puede agradecer una solidez fiscal asociada a los ahorros que queden, pero se le mirará con más distancia cuando en unos meses se internalicen los efectos para el 2010.

El crecimiento del gasto público se frenará abruptamente y se revertirán algunas rebajas tributarias, en un período de leve repunte mundial, espacio que deberá ser llenado por un sector privado todavía débil.

La DC: el lado débil de la candidatura Frei

0 comentarios

Carlos Huneeus
El Mostrador
25 - 06 -09

En una columna anterior, "El debilitamiento de los partidos de la Concertación", examiné los graves problemas que aquejan a los partidos de la Concertación. En esta quiero referirme al PDC, que fue el principal partido de Chile durante cuatro décadas, jugando un rol de vanguardia con ideas y dirigentes, que le permitió ganar la presidencia en 1964 con Eduardo Frei Montalva (1964-1970). Impulsó profundas transformaciones, que buscaron llevar adelante una modernización tardía, que incluyó la organización popular y la chilenización del cobre, que permite al Estado tener los recursos para financiar sus programas, como el de protección social y enfrentar la crisis financiera internacional.

El PDC siguió siendo la organización política más sólida y tuvo un rol muy importante en la recuperación de la democracia, cuando los partidos de izquierda estaban proscritos y duramente reprimidos, con personalidades que trabajaron activamente en la defensa de los Derechos Humanos, como Jaime Castillo Velasco, Andrés Aylwin y otros. Junto a personalidades de otras colectividades, fue determinante en el fortalecimiento de la oposición democrática y Patricio Aylwin fue el portavoz del No en el plebiscito de 1988. La estrategia de Aylwin de derrotar al régimen en las urnas, planteada en un seminario del ICHEH en 1984, criticada por dirigentes de izquierda, fue correcta. Su gobierno y el de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, fueron exitosos y contaron con el apoyo leal y decidido de los partidos de la Concertación, especialmente el PS.

Desde hace algunos años, el PDC está muy lejos de ser ese partido de vanguardia cuya acción cambió el desarrollo político del país. Las causas son variadas y complejas, "externas" al partido, como los cambios en la sociedad y los costos de la democratización, e "internas", los errores de sus dirigentes. Las causas "externas" afectan a todos los partidos oficialistas y de ahí la necesidad de mirar los factores internos.

Los errores se cuentan desde que sus dirigentes aceptaron la recomendación de sus asesores electorales (ninguno era DC) de quitar el nombre y lo símbolos del partido en las campañas, que favoreció a los "nuevos" partidos -PPD, UDI y RN- y perjudicó a los históricos -PDC, PRSD y PS-. En las parlamentarias de 1997, cuando la economía estaba en su mejor momento y el general Contreras había sido condenado por la Corte Suprema, el PDC perdió medio millón de votos.

Siguió con las debilidades de la candidatura presidencial de Andrés Zaldívar en 1999, sin tener un programa y una estrategia para derrotar a Ricardo Lagos, el postulante del bloque PS/PPD/PRSD, llegando a seguir una campaña del terror en su contra.

Continuó con el error de la inscripción de la lista parlamentaria en las elecciones del 2001 por la directiva presidida por Ricardo Hormazábal, requiriendo un cambio legal patrocinado por la UDI, bajo la presidencia de Pablo Longueira, que quiso derrotar al PDC en las urnas y no por secretaria. Adolfo Zaldívar, timonel de la colectividad para las elecciones del 2005, se empecinó en ser el abanderado presidencial, sin tener visibilidad en la opinión pública y después obstruyó la postulación de Soledad Alvear, proclamada muy tardíamente como la abanderada del falangismo y no le apoyó en su breve experiencia presidencial.

Y culminó el 2007, siendo Soledad Alvear la presidente de la colectividad, cuando se expulsó a Adolfo Zaldívar, que provocó la renuncia de cinco diputados, privando a la Concertación de la mayoría en la Cámara que tenía desde 1990. Este hecho llevó a la oposición a acusar constitucionalmente a la ministra de Educación, Yasna Provoste (PDC), por irregularidades encontradas por la Contraloría, siendo destituida por el Senado.

El PDC no tiene el liderazgo nacional que tuvo en el pasado y ello se manifiesta en múltiples aspectos, comenzando por su ausencia en el debate de ideas, que se expresa en el debilitamiento de su principal centro de formación política y de pensamiento, el ICHEH, (Instituto Chileno de Estudios Humanísticos). Esta institución, apoyada por la Fundación Adenauer, tuvo un papel fundamental para el PDC y la oposición al régimen militar bajo la dirección de Claudio Orrego y Francisco Cumplido después, con publicaciones, encuentros y seminarios. Desde mediados de los años 90, es una sombra de ello, sin actividades relevantes para reflexionar sobre el futuro del PDC y el país.

No tiene presencia en el movimiento estudiantil de las principales universidades del país, a pesar que lo fue hasta hace una década. Sus dirigentes de entonces ven bloqueadas sus aspiraciones de asumir puestos de responsabilidad; no tiene una presencia importante en el movimiento sindical, que contrasta con el que tuvo en los años 80 con Rodolfo Seguel y Manuel Bustos.

El PDC, como otros partidos después, se encerró en un grupo reducido de dirigentes, que entendió la política como una actividad entre amigos y camaradas, sin abrirse a nuevas figuras. Su preocupación principal fue lograr el control del "partido", sin una democracia interna, que significa diversidad, pluralismo y tolerancia.

Las directivas del PDC, desde hace más de una década, han estado integradas por personas del reducido círculo que trabajó en el Gobierno o en el Congreso. Su actual timonel, el diputado Juan Carlos Latorre, es el menos conocido de la lista de 34 políticos incluidos en la encuesta CEP de Mayo, con un 40 por ciento.

Se confirma con los nuevos ministros que ingresaron en enero del 2008 al gabinete, no sólo de mayor edad que los que salieron (Alejandro Ferreiro, entre otros), con el consiguiente envejecimiento del gabinete, sino también porque tres de ellos eran cercanos a la timonel del PDC: el de Economía, Hugo Lavados, de Agricultura, Marigen Hornkohn y el de Interior, Edmundo Pérez Yoma.

La relación de Hornkohn con Alvear viene del gobierno de Aylwin, cuando fue su secretaria y jefa de gabinete en el Servicio Nacional de la Mujer (Sernam), de la cual fue ministra, y la acompañó al ministerio de Justicia en la administración de Frei.

Hornkohn, asistente social, sin estudios de postgrado en el exterior, es un caso ilustrativo de una militante del PDC que ha estado en el gobierno desde 1990 y lo ha hecho en distintos ministerios, seis en total, sin destacarse en ninguno. Además de las dos carteras indicadas, estuvo en otras dos con el presidente Lagos: Trabajo -fue subsecretaria de Previsión Social (2000-2003)- y Educación, siendo subsecretaria (2003-2005) y ministra cuando Sergio Bitar se trasladó a la campaña presidencial para la segunda vuelta. Con la Presidenta Bachelet trabajó en otros dos ministerios: Relaciones Exteriores, pues fue embajadora en Alemania (2006-2008), y ahora, Agricultura. Entremedio, fue candidata a diputado por el distrito La Reina y Peñalolén en las elecciones del 2005.

Pese a sus debilidades, el PDC sigue teniendo enormes fortalezas, más visibles ahora frente a la debilidad del PS y el PPD. Es la colectividad con más intención de voto en las encuestas, 11% en Abril 2009, muy superior al PS, 5%, y el PPD, 3%. El ex Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle es el candidato presidencial de la Concertación, un logro notable porque lo consiguió con un PDC que es la sombra de la colectividad que lo llevó a La Moneda en 1993. El fenómeno no es Marco Enríquez-Ominami, sino Frei, que logró superar poderosos obstáculos, internos y externos a su partido, especialmente cierta prensa, que ha hecho todo lo posible por bloquear su postulación.

Es penoso que dirigentes que tuvieron cargos de responsabilidad cuando se aceleró la decadencia del PDC se pregunten ahora por los "problemas" de la candidatura Frei; ellos debieran dar las explicaciones por el debilitamiento del partido.

El falangismo debía ponerse las pilas y hacer lo que no ha hecho hasta ahora: abrir sus puertas a nuevas caras, dando señales claras en la composición de la lista parlamentaria y del equipo de campaña legislativa e impulsar ideas renovadas -profundizar la democracia e impulsar una economía social y ecológica de mercado, con preocupación en los trabajadores y sus organizaciones sindicales- y presentar nuevas caras, es decir, los jóvenes profesionales que se encuentran en los municipios, en el gobierno, en el mundo profesional y de la empresa privada -son muchísimos, como en ningún otro partido-, que debieran asumir responsabilidades directivas. Y todos sus dirigentes y militantes deben trabajar con entusiasmo por la candidatura de Frei, que ofrece una oportunidad única para devolver la fuerza al PDC.

La renovación también la necesita el PS, que está en iguales o peores condiciones, sin ideas claras sobre qué significa ser de izquierda hoy en Chile y con tres candidatos presidenciales -Marco Enríquez-Ominami, Jorge Arrate y Alejandro Navarro- provenientes de sus filas, el partido de la presidenta Michelle Bachelet.

Sin un PDC y un PS fuertes, la Concertación no derrotará a Sebastián Piñera y la gobernabilidad de la administración de Eduardo Frei será extraordinariamente difícil si quiere llevar adelante las transformaciones institucionales que el país requiere, después de una exitosa transición y consolidación democrática.

El verdugo del Estado de Derecho

0 comentarios

Halinisky Sánchez
El Tiempo de Bogotá
25/06/09

Muchos gobernantes y autoridades hablan de la democracia y se autodenominan demócratas, pero con sus conductas desdicen de este sistema de gobierno y no descansan hasta socavarlo.
La democracia es un conjunto de principios que se consideran irrefutables y superiores a cualquiera otra forma de gobierno y donde además estos principios legitiman unos valores y obligan a las autoridades de la "Polis" a sujetarse a unas reglas de juego que garanticen la dignidad y los derechos fundamentales de quienes son gobernados.

En otras palabras, la democracia es un ideal que se concreta en el Estado de Derecho, que nuestra constitución política por la evolución histórica y filosófica del mundo occidental postsegunda guerra enuncia como "social" de derecho, que no es otra cosa que el sistema de gobierno legitimado electoralmente por los súbditos, para que las autoridades garanticen unas normas y ellas mismas en sus actuaciones no puedan separarse de esas normas.

Así las cosas, el Estado Social de Derecho que recrea nuestra Constitución no es un concepto subjetivo, sino una realidad objetiva y espiritual en la que supone primeramente las autoridades y el pueblo llano considera su garantía de existir y vivir en dignidad ejerciendo efectivamente sus derechos fundamentales: Vida, Honra, Libertad, Igualdad, Dignidad (que encierra el derecho a la salud, a la educación, al techo, a la propiedad, a la cultura, etc.).

El gran dilema o telóntalón de Aquiles de este Estado de Derecho radica en que es administrado por unos encargados que se denominan "gobierno", que no siempre están comprometidos con su supremacía y razón de ser, y lo que se conoce como Estado de Derecho fácilmente y paradójicamente con la favorabilidad y el apoyo del pueblo puede convertirse en una tiranía.

Pero antes de ser una tiranía o una dictadura, el Estado de Derecho puede, en virtud de su gobierno, dar paso a un Estado de opinión, como lo expresó el Presidente colombiano en una reunión diplomática con miembros de la realeza española: "Colombia está en la fase superior del Estado de Derecho, que es el Estado de opinión. Aquí las leyes no las determina el presidente de turno. Difícilmente las mayorías del Congreso. Todas son sometidas a un riguroso escrutinio popular, y finalmente a un riguroso escrutinio constitucional".

Pero se equivoca el presidente; el Estado de opinión no es ninguna fase superior del Estado de Derecho; todo lo contrario, es el síntoma más claro de su debilitamiento y posterior aniquilación, pues así como habíamos afirmado que el Estado de Derecho es un conjunto de principios y de valores objetivos que concretan y garantizan la participación y el ejercicio de los derechos esenciales, el Estado de opinión es un estado de emotividad de las mayorías que ciegamente confían en los postulados y decisiones del gobierno de turno, sin importar que estas decisiones pongan fin a los valores democráticos y la garantía de un Estado de Derecho.
La filosofía del Estado de opinión es aquella vieja de que la voz del pueblo es la voz de Dios; ojalá, pero no; la voz del pueblo no siempre es la voz de Dios, la voz del pueblo en el siglo 21 es la voz de los medios de comunicación y de los grupos de presión que puedan influenciar las decisiones de gobierno.

El Estado de opinión es Chávez cuando cierra los canales y estatiza empresas, o persigue opositores. El Estado de opinión es Colombia, donde un gobierno que rescató al país de la violencia generalizada mandara al traste a la democracia con el ánimo de perpetuarse en el poder. El Estado de opinión es aquel en el que millones votan en las urnas, más monopolizados por los medios u obnubilados por familias en acción, así después bajen al infierno con una sonrisa en los labios.

El Estado de opinión es la voz de la mayoría, que, para tragedia de los demócratas sinceros, no coincide siempre con el sentido supremo de la democracia.


La tentación democrática

0 comentarios

Andrés Hoyos
El Espectador - Colombia
23 - 06 - 09

No soy profeta y por lo tanto ignoro si el actual movimiento ciudadano iraní logrará conducir al país por caminos de cambio perdurable o si el régimen prevalecerá. Espero que por lo menos se evite el peor de los desenlaces: una sangrienta guerra civil. Lo que sí sé es que todo provino de unas elecciones muy esperadas cuyo resultado fue cuestionado, es decir, de la tentación democrática. El régimen iraní obviamente se equivocó al interpretar el alcance de los cambios sociodemográficos del país y no previó los efectos de la educación que adquirieron los jóvenes, fenómenos ambos que predisponen a la insumisión. El reino de Dios, por lo visto, es susceptible de ser minado por el conocimiento y la técnica.

Una parte muy importante del funcionamiento de cualquier régimen político es su flexibilidad ante los inevitables contratiempos que enfrenta. La democracia contemporánea, pese a todos sus defectos, está diseñada con esta flexibilidad en mente y es de lejos el sistema que mejor resuelve los contratiempos, pues los mecanismos de cambio le son tan estructurales como los de permanencia. En contraste, el Estado teocrático de Irán es una sofisticada armazón de consejos y de círculos colegiados, y hasta contiene algunos contrapesos internos y un simulacro de democracia, pero no está diseñado para resistir una fuerte oposición ciudadana. Es como una olla a presión con la válvula de escape tapada. Le pasa lo que al resto de los regímenes autoritarios de variado cuño, que parecen modelos de estabilidad durante años para, de repente, verse sacudidos por perturbaciones que llegan a poner en peligro su supervivencia, así a veces les resulte posible volver a meter el genio del disenso en la botella. La estructura de una autoridad incuestionable, en esos casos, es la columna principal que sostiene el edificio político, y si ella se tambalea o se quiebra, todo puede derrumbarse. Las democracias, por el contrario, suelen ser sismorresistentes.

Hay que sumar a lo anterior un elemento reciente de gran importancia: la revolución en las comunicaciones. Con ella se materializa la vieja metáfora de los vasos comunicantes, encarnados en las comunidades de internet, los mensajes de texto y las cámaras de video y de foto fija que traen los celulares.

En Irán la élite está dividida, y el fin de semana pasado los manifestantes no acataron la sombría amenaza del ayatolá Khamenei, actual líder supremo, desafío que puede resultar definitivo. Aplica a la actual encrucijada iraní el perspicaz comentario de Lenin, según el cual la situación revolucionaria llega no cuando los de abajo no quieren seguir viviendo como antes, sino cuando los de arriba no pueden seguir haciéndolo. Lo otro que queda muy claro es que la democracia no se exporta a la fuerza, nace o deja de nacer de las entrañas de un país.

No debemos, ni por un momento, subestimar las repercusiones que promete tener el presente estallido, pues el potencial de contagio del fenómeno es muy grande. Un día de estos, por ejemplo, podrían empezar a llegar noticias perturbadoras de China, noticias que serían mucho más importantes que las de Irán. Pero esa es otra historia.

Honduras Defends Its Democracy

0 comentarios

MARY ANASTASIA O'GRADY
The Wall Street Journal
30 - 06 - 09

Hugo Chávez's coalition-building efforts suffered a setback yesterday when the Honduran military sent its president packing for abusing the nation's constitution.

It seems that President Mel Zelaya miscalculated when he tried to emulate the success of his good friend Hugo in reshaping the Honduran Constitution to his liking.

But Honduras is not out of the Venezuelan woods yet. Yesterday the Central American country was being pressured to restore the authoritarian Mr. Zelaya by the likes of Fidel Castro, Daniel Ortega, Hillary Clinton and, of course, Hugo himself. The Organization of American States, having ignored Mr. Zelaya's abuses, also wants him back in power. It will be a miracle if Honduran patriots can hold their ground.

That Mr. Zelaya acted as if he were above the law, there is no doubt. While Honduran law allows for a constitutional rewrite, the power to open that door does not lie with the president. A constituent assembly can only be called through a national referendum approved by its Congress.

But Mr. Zelaya declared the vote on his own and had Mr. Chávez ship him the necessary ballots from Venezuela. The Supreme Court ruled his referendum unconstitutional, and it instructed the military not to carry out the logistics of the vote as it normally would do.

The top military commander, Gen. Romeo Vásquez Velásquez, told the president that he would have to comply. Mr. Zelaya promptly fired him. The Supreme Court ordered him reinstated. Mr. Zelaya refused.

Calculating that some critical mass of Hondurans would take his side, the president decided he would run the referendum himself. So on Thursday he led a mob that broke into the military installation where the ballots from Venezuela were being stored and then had his supporters distribute them in defiance of the Supreme Court's order.

The attorney general had already made clear that the referendum was illegal, and he further announced that he would prosecute anyone involved in carrying it out. Yesterday, Mr. Zelaya was arrested by the military and is now in exile in Costa Rica.

It remains to be seen what Mr. Zelaya's next move will be. It's not surprising that chavistas throughout the region are claiming that he was victim of a military coup. They want to hide the fact that the military was acting on a court order to defend the rule of law and the constitution, and that the Congress asserted itself for that purpose, too.

Mrs. Clinton has piled on as well. Yesterday she accused Honduras of violating "the precepts of the Interamerican Democratic Charter" and said it "should be condemned by all." Fidel Castro did just that. Mr. Chávez pledged to overthrow the new government.

Honduras is fighting back by strictly following the constitution. The Honduran Congress met in emergency session yesterday and designated its president as the interim executive as stipulated in Honduran law. It also said that presidential elections set for November will go forward. The Supreme Court later said that the military acted on its orders. It also said that when Mr. Zelaya realized that he was going to be prosecuted for his illegal behavior, he agreed to an offer to resign in exchange for safe passage out of the country. Mr. Zelaya denies it.

Many Hondurans are going to be celebrating Mr. Zelaya's foreign excursion. Street protests against his heavy-handed tactics had already begun last week. On Friday a large number of military reservists took their turn. "We won't go backwards," one sign said. "We want to live in peace, freedom and development."

Besides opposition from the Congress, the Supreme Court, the electoral tribunal and the attorney general, the president had also become persona non grata with the Catholic Church and numerous evangelical church leaders. On Thursday evening his own party in Congress sponsored a resolution to investigate whether he is mentally unfit to remain in office.

For Hondurans who still remember military dictatorship, Mr. Zelaya also has another strike against him: He keeps rotten company. Earlier this month he hosted an OAS general assembly and led the effort, along side OAS Secretary General José Miguel Insulza, to bring Cuba back into the supposedly democratic organization.

The OAS response is no surprise. Former Argentine Ambassador to the U.N. Emilio Cárdenas told me on Saturday that he was concerned that "the OAS under Insulza has not taken seriously the so-called 'democratic charter.' It seems to believe that only military 'coups' can challenge democracy. The truth is that democracy can be challenged from within, as the experiences of Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, and now Honduras, prove." A less-kind interpretation of Mr. Insulza's judgment is that he doesn't mind the Chávez-style coup.

The struggle against chavismo has never been about left-right politics. It is about defending the independence of institutions that keep presidents from becoming dictators. This crisis clearly delineates the problem. In failing to come to the aid of checks and balances, Mrs. Clinton and Mr. Insulza expose their true colors.

Write to O'Grady@wsj.com

Obama and Cyber Defense

0 comentarios

GORDON CROVITZ
The Wall Street Journal
29 - 06 - 09

In a Monty Python skit from 1970, the Vercotti brothers, wearing Mafia suits and dark glasses, approach a colonel in a British military barracks. "You've got a nice army base here, Colonel," says Luigi Vercotti. "We wouldn't want anything to happen to it." Dino explains, "My brother and I have got a little proposition for you, Colonel," and Luigi elaborates, "We can guarantee you that not a single armored division will get done over for 15 bob a week."

If the idea of the military having to pay protection money to the mob seems silly, imagine what Monty Python could do with last week's White House decision on security. It announced a new "Cyber Command" to protect information infrastructure, but stipulated that the military is allowed to protect only itself, not the civilian Internet or other key communications networks. When President Barack Obama announced the plan, he stressed that it "will not -- I repeat -- will not -- include monitoring private-sector networks or Internet traffic." It's like telling the military if there's another 9/11 to protect the Pentagon but not the World Trade Center.

The announcement shows that our political system is still ambivalent about how to defend communications networks such as the Internet. We expect privacy, but we know that intrusive techniques are required to protect the system from cyber attacks. How to balance privacy with preventing attacks that would undermine the system altogether?

It's an open secret that the National Security Agency (NSA) must operate through civilian networks inside the U.S. in order to prevent millions of cyber attacks every year by foreign governments, terror groups and hackers. Likewise, the NSA must follow leads through computer networks that run through innocent countries. "How do you understand sovereignty in the cyber domain?" asked James Cartwright, vice chairman of the Joint Chiefs of Staff, in a recent speech. "It doesn't tend to pay a lot of attention to geographic borders."

The risks are real. Cyber attacks on Estonia and Georgia by Russia in recent years forced government, banking, media and other Web sites offline. In the U.S., the public Web, air-traffic control systems and telecommunications services have all been attacked. Congressional offices have been told that China has broken into their computers. Both China and Russia were caught having infiltrated the U.S. electric-power grid, leaving behind software code to be used to disrupt the system. The risk of attacks to create massive power outages is so serious that the best option could be unplugging the U.S. power grid from the Internet.

The military is far ahead of civilian agencies such as Homeland Security and is now focused on cyber offense as well as defense. Cyberspace, says Gen. Kevin P. Chilton, commander of the U.S. Strategic Command, is the new "domain," joining the traditional domains of air, land and sea. Each is a focus for both defense and attack. The U.S., a decade behind China, is now officially focused on using cyber warfare offensively as well as defensively.

The U.S. is an inventive nation, so we'll get to the right answer on security if we ask the right questions. What if the only way the military can block a cyber attack is to monitor domestic use of the Web, since foreigners use the Web to launch cyber attacks? What is a "reasonable" search in a virtual world such as a global communication network? What's the proper response to cyber attacks?

If cyber war is a new form of war, wouldn't most Americans adjust their expectations of reasonable privacy to permit the Pentagon to intrude to some degree on their communications, if this is necessary to prevent great harm and if rules protecting anonymity can be established? Finally, wouldn't it be better for politicians to encourage a frank discussion about these issues before a significant attack occurs instead of pretending there are no trade-offs?

Only the NSA, which operates within the Defense Department, has the expertise to protect all U.S. networks. It has somehow found ways to mine needed data despite pre-Web rules that restrict its activities domestically. But the question remains: How can the military get enough access to private, domestic networks to protect them while still ensuring as much privacy as possible? One logical approach is for Homeland Security to delegate domestic defense to the NSA, but for the domestic agency to maintain enough responsibility to have political accountability if privacy rights get violated in the process.

We'll look back on the current era, with the military constrained from defending vital domestic interests, as an artifact of an era when it was easy to point to what was foreign and what was domestic. In the digital world, as the cyber threat shows, physical distinctions such as political borders are unhelpful and can be dangerously confusing.

Write to informationage@wsj.com

Obama's Obsolete Iran Policy

0 comentarios

BRET STEPHENS
The Wall Streets Journal
30 - 06 - 09


President Obama's Iran policy is incoherent and obsolete. Maybe David Axelrod should take note.

On Sunday, Mr. Obama's consigliere was asked about Iran by ABC's George Stephanopoulos and NBC's David Gregory. Mr. Gregory asked whether there "should be consequences" for the regime's violent suppression of peaceful demonstrations. "The consequences, I think, will unfold over time in Iran," answered Mr. Axelrod.

Mr. Stephanopoulos quoted Iranian President Mahmoud Ahmadinejad as saying that "this time, the Iranian nation's reply will be harsh and more decisive to make the West regret its meddlesome stance." Said Mr. Axelrod, "I'm not going to entertain his bloviations that are politically motivated." As for whether the administration wasn't selling short the demonstrators, Mr. Axelrod could only say that "the president's sense of solicitude with those young people has been very, very clear."

Bottom line from Mr. Axelrod, and presumably Mr. Obama, too: "We are going to continue to work through . . . the multilateral group of nations that are engaging Iran, and they have to make a decision, George, whether they want to further isolate themselves in every way from the community of nations, or whether they are going to embrace that."

Translation: People of Iran -- best of luck!

For a president who came into office literally selling the Audacity of Hope -- not just for Americans but for all mankind -- his Iran policy can so far be summed up as the timidity of "realism." That's realism as a theory of international relations that prescribes a foreign policy based on ostensibly rational calculations of the national interest and assumes that other nations act in similarly rational fashion.

On this reasoning, it remains the American interest to reach a negotiated settlement with Tehran over its nuclear program, whether or not Ahmadinejad was fairly elected. Likewise, it is in Tehran's best interests to settle, assuming the benefits for doing so are sufficiently large.

If this view ever had its moment, it was in the months immediately after Mr. Obama's inauguration. The administration came to town thinking that America's problems with Iran were largely self-inflicted -- a combination of "Axis of Evil" and "regime change" rhetoric, an invasion that gave Iran a reasonable motive for wanting to arm itself with nuclear weapons, and an unwillingness to try to settle differences in face-to-face talks.

In other words, Mr. Obama seems to have thought that a considerable part of America's Iran problem was simply an America problem, to be addressed by various forms of conciliation: Mr. Obama's New Year's greetings to "the Islamic Republic of Iran"; the disavowal of regime change as a U.S. objective; the offer of direct talks without preconditions; withdrawal from Iraq; the insistence, following the election, that the U.S. would neither presume to judge the outcome nor otherwise "meddle" in an internal Iranian affair.

What did all this achieve? Iran's nuclear programs are accelerating. It is testing ballistic missiles of increasing range and sophistication. Its support for terrorist groups such as Hamas and Hezbollah is unabated. Ahmadinejad stole an election in broad daylight. Supreme Leader Ali Khamenei blessed the result. British Embassy staff are under siege. A campaign of mass arrests and intimidation is underway and a young woman named Neda Soltan was shot in the heart simply for choosing none of the above.

Oh, and Iran still accuses the U.S. of "meddling."

Now Mr. Obama is promising more of the same, plus the equivalent of a group hug for the demonstrators. Is this supposed to be "realism"?

A more common sense form of realism would reach different conclusions. One is that the "bloviations" of Ahmadinejad are not just politically motivated, but are also expressions of contempt for Mr. Obama. That contempt springs from a keen nose for weakness, honed by the habits of dictatorship and based on an estimate -- so far unrefuted -- of Mr. Obama's mettle.

Second, as long as Tehran can murder its own people, scoff at a U.S. president and flout U.N. resolutions without consequence, it will continue to do so.

Third is that the Achilles Heel of the Iranian regime isn't its "isolation." (What kind of isolation is it when Ahmadinejad's "election" was instantly ratified by Russian President Dimitry Medvedev?) Nor is it its vulnerability to a gasoline embargo, vulnerable though it is. Its real weakness is its own domestic unpopularity, which has at last found expression in a massive opposition movement.

The fourth is that Iran's nuclear programs have now reached the stage where they can only be stopped through military strikes -- probably Israeli -- or an internal political decision to abandon them. The prospect of another Mideast war can't exactly please the administration. So how about trying to achieve the same result by leveraging point No. 3?

Maybe ordinary Iranians welcome Mr. Obama's solicitude. What they need is Mr. Obama's spine. If that means "democracy promotion" and tough talk about "regime change," well, it wouldn't be the first time this president has made his predecessor's policy his own.

Write to bstephens@wsj.com

Is War between Iran and Israel Inevitable?

0 comentarios

Erich Follath
Der Spiegel
24 - 06 -09

Israeli Prime Minister Benjamin Netanyahu and Iranian President Mahmoud Ahmadinejad may seem very different, but they are united in their apocalyptic religious visions. Their respective beliefs may be propelling them on a collision course with potentially horrific consequences.

A pair of more disparate twins hasn't existed since the muscle-bound Arnold Schwarzenegger and the sharp-tongued, diminutive Danny DeVito played twins in the Hollywood movie of that name. One, the Israeli, is tall and thickset and often wears tailored suits. He is a gifted speaker and a militant anti-Iranian. The other, the Iranian, is short and slight and is almost always seen wearing an ordinary-looking beige windbreaker. He tends to be somewhat gauche and is a rabble-rousing populist and a self-declared enemy of Israel. The two men couldn't be more different.

But Israeli Prime Minister Benjamin Netanyahu, 59, and Iranian President Mahmoud Ahmadinejad, 52, are twins in spirit, which is not to imply in any way that they are morally equivalent. Both men are convinced of the absolute validity of their beliefs, both are obsessed by what they see as their higher calling, and both are convinced that theirs is a Messianic mission -- a mission to "honor" a religion or "save" a people.

There is every indication that the coming nuclear negotiations between Washington and Tehran -- if, indeed, they begin in the next few months with Ahmadinejad still Iranian president -- will end in a stalemate by the end of the year. If that happens, US President Barack Obama will push for tougher sanctions against Tehran in early 2010, with the reluctant support of the Russians and Chinese. The leadership in Tehran will interpret this as an aggressive act and will likely speed up its uranium enrichment, meaning that Iran will only be a few months away from having the capability to build a nuclear bomb. At some point next spring, things could have proceeded so far that the Israelis could decide, even without Washington's approval, to launch attacks against Iranian nuclear facilities. The entire Middle East would see thousands of casualties, and the consequences for the global economy would be devastating.

To understand what motivates the Iranian president and the Israeli prime minister, and what convictions guide their policies, it is important to examine the deeply religious ideas that shape both Ahmadinejad and Netanyahu and practically destine them to clash with each other: the theology of the Islamic Haqqani school and the Jewish concept of Amalek. And to understand why Tehran and Jerusalem, with Ahmadinejad and Netanyahu at their respective helms, have embarked on such an alarming and potentially devastating course, it helps -- as this author has done -- to have personally met the people involved and to have studied their milieu during numerous trips to Iran and Israel over the past three-and-a-half decades. These experiences form the pieces of a puzzle, and although the resulting image is not all-encompassing and does not explain everything, it is at least an image based on a concrete search for evidence and on personal experience of the reality on the ground.

The Return of the Mahdi

Flashback: It is the late 1980s, and I am visiting the Iranian holy city of Qom. It is my first visit to the Islamic Republic of Iran, following earlier visits during the time of the shah and my reporting on his overthrow. "Do you want to meet Ayatollah Mohammad Taqi Mesbah Yazdi, the head of the education department at the Rah-i-Haq Institute?" my guide asks. Not another holy man, I think to myself -- I have already had exhausting interviews with half a dozen Koran scholars today. It is hot and dusty in Qom, where Fatima, a descendant of the Prophet Muhammad, is buried in a giant mosque. But then my guide tells me that Mesbah Yazdi is considered to be one of the most brilliant and influential thinkers in Qom, and that he is an ardent student of revolutionary leader Ayatollah Ruhollah Khomeini.

In the interview, Mesbah Yazdi proves to be cosmopolitan and admits to being a computer geek. Ideologically, however, he is an ultraconservative hardliner and a theoretician of the radicals, and his fixed mocking smile cannot conceal his cold nature. He openly advocates suicide bombings, calls for the carrying out of the fatwa imposed against author Salman Rushdi and demands "the blood of any person who insults Islam." And he considers "the Zionists" to be the fundamental source of evil on earth.

Mesbah Yazdi kept a low profile for years, except to control the fundamentalist Haqqani movement, a role in which an ambitious and deeply devout young man became his protégé. In 2005, Mesbah Yazdi called upon the faithful to vote for his former student, Ahmadinejad. It was an unusual step in the world of ayatollahs, who usually steer clear of mundane politics and keep their personal preferences to themselves. Since then, the ultraconservative cleric, who portrays himself as an infallible interpreter of the faith, has been viewed as Ahmadinejad's ideological and spiritual mentor.

As the son of a blacksmith, Iran's president was in his youth attracted mainly to Islamic social revolutionary theories. Ali Shariati, an Iranian philosopher who was educated in Paris and linked Marxism to religious, anti-colonial beliefs, influenced Ahmadinejad in his early years. But then, in his mid-20s, Ahmadinejad met Mesbah Yazdi and came under the spell of mystical fundamentalism. Ahmadinejad has long been an avowed supporter of the same ultra-religious school of Shia as Mesbah Yazdi. The Haqqani group, in its religious fervor, is reminiscent of the zealots of another religion, the born-again Christians (a group which includes, incidentally, former US President George W. Bush).

The so-called Mahdists around Mesbah Yazdi and Ahmadinejad believe that their Twelfth Imam disappeared from the face of the earth in the 9th century because Allah the Almighty hid him to put mankind to a test. They also believe that this Twelfth Imam, or Mahdi, will return to the earth, as will Jesus, who all Muslims see as an important predecessor to Muhammad. The Mahdi, in their view, will create a paradise on earth for believers and condemn blasphemers to eternal damnation. But he will only return when the world has undergone a catharsis, a whirling, gigantic, cleansing upheaval.

Could it take the form of a war between Muslims and heretics, perhaps? Possibly a nuclear war? And do some of the apocalyptically minded within the Haqqani school want to provoke this cataclysmic event to bring about the return of the Mahdi as soon as possible?

The New Race for the Moon

0 comentarios

Michio Kaku
The Wall Street Journal
24 - 06 - 09

Last Thursday, the National Aeronautics and Space Administration (NASA) sent two probes to the moon in search of a possible site for a manned lunar station. Both China and the U.S. have announced that they plan to send manned missions to the moon around 2020. India and Japan are not far behind, launching their own unmanned probes to the moon and laying out their timetables for sending men there.

Will we see a pileup on the moon around 2020? The idea of a traffic jam on the moon would have seemed preposterous to President John Kennedy when he announced the United States' goal of "landing a man on the moon and returning him safely to Earth" by the end of the 1960s. Back then, the moon seemed impossibly distant. But with the Cold War, superpower rivalry moved a lunar mission to the top of the national security agenda. Today there's been a rekindling of some of that old fervor.

The most methodical strategy to put men on the moon comes from China, with its three-stage plan. First, the Chinese placed astronauts into orbit aboard their Long March rocket in 2003. Then, in 2008 with the Shenzhou 7 mission, they began mastering spacewalks. Next, they plan to master docking maneuvers with Shenzhou 10, eventually leading to the building of a space station. This will culminate in sending Chinese to the moon by 2020. That will also come in three stages: first orbiting the moon, then landing, and finally bringing back samples.

The U.S. is not far behind. The U.S. plans to mothball the aging Space Shuttle next year. After a controversial five-year hiatus, NASA will then deploy the new Constellation program, consisting of the Ares booster rocket and the Orion spacecraft. It looks like an Apollo mission on steroids. The Constellation is designed to replace the Shuttle and then blast off to the moon and maybe even to Mars.

Global rivalries have probably stoked the lunar ambitions of India and Japan as well. India, to much domestic fanfare, sent an orbiter around the moon in November 2008 -- the Chandrayaan-1. India plans to send astronauts into orbit by 2014-15, making it the fourth nation to carry out manned space missions. The Indian Space Research Organization said it plans to send a man to the moon by 2020.

Not to be outdone, Japan sent its first probe to the moon in 1990 and a second in 2007. It plans another probe by 2012-13. The Japanese are also planning a manned mission to the moon by 2020 and a manned lunar base by 2030.

The European Space Agency and the Russians, seeing all this activity culminate around the moon, will be under pressure to accelerate their own programs as well. At present, the agency has no official manned mission to the moon, but plans a manned mission to Mars, called the Aurora Program, by 2030.

So, around 2020, we could get a bottleneck on the moon, with manned and unmanned probes from several countries whizzing around it from different directions. Various nations could even begin planting flags into its lunar soil. Let's hope they don't bump into each other, creating the first global conflict in space.

To be sure, going to the moon is largely symbolic, rather than strategic. Since it takes several days to reach the moon, while a nuclear war on Earth would be waged in a matter of hours, the moon gives no cosmic military advantage. And the moon has no air or water. The moon does have minerals, but mining the Earth is infinitely cheaper than mining the moon.

This raises another question: Can any nation plant its flag on lunar soil, claiming the moon as its own?

The Outer Space Treaty of 1967 forbade nuclear weapons in space and prohibited countries from claiming territory on the moon or any other celestial body. But the treaty is vague and out of date. Perhaps now is the best time to strengthen and rethink this old treaty before national rivalries and tensions heat up as we approach 2020.

Mr. Kaku is the author of "Physics of the Impossible: a Scientific Exploration into the World of Phasers, Force Fields, Teleportation, and Time Travel" (Doubleday, 2008).

La coalición proeuropea

0 comentarios

JOAQUÍN ALMUNIA
El Pais - España
23/06/2009

Desde mi punto de vista, el de un socialdemócrata partidario de una Europa política fuerte, el resultado de las recientes elecciones al Parlamento de Estrasburgo es preocupante por varias razones.

En primer lugar, por la baja participación, menos de la mitad de los inscritos en el conjunto de la Unión Europea. El hecho de que no sea la primera vez que sucede añade más gravedad a la falta de movilización, no debida sólo a la crisis. Además, una parte no desdeñable de quienes votaron se ha decantado por opciones radicales, populistas e incluso xenófobas. No hay que exagerar, pues estos diputados seguirán siendo una exigua minoría. Pero me preocupa que en algunos países -Hungría, Reino Unido, Rumania, Austria, Eslovaquia- los partidos de la extrema derecha hayan avanzado posiciones. A su vez, los euro-escépticos británicos, checos o polacos se han desgajado del Partido Popular Europeo y pretenden ahora condicionar las posiciones del ganador. Por último, el Partido de los Socialistas Europeos ha perdido votos y presencia, con lo que el conjunto del Parlamento se ha escorado hacia la derecha.

Todo ello es decepcionante. Según las encuestas, los ciudadanos quieren que Europa tenga más capacidad de decisión en lo que afecta a su empleo, sus condiciones de vida y trabajo y su seguridad. Piden a las instituciones europeas, incluyendo a sus respectivos Gobiernos en el marco del Consejo comunitario, que en estos temas superen las barreras nacionales y utilicen la dimensión europea para aumentar la eficacia de sus políticas.

Pero cuando esos mismos ciudadanos son llamados a elegir directamente a sus representantes en el Parlamento Europeo, uno de cada dos no acude, y quienes lo hacen votan a candidatos antieuropeos en mayor proporción que cuando se trata de una elección meramente nacional o local. ¿Qué está fallando? ¿Quién es responsable de esos fallos? ¿Cómo afrontarlos?

Sin duda, las campañas electorales han contribuido al desinterés o al voto de protesta. Los temas locales y las batallas partidistas se han impuesto sobre las cuestiones europeas. Y cuando se hablaba de Europa, no siempre era en términos positivos. Pero seamos claros: una campaña de tres o cuatro semanas no puede variar 180 grados la tónica que ha dominado a lo largo de los últimos años la comunicación sobre políticas y actuaciones de la UE. Desde la penosa campaña del referéndum francés en mayo de 2005 hasta la del 7-J han sido demasiadas las ocasiones en que los mensajes sobre Europa se han caracterizado por la falta de rigor, el oportunismo y, en ocasiones, los argumentos falaces.

Reconozco que algunas iniciativas han dado pie a ello: por ejemplo, la fallida directiva de tiempo de trabajo -la de la jornada de 65 horas- o el apoyo del Consejo y el Parlamento a la no menos reprochable directiva sobre retorno de inmigrantes. Pero acusar a Europa de que no ha reaccionado ante la crisis, cuando la UE ha liderado la convocatoria del G-20, ha aprobado regulaciones financieras muy importantes y ha desplegado estímulos fiscales, monetarios y financieros de proporciones astronómicas, no es de recibo.

Tampoco es serio, a mi juicio, intentar montar un frente anti-Barroso tan carente de argumentos como de alternativas viables para la presidencia de la próxima Comisión. Con esa frivolidad, se deteriora la imagen de Europa gratuitamente.Otras críticas tienen mucho más fundamento. No se han expuesto argumentos claros y convincentes sobre cómo Europa puede alcanzar un futuro mejor tras la crisis. Aquí hemos de admitir nuestro fracaso para transmitir que sólo una estrategia a escala de la UE será capaz de recomponer el aparato productivo sin las muletas de un sistema financiero desbocado, como fue el caso hasta agosto de 2007. No hemos explicado bien que sólo actuando a escala europea podremos ofrecer simultáneamente crecimiento económico y cohesión social, competitividad y oportunidades iguales para todos, una moneda fiable, un Estado fuerte sustentado sobre unas finanzas públicas saneadas, futuro para los jóvenes y solidaridad con una población cada vez más envejecida.

Por supuesto, conseguirlo no será fácil. Pero si en vez de apostar por la coordinación de las políticas económicas y financieras se cede a la tentación del "sálvese quien pueda" y a la competencia entre unos y otros, la salida no será otra que un largo periodo de bajo crecimiento y de tensiones populistas.

La tarea no puede recaer solamente en una fuerza política. La dimensión europea no es ni de derechas ni de izquierdas. Igual que hace 60 años, el proyecto de integración supranacional es de amplio espectro, lo comparten desde el centro-derecha hasta la socialdemocracia. Es más, si el consenso básico en el que se han basado desde el Tratado de Roma hasta el de Maastricht no se renueva ahora, el Parlamento perderá capacidad de decisión en los asuntos cruciales que van a formar parte de su agenda. Y si la Comisión o el Consejo abriesen en su interior brechas políticas permanentes entre los europeístas, fracasarían igualmente. Con o sin Tratado de Lisboa.

Europa no necesita ahora a unos proeuropeos frente a otros. Ni tampoco estamos para nuevas discusiones institucionales. Es la hora de la política. Pero la necesidad de una "coalición proeuropea" no indica que haya que despolitizar este debate. Al contrario. Cada partido tiene que aportar sus prioridades y sus propuestas para salir de la crisis fortalecidos. En el caso de la socialdemocracia, un proyecto europeo de paz, de igualdad de oportunidades, de defensa de los más débiles frente a toda discriminación. Que proteja a todos con servicios públicos eficaces, que ofrezca a través de la educación y la formación mayores expectativas de empleo y de progreso. Que combine el dinamismo económico con el respeto al medio ambiente. Que canalice la solidaridad dentro y fuera de las fronteras de los Veintisiete.

Esa visión de Europa tiene puntos de coincidencia y de divergencia con la de un ecologista, un liberal o la de un miembro del PPE. Los votantes dirán quiénes tienen en cada momento la mayoría necesaria para liderar las instituciones de la UE. Pero unos y otros deben -debemos- saber que quienes de verdad se oponen a la integración europea son otros. Y su triunfo supondría un retroceso histórico.

Los españoles aprendimos que la garantía de las libertades y la construcción de una democracia estable exige consensos y diálogo, compartir unos valores y principios básicos. A la vista de los resultados del 7 de junio y de las circunstancias que los explican, una conclusión similar es aplicable a la encrucijada en la que se encuentra la Unión Europea, salvadas las distancias de rigor. Si somos capaces de transmitirlo en esos términos quizás se nos entienda mejor, y los votantes sabrán lo que nos estamos jugando en Europa durante los próximos cinco años.

Joaquín Almunia es comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios.

Cuba, ¿importa?

0 comentarios

Gerardo López Alonso
LA NACION - Bs. Aires
23 - 06 - 09


Comencemos con dos postulados: 1) la economía de Cuba está colapsada; 2) en parte debido a esto, la transición se acelera: la saga de los Castro llega a su fin.

Raúl Castro se complica en la medida en que su gestión no produce las reformas esperadas. Esto se explica porque su poder se asienta en un conjunto de militares que son los beneficiarios de lo que todavía queda de rentable en la isla, a través de empresas estatales que ellos controlan. Entre ellas, hotelería, restaurantes y todo el movimiento que se genera en torno al turismo, incluida la floreciente prostitución, que supera con creces a la que justificó la caída de la dictadura del "sargento" Fulgencio Batista.

Cuba retorna hoy a la escena internacional. La OEA le abrió sus puertas. Pero, ¿cuánto importa, verdaderamente, Cuba en el siglo XXI? Y, en todo caso, ¿a quiénes les importa y por qué razones?

Una primera respuesta: sobran interesados en sacar algún partido, o cuando menos no quedar al margen de la imparable transición.

Previsiblemente, y en primer lugar, Estados Unidos. Más allá de la retórica de Obama sobre la democracia y los derechos humanos en la isla, es evidente que Washington quiere protagonizar el proceso o, por lo menos, ejercer un control tan exclusivo como sea posible de la transición.

Las razones: proximidad (90 millas entre La Habana y Key West), intereses económicos e imperativos geoestratégicos. Históricamente, Estados Unidos nunca quiso alborotos (salvo los propios) en el "patio trasero" del Caribe. Esto, desde luego, se aplica principalmente a otros aspirantes a entrometerse.

Hay otros interesados: ante todo, la Rusia imperial de Vladimir Putin, que, como parte de su nueva grandeur , mira hacia Cuba como base de bombarderos estratégicos, como puerto para sus naves y, eventualmente, asiento de tropas o (¿por qué no?) de emplazamientos misilísticos. Dentro de la lógica de Moscú, esto no es diferente de lo que hace Washington cuando anuncia instalaciones antimisiles en Polonia y en la República Checa.

La lista sigue con la Venezuela bolivariana de Chávez, que por un lado ayuda a La Habana con combustibles, y, por otro, sueña con acrecentar su influencia en la isla durante la transición. Esto involucra a toda la América bolivariana: la propia Cuba, Ecuador y, un poco más lejos, el Paraguay del prolífico Lugo y la dubitativa Argentina kirchnerista.

Pero, en el caso de Venezuela, lo trascendente es su aproximación al conflictuado Irán del ayatollah Alí Khamenei y el presidente Ahmadinejad. Ya hubo avances de ambos lados para crear un centro del Irán chiita en el país de Chávez. Imaginar a Teherán interesado en la transición cubana no es un pensamiento temerario.

Otro conjunto de actores nada despreciables tiene relación con Washington. Es el complejo mundo del exilio cubano. El cruce interno de posiciones políticas e intereses económicos excede los límites de este análisis. Pero nadie ignora la presencia (y presión) del lobby cubano en los Estados Unidos. Los antagonismos van a saltar al primer plano en cuanto se lance la carrera de la transición.

La Cuba de los tiempos finales de Fidel Castro en el poder había pasado, por lo menos en la agenda de los Estados Unidos (y posiblemente también en la del mundo), a un remoto puesto dentro del ya remoto lugar que ocupaba y en parte sigue ocupando América latina en general. Pero eso cambió rápidamente: hoy tenemos un "caso cubano" y la isla es muy visible? en muchas agendas.

El autor es profesor de Análisis Internacional en la Universidad Austral.

El costo de hacer bien las cosas

0 comentarios

Eduardo Dockendorff
La Tercera
23/06/09

El gobierno anunció iniciativas destinadas a perfeccionar los mecanismos que aseguren un trato responsable con los derechos y culturas ancestrales, por parte de los inversionistas, en territorios con predominio de comunidades indígenas. Sectores empresariales han expresado su preocupación por la idea, pues su aplicación podría afectar la inversión privada en los territorios involucrados.

La iniciativa gubernamental obra, precisamente, en el sentido contrario a la inquietud empresarial y a la planteada en un editorial de este medio. En efecto, la proposición del Ejecutivo busca ponerle un marco institucional a lo que, desde hace tiempo, está ocurriendo de hecho, pero con muy altos costos -a veces exorbitantes-, tanto para las empresas como para el Estado que intervienen en aquellos territorios.

La resolución de las controversias que crecientemente han seguido a la inversión privada o pública en territorios sensibles, no sólo indígenas, queda supeditada a la suerte de negociaciones muy asimétricas entre privados, o entre el Estado y la comunidad afectada. Los resultados han dejado una lección inequívoca: hacer mal las cosas, con soberbia, insensibilidad social y desconsideración cultural, se paga muy caro, política como económicamente, aun cuando se hayan seguido estrictamente las normas vigentes.

Tanto a los agentes privados como al Estado les ha costado entender el cambio político que representa la irrupción de una ciudadanía cada vez más alerta, mejor movilizada y, a veces, sorprendentemente bien organizada para exigir sus derechos o plantear sus demandas. Por ejemplo, la desatención de Endesa con las comunidades pehuenches en el Alto Bío Bío elevó los costos de la construcción de la represa Ralco a niveles que la empresa no imaginó. También, el bypass de la Ruta 5 Sur que se construyó sobre tierras de comunidades mapuches, le costó al Estado un enorme sobreprecio respecto del monto previsto originalmente.

El asunto de fondo, sin embargo, reside en nuestra capacidad de entender las señales que provienen de las expresiones reales de nuestra democracia moderna, con las que nuestro sistema político tiene que aprender a vivir. Creer que la aprobación de un permiso ambiental otorgado a un inversionista o el permiso municipal para una inversión inmobiliaria en una comuna, supone obediencia civil sin más, es desconocer el signo de los nuevos tiempos.

El día que los partidos políticos recuperen el papel mediador entre la ciudadanía y el Estado, o cuando éste, reformas mediantes, integre institucionalmente a la ciudadanía en un nuevo modelo de representación y participación, podremos pensar otra cosa. Mientras contemos con el actual modelo y las mismas instituciones políticas y de representación que han estado vigentes en nuestra democracia, no hay más que sentarse a dialogar, proponer, sugerir, revisar y negociar, por cierto con la ciudadanía, partiendo por nuestros pueblos originarios.

Cuando las cosas se hacen bien, desde la decisión política de invertir hasta el manejo de los impactos cuando el proyecto se encuentra en régimen, el costo político para la democracia y el económico para el inversionista será mucho menor.

El nuevo código de conducta responsable, además de constituir una oportunidad para regular y sincerar la adhesión con la responsabilidad social del empresariado, honra un compromiso internacional de Chile. Pero sobre todo constituye una oportunidad para que las áreas de desarrollo indígena puedan acercarse a los logros políticos, económicos y sociales de los que se han beneficiado los demás chilenos.

¿Cuánta desigualdad puede aguantar una democracia?

0 comentarios

Juan Carlos Moraga Fadel
Centro Avance
23/06/09

"Las desigualdades en Chile no son sólo un "tema", son realidades cotidianas que carcomen la convivencia social y que pesan como ofensa rutinaria en millones de compatriotas. Y digámoslo con todas sus letras: en los casi 20 años de gobiernos de centro-izquierda, nunca ha habido ni un atisbo de enfrentarlo en su integridad, profundidad y extensión. Es más, hay instituciones del propio Estado que operan con pautas de conducta que provienen de una cultura de la desigualdad." Antonio Cortés Terzi
Chile es un país desigual, eso lo tenemos claro todos, y la "lucha" por reducir esta brecha se ha convertido en parte esencial del discurso de cualquier candidato o candidateable.

Por esto no deja de ser una pregunta importante la capacidad real que pueda tener el Gobierno (este y el que vendrá y los que vendrán), y el "nuevo paradigma" anunciado por la presidenta el pasado 21 de Mayo, para enfrentar el problema histórico de la desigualdad en nuestro país como parte central de los esfuerzos por consolidar un Estado social y democrático, suponiendo, claro, que gane la Concertación.

Problema histórico que no sólo urge ser solucionado por las consecuencias sociales evidentes que puede detonar o si se pretende siquiera enunciar un proyecto político que apunte a la equidad, sino además porque "el tema de la desigualdad" se ha vuelto tan presente en la opinión publica (ya sea por el actuar de los medios, ya sea por el actuar de algunos actores sociales como los deudores habitacionales, los estudiantes y los trabajadores, ya sea por el pronunciamiento de la iglesia católica, ya sea por su evidente profundidad) que su persistencia es capaz de eclipsar, como está ocurriendo, muchos de los logros concretos alcanzados por la Concertación.

La desigualdad atraviesa muchos ámbitos (educación, salud, acceso a la cultura, acceso a los espacios de decisión y poder, etc.) y se encuentra enlazada a las diversas transformaciones socio-estructurales que ha vivido nuestro país en los últimos treinta años (imperio absoluto de las lógicas de una economía de mercado, mercantilización en todas o casi todas las actividades de efectos sociales, predominio de escalas modernas de consumo, heterogenización de los grupos sociales, debilitamiento de las instancias tradicionales de conducción colectiva, etc.), pero sin duda todas surgidas y ordenadas en torno a la órbita de una especie de "desigualdad originaria": la desigual distribución de la riqueza.

Esta "desigualdad originaria", no sólo por su magnitud sino también por su perpetuación y la aparente tolerancia desde los espacios de decisión política y el circuito extrainstitucional del poder (que en el caso de muchos es además de tolerancia, concordancia), hace, como se señala mas arriba, invisibles y en cierto grados inoperantes, los logros de las políticas de reducción de la pobreza, la reforma previsional, el programa Chile Crece Contigo, los proyectos en atención primaria de salud, el Plan AUGE, las políticas habitacionales y los avances en derechos laborales.

Para un país con una baja tasa de empleo como el nuestro (un 58% para el grupo entre 15 y 64 años, es decir ocho puntos porcentuales más baja que la observada en el promedio de los países de la OCDE), y con la actual tendencia a la destrucción del empleo que han tomado los privados como medida de protección de los capitales frente a la amenaza de la recesión económica mundial prolongada, esta "desigualdad originaria" se encuentra especialmente expuesta en tanto se concatenan los bajos niveles salariales (vale al pena recordar que el ingreso autónomo promedio del quintil de mayores ingresos es 13,1 veces mayor que aquel del quintil de menores ingresos como revelaron las polémicas conclusiones de la encuesta CASEN 2006) con las crecientes tasas de desempleo, las restrictivas instancias de participación sindical y negociación colectiva, la precarizaciòn del mercado de trabajo y el acceso a la educación universitaria.

Además hay que agregar a esto el creciente espacio para las demandas sociales y populares por los mismos espacios democráticos y ciudadanos que ha generado la Concertación.

Problema histórico, e inabarcable sin una profunda voluntad y acción política, ya que su origen se encuentra enraizado en la lógica de producción y distribución de la riqueza expresada tanto en la dinámica de un mercado de trabajo flexible y tercerizado como en la arquitectura de un modelo de desarrollo que favorece la "voluntad empresaria" que busca maximizar la competitividad, la productividad y la generación de ganancia manteniendo niveles salariales y tributarios bajos.

Cualquier "nuevo paradigma" que intente posicionarse, si ha de apelar a la equidad, deberá reestructurar este modelo de desarrollo. Está demostrado que la economía de mercado es incapaz de solucionar la desigualdad, sino que la profundiza en tanto se sustenta en ella.

Además, si la actual crisis nos ha dejado una enseñanza es precisamente que la economía no puede subsumir, o pretenderse subsumida, a la política, ya que los procesos económicos generadores de desigualdad operan dentro de rigurosos límites fijados por las instituciones políticas y las políticas públicas.

O bien se corre el peligro de que las tendencias presentes de la desigualdad se perpetúen (como señala Charles Tally, en su obra "La desigualdad persistente"), con creciente preponderancia de las diferencias en el acceso al capital en un mundo dividido por éste; las instituciones educativas ejercen cada vez más influencia en la distribución de las personas en categorías y, por lo tanto, en la recepción de retribuciones diferenciales.

Es decir, a menos que se enfrente políticamente la desigualdad, en un plano que trasciende y subsume lo económico a un proyecto de desarrollo, la brecha de la desigualdad tenderá a profundizarse más y más, lo que sólo significaría el aumento de la explotación, las brechas sociales y el acaparamiento de las oportunidades.

La desigualdad se enfrenta con políticas que les dé efectivamente más y mejor a los que tienen menos y no desde la falacia teórica y política de la "igualdad de oportunidades", subsumida de inmediato en una lógica de competencia tan típica del neoliberalismo: igualar las oportunidades en sujetos social y económicamente desiguales no es más que reproducir estas desigualdades, salvo que ahora cubiertas por un manto hipócrita.

En este contexto, claro, tampoco deja de ser una pregunta importante, y además especialmente preocupante si es que los avances y logros alcanzados por la Concertación, que repito, no han sido pocos, sino eclipsados en parte por esta "desigualdad originaria" y las crecientes demandas sociales que se han evidenciado, que apuntan a lograr consolidar un Estado social y democrático pueden o no sobrevivir en un gobierno de derecha como el que sobrevendría tras el triunfo de Piñera.

Sin duda será un verdadero desafío para los teóricos de la derecha nacional el trabajo de volver a legitimar la desigualdad o por lo menos lograr convencer acerca de la existencia de niveles de desigualdad "correctos", "productivos" o "tolerables", en tanto fomentan la competencia.