Iván Witker
El Mostrador
25 - 06 -09
Existe vasta coincidencia en que uno de los temas centrales de la seguridad internacional tiene que ver con los llamados Estados fallidos (en el último tiempo también mares fallidos), y la consecuente decisión de impulsar las denominadas operaciones de paz. Amplia coincidencia existe también en identificar al espacio afro-asiático como aquel donde las demandas de tales operaciones parecen ser infinitas, pero donde igualmente los esfuerzos desplegados no rinden resultados satisfactorios. El registro de fracasos, de omisiones y de logros aislados es, tanto en Asia como en África, elevadísimo. Rwanda, Congo, Somalia, Darfur, Afganistán, y unos cuantos más, son ejemplos más que elocuentes.
Por lo tanto, parece muy razonable que la ONU haya comenzado a denominarlas ahora misiones de estabilización post-conflicto. Eso pone en el centro del debate algunas inquietudes respecto a la conveniencia, legitimidad, carácter y viabilidad de estos despliegues.
La existencia de Estados fallidos (y mares fallidos) afecta dos facetas de las democracias modernas. Por un lado, éstas se ven obligadas a efectuar una inversión de nuevo tipo, cual es mantener bajo cierto control zonas convertidas en focos, tanto de inestabilidad para el comercio internacional, como de posible amenaza a la tranquilidad de sus ciudadanos. Por otro lado, las imágenes de lo que ocurre en estos estados fallidos resultan lacerantes para las percepciones morales de quienes gozan de existencias prósperas. Tales realidades han impulsado nuevos compromisos estratégicos de tipo multilateral, vinculados a estas misiones.
Un efecto de dichos compromisos es la tendencia de la política exterior de las democracias modernas a hacerla converger con su respectiva política de defensa. Producto de ello es que las FF.AA. de un país democrático están viendo ampliar el espectro y densidad de sus preocupaciones. Junto a las tradicionales de la defensa nacional (asociadas a las hipótesis de guerra que cada país tiene), y a las no convencionales (por lo general relacionadas con catástrofes naturales, y con otras, como el involucramiento en políticas antiterroristas, una función considerada sólo por algunos países), más aquellas de tipo colateral imbricadas con el desarrollo nacional, se va haciendo perceptible una cuarta función, vinculada a los citados compromisos estratégicos, y que se traduce en contribuciones concretas a las misiones de estabilización post-conflicto.
La gran interrogante de cada país es en qué misión participar. Las dudas aumentan cuando se trata de opciones en el espacio afro-asiático. Y es que no sólo la peligrosidad de la misión, ni la lejanía geográfica, ni aún los cuestionamientos societales respecto a la misma, son los puzzles a resolver cuando se habla de África y Asia. El caso de Afganistán revela un lado oscuro de estas misiones, que plantea consideraciones cuasi antropológicas.
En efecto, pocos dudan que Afganistán no sea merecedor de una misión de estabilización (especialmente si lo vemos con prisma occidental), e igualmente pocos dudan que el esfuerzo multilateral de la ONU, la OTAN, la Unión Europea, y el apoyo individual de varios países de la región, no sean genuinos. Es un esfuerzo civil y militar mayúsculo, pero eclipsado. Su éxito se ha difuminado a la par que han aumentado las demandas para que otros países, ya no sólo europeos y asiáticos, se involucren.
La experiencia afgana indica que la construcción de confianzas ha resultado lo más complejo. Ello lo ilustra la obvia prioridad de ayudar al gobierno de Kabul a formar su propia policía y otras entidades humanitarias, tipo Cruz Roja, que asistan a la población civil en emergencias. Dicha ayuda consiste básicamente en equipamiento y traspaso de conocimientos técnicos tanto para cumplir su función primordial como darle mantenimiento a sus equipos e instalaciones según parámetros que parezcan razonables a la ONU. El adiestramiento y capacitación ha sido efectuado con relativo éxito, pero los reportes oficiales indican insatisfacción afgana por la profunda desconfianza hacia las tropas y funcionarios extranjeros. Ocurre que en Afganistán, el agradecimiento individual y grupal suele expresarse, no a la usanza occidental con un apretón de manos, sino con repetidos y ceñidos roces de mejillas, de manera simultánea a ligeras caricias con las manos. Esto, obviamente, entre hombres, debido al carácter de la sociedad afgana, que excluye a las mujeres de todo tipo de tareas, salvo las domésticas. Huelga subrayar que dicha costumbre afgana es evitada por el personal civil y militar de la misión. Estas tareas de adiestramiento y capacitación sólo pueden ser ejecutadas por hombres, única forma de que sean aceptadas por la contraparte. Luego, una de las premisas en que se basa el involucramiento de países europeos es la apertura de escuelas a las niñas afganas, algo considerado por la sociedad afgana como una verdadera afrenta extranjera. Y lo más problemático se ha planteado cuando se ha procurado rescatar a mujeres en situación de verdadera esclavitud.
Claramente se trata de una experiencia con características en apariencia extremas; pero no lo son en absoluto. La mayoría de los Estados fallidos, merecedores de una misión de estabilización, son muy singulares y complejos, y, por lo mismo, requieren de una asistencia diametralmente distinta -con fuerte componente militar sin dudas- pero con despliegues civiles robustos y con planes de muy largo plazo. Son pacientes que requieren terapias integrales e intensivas. De lo contrario, estas misiones no pasarán de ser laboratorios para entrenamiento militar, canales para limosnas internacionales y espacios de realización para los que sufren con desgracias ajenas.
No debemos perder de vista que en el mundo impera la visión occidental de los DD.HH., y no la rwandesa, ni afgana, ni argelina, ni nigeriana. Como acertadamente escribió hace algún tiempo el internacionalista C. Escudé: "Si todas las culturas son equivalentes, entonces todos los individuos no estamos dotados de los mismos DD.HH., porque hay culturas que adjudican más derechos a los hombres que a las mujeres. Si por el contrario, todos los individuos poseemos los mismos DD.HH., entonces todas las culturas no son equivalentes, porque hay culturas que no reconocen la universalidad de esos DD.HH."
Imponer la estabilización internacional, ¿misión de las democracias?
Etiquetas: Democracia, Derechos Humanos, ONU, Opinión, Organismos Internacionales 0 comentariosPublicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 2:43 a. m.
El verdugo del Estado de Derecho
Etiquetas: América Latina, Democracia, Opinión 0 comentariosHalinisky Sánchez
El Tiempo de Bogotá
25/06/09
Muchos gobernantes y autoridades hablan de la democracia y se autodenominan demócratas, pero con sus conductas desdicen de este sistema de gobierno y no descansan hasta socavarlo.
La democracia es un conjunto de principios que se consideran irrefutables y superiores a cualquiera otra forma de gobierno y donde además estos principios legitiman unos valores y obligan a las autoridades de la "Polis" a sujetarse a unas reglas de juego que garanticen la dignidad y los derechos fundamentales de quienes son gobernados.
En otras palabras, la democracia es un ideal que se concreta en el Estado de Derecho, que nuestra constitución política por la evolución histórica y filosófica del mundo occidental postsegunda guerra enuncia como "social" de derecho, que no es otra cosa que el sistema de gobierno legitimado electoralmente por los súbditos, para que las autoridades garanticen unas normas y ellas mismas en sus actuaciones no puedan separarse de esas normas.
Así las cosas, el Estado Social de Derecho que recrea nuestra Constitución no es un concepto subjetivo, sino una realidad objetiva y espiritual en la que supone primeramente las autoridades y el pueblo llano considera su garantía de existir y vivir en dignidad ejerciendo efectivamente sus derechos fundamentales: Vida, Honra, Libertad, Igualdad, Dignidad (que encierra el derecho a la salud, a la educación, al techo, a la propiedad, a la cultura, etc.).
El gran dilema o telóntalón de Aquiles de este Estado de Derecho radica en que es administrado por unos encargados que se denominan "gobierno", que no siempre están comprometidos con su supremacía y razón de ser, y lo que se conoce como Estado de Derecho fácilmente y paradójicamente con la favorabilidad y el apoyo del pueblo puede convertirse en una tiranía.
Pero antes de ser una tiranía o una dictadura, el Estado de Derecho puede, en virtud de su gobierno, dar paso a un Estado de opinión, como lo expresó el Presidente colombiano en una reunión diplomática con miembros de la realeza española: "Colombia está en la fase superior del Estado de Derecho, que es el Estado de opinión. Aquí las leyes no las determina el presidente de turno. Difícilmente las mayorías del Congreso. Todas son sometidas a un riguroso escrutinio popular, y finalmente a un riguroso escrutinio constitucional".
Pero se equivoca el presidente; el Estado de opinión no es ninguna fase superior del Estado de Derecho; todo lo contrario, es el síntoma más claro de su debilitamiento y posterior aniquilación, pues así como habíamos afirmado que el Estado de Derecho es un conjunto de principios y de valores objetivos que concretan y garantizan la participación y el ejercicio de los derechos esenciales, el Estado de opinión es un estado de emotividad de las mayorías que ciegamente confían en los postulados y decisiones del gobierno de turno, sin importar que estas decisiones pongan fin a los valores democráticos y la garantía de un Estado de Derecho.
La filosofía del Estado de opinión es aquella vieja de que la voz del pueblo es la voz de Dios; ojalá, pero no; la voz del pueblo no siempre es la voz de Dios, la voz del pueblo en el siglo 21 es la voz de los medios de comunicación y de los grupos de presión que puedan influenciar las decisiones de gobierno.
El Estado de opinión es Chávez cuando cierra los canales y estatiza empresas, o persigue opositores. El Estado de opinión es Colombia, donde un gobierno que rescató al país de la violencia generalizada mandara al traste a la democracia con el ánimo de perpetuarse en el poder. El Estado de opinión es aquel en el que millones votan en las urnas, más monopolizados por los medios u obnubilados por familias en acción, así después bajen al infierno con una sonrisa en los labios.
El Estado de opinión es la voz de la mayoría, que, para tragedia de los demócratas sinceros, no coincide siempre con el sentido supremo de la democracia.Publicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 2:22 a. m.
La tentación democrática
Etiquetas: Democracia, Medio Oriente, Opinión 0 comentariosAndrés Hoyos
El Espectador - Colombia
23 - 06 - 09
No soy profeta y por lo tanto ignoro si el actual movimiento ciudadano iraní logrará conducir al país por caminos de cambio perdurable o si el régimen prevalecerá. Espero que por lo menos se evite el peor de los desenlaces: una sangrienta guerra civil. Lo que sí sé es que todo provino de unas elecciones muy esperadas cuyo resultado fue cuestionado, es decir, de la tentación democrática. El régimen iraní obviamente se equivocó al interpretar el alcance de los cambios sociodemográficos del país y no previó los efectos de la educación que adquirieron los jóvenes, fenómenos ambos que predisponen a la insumisión. El reino de Dios, por lo visto, es susceptible de ser minado por el conocimiento y la técnica.
Una parte muy importante del funcionamiento de cualquier régimen político es su flexibilidad ante los inevitables contratiempos que enfrenta. La democracia contemporánea, pese a todos sus defectos, está diseñada con esta flexibilidad en mente y es de lejos el sistema que mejor resuelve los contratiempos, pues los mecanismos de cambio le son tan estructurales como los de permanencia. En contraste, el Estado teocrático de Irán es una sofisticada armazón de consejos y de círculos colegiados, y hasta contiene algunos contrapesos internos y un simulacro de democracia, pero no está diseñado para resistir una fuerte oposición ciudadana. Es como una olla a presión con la válvula de escape tapada. Le pasa lo que al resto de los regímenes autoritarios de variado cuño, que parecen modelos de estabilidad durante años para, de repente, verse sacudidos por perturbaciones que llegan a poner en peligro su supervivencia, así a veces les resulte posible volver a meter el genio del disenso en la botella. La estructura de una autoridad incuestionable, en esos casos, es la columna principal que sostiene el edificio político, y si ella se tambalea o se quiebra, todo puede derrumbarse. Las democracias, por el contrario, suelen ser sismorresistentes.
Hay que sumar a lo anterior un elemento reciente de gran importancia: la revolución en las comunicaciones. Con ella se materializa la vieja metáfora de los vasos comunicantes, encarnados en las comunidades de internet, los mensajes de texto y las cámaras de video y de foto fija que traen los celulares.
En Irán la élite está dividida, y el fin de semana pasado los manifestantes no acataron la sombría amenaza del ayatolá Khamenei, actual líder supremo, desafío que puede resultar definitivo. Aplica a la actual encrucijada iraní el perspicaz comentario de Lenin, según el cual la situación revolucionaria llega no cuando los de abajo no quieren seguir viviendo como antes, sino cuando los de arriba no pueden seguir haciéndolo. Lo otro que queda muy claro es que la democracia no se exporta a la fuerza, nace o deja de nacer de las entrañas de un país.
No debemos, ni por un momento, subestimar las repercusiones que promete tener el presente estallido, pues el potencial de contagio del fenómeno es muy grande. Un día de estos, por ejemplo, podrían empezar a llegar noticias perturbadoras de China, noticias que serían mucho más importantes que las de Irán. Pero esa es otra historia.
Publicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 2:19 a. m.
Honduras Defends Its Democracy
Etiquetas: América Latina, Democracia, Opinión 0 comentariosMARY ANASTASIA O'GRADY
The Wall Street Journal
30 - 06 - 09
Hugo Chávez's coalition-building efforts suffered a setback yesterday when the Honduran military sent its president packing for abusing the nation's constitution.
It seems that President Mel Zelaya miscalculated when he tried to emulate the success of his good friend Hugo in reshaping the Honduran Constitution to his liking.
But Honduras is not out of the Venezuelan woods yet. Yesterday the Central American country was being pressured to restore the authoritarian Mr. Zelaya by the likes of Fidel Castro, Daniel Ortega, Hillary Clinton and, of course, Hugo himself. The Organization of American States, having ignored Mr. Zelaya's abuses, also wants him back in power. It will be a miracle if Honduran patriots can hold their ground.
That Mr. Zelaya acted as if he were above the law, there is no doubt. While Honduran law allows for a constitutional rewrite, the power to open that door does not lie with the president. A constituent assembly can only be called through a national referendum approved by its Congress.
But Mr. Zelaya declared the vote on his own and had Mr. Chávez ship him the necessary ballots from Venezuela. The Supreme Court ruled his referendum unconstitutional, and it instructed the military not to carry out the logistics of the vote as it normally would do.
The top military commander, Gen. Romeo Vásquez Velásquez, told the president that he would have to comply. Mr. Zelaya promptly fired him. The Supreme Court ordered him reinstated. Mr. Zelaya refused.
Calculating that some critical mass of Hondurans would take his side, the president decided he would run the referendum himself. So on Thursday he led a mob that broke into the military installation where the ballots from Venezuela were being stored and then had his supporters distribute them in defiance of the Supreme Court's order.
The attorney general had already made clear that the referendum was illegal, and he further announced that he would prosecute anyone involved in carrying it out. Yesterday, Mr. Zelaya was arrested by the military and is now in exile in Costa Rica.
It remains to be seen what Mr. Zelaya's next move will be. It's not surprising that chavistas throughout the region are claiming that he was victim of a military coup. They want to hide the fact that the military was acting on a court order to defend the rule of law and the constitution, and that the Congress asserted itself for that purpose, too.
Mrs. Clinton has piled on as well. Yesterday she accused Honduras of violating "the precepts of the Interamerican Democratic Charter" and said it "should be condemned by all." Fidel Castro did just that. Mr. Chávez pledged to overthrow the new government.
Honduras is fighting back by strictly following the constitution. The Honduran Congress met in emergency session yesterday and designated its president as the interim executive as stipulated in Honduran law. It also said that presidential elections set for November will go forward. The Supreme Court later said that the military acted on its orders. It also said that when Mr. Zelaya realized that he was going to be prosecuted for his illegal behavior, he agreed to an offer to resign in exchange for safe passage out of the country. Mr. Zelaya denies it.
Many Hondurans are going to be celebrating Mr. Zelaya's foreign excursion. Street protests against his heavy-handed tactics had already begun last week. On Friday a large number of military reservists took their turn. "We won't go backwards," one sign said. "We want to live in peace, freedom and development."
Besides opposition from the Congress, the Supreme Court, the electoral tribunal and the attorney general, the president had also become persona non grata with the Catholic Church and numerous evangelical church leaders. On Thursday evening his own party in Congress sponsored a resolution to investigate whether he is mentally unfit to remain in office.
For Hondurans who still remember military dictatorship, Mr. Zelaya also has another strike against him: He keeps rotten company. Earlier this month he hosted an OAS general assembly and led the effort, along side OAS Secretary General José Miguel Insulza, to bring Cuba back into the supposedly democratic organization.
The OAS response is no surprise. Former Argentine Ambassador to the U.N. Emilio Cárdenas told me on Saturday that he was concerned that "the OAS under Insulza has not taken seriously the so-called 'democratic charter.' It seems to believe that only military 'coups' can challenge democracy. The truth is that democracy can be challenged from within, as the experiences of Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, and now Honduras, prove." A less-kind interpretation of Mr. Insulza's judgment is that he doesn't mind the Chávez-style coup.
The struggle against chavismo has never been about left-right politics. It is about defending the independence of institutions that keep presidents from becoming dictators. This crisis clearly delineates the problem. In failing to come to the aid of checks and balances, Mrs. Clinton and Mr. Insulza expose their true colors.
Write to O'Grady@wsj.com
Publicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 2:13 a. m.
Las últimas dinastías
Etiquetas: Democracia, Opinión 0 comentariosGabriel Guerra
El Universal - México
01/06/09
No sé lo que Marx, Engels o Lenin habrían pensado, pero los dos regímenes comunistas que sobreviven en el globo terráqueo son también de los muy pocos en que el poder real se continúa transmitiendo de manera hereditaria, ya sea de padre a hijo o de hermano a hermano, sin rubor por la contradicción entre la igualdad de todos los hombres y la aparente superioridad de algunas líneas sanguíneas. Cuba y Corea del Norte comparten eso y poco más.
La isla caribeña ha logrado bajo el mando de la familia Castro convertirse en su hemisferio en leyenda blanca o negra para muchos que la ven como el ejemplo de cómo un país puede transformarse en apenas unas generaciones. Con todas sus muchas carencias, Cuba sigue siendo una ilusión para millones de latinoamericanos y caribeños que viven en la más abyecta miseria, y si bien son muchos los cubanos que sueñan con Miami, son más los guatemaltecos, hondureños, ecuatorianos u oaxaqueños, que ya quisieran para sí las carencias relativas del nivel de vida de la isla.
Los logros y los defectos del sistema cubano dependen de las comparaciones que se hagan. Quien vea a Cuba a través del cristal de EU no tendrá que ir muy lejos para convencerse de las miserias, las injusticias y las ineficiencias del régimen castrista, mientras que quien la compare con los sectores marginados de América Latina podrá sentirse satisfecho al ver que la universalización de la riqueza (o de la pobreza) sigue arrojando resultados que no son escandalosamente inaceptables.
Hoy Cuba no representa más las ilusiones de las vanguardias latinoamericanas, pero conserva un elemento de misticismo que le permite jugar un papel en la región que va mucho más allá de su verdadera dimensión: para bien y para mal, lo que hace y dice el régimen cubano tiene un peso desproporcionado y genera reacciones igualmente desproporcionadas, lo mismo en Washington que en Caracas que en la ciudad de México. Las señales que salen de La Habana no son ya ni tan uniformes ni tan ideológicamente puras, y las reacciones que suscitan en la Casa Blanca son también menos antagónicas. Los icebergs en el Caribe comienzan a derretirse.
Del otro lado del mundo las cosas son bien distintas: la rigidez y la asepsia políticas han sido características durante décadas y donde la sucesión en el poder se dio de manera por demás organizada y programada, de padre a hijo, sin que mediara emergencia ni enfermedad. A diferencia de Raúl Castro, que ha resultado ser el más pragmático de los hermanos y el que introduce cada que puede alguna idea reformista, el heredero norcoreano, Kim Jong Il, es más rígido e inflexible que su padre Kim Il Sung, el que sí fue leyenda revolucionaria, tanto que 15 años después de su muerte sigue siendo el presidente de su país.
La herencia en Corea del Norte fue preparada a lo largo de 15 años en que Kim Jong Il fue subiendo gradualmente los peldaños del aparato político-burocrático hasta que asumió plenamente los poderes en 1993, un año antes de la muerte de su padre. Al igual que su padre, el joven Kim ha sido objeto de un culto a la personalidad difícil de imaginar en la cultura occidental y que contribuye a la leyenda que se ha tejido a su alrededor, en una mezcla que es seguramente 10 partes de invento, 10 más de ilusión y 10 de engaño.
Así como el padre fue el arquitecto del concepto del “Juche”, o autosuficiencia, y de la industrialización de su país, el joven Kim ha sido un líder enigmático y contradictorio a los ojos del exterior. Lo mismo ha encabezado iniciativas de acercamiento con Corea del Sur y Japón que promovido un agresivo plan de construcción de armas nucleares, que son hoy las que tienen a sus vecinos y a buena parte del mundo con los pelos de punta. Y es que si la proliferación nuclear en general es indeseable, la de un Estado tan cerrado y críptico como Corea del Norte resulta aún más preocupante.
Contribuye a esa inquietud no sólo el discurso radical adoptado en meses recientes sino también los rumores acerca del estado de salud de Kim Jong Il y del supuesto proceso sucesorio que se dice estaría en marcha. Según diversas fuentes occidentales, que no necesariamente pueden ser confiables pues no cuentan con información verificable, Kim Jong Il habría sufrido una embolia el año pasado y estaría en una lucha por recuperar su salud y reafirmar su control sobre el aparato estatal y militar. Para ello, según estas versiones, habría tomado dos vías paralelas y simultáneas: un endurecimiento del discurso y los actos hacia el exterior, incluyendo el rompimiento del diálogo con sus cinco naciones interlocutoras para el desarme nuclear (China, Corea del Sur, EU, Japón y Rusia) y la reanudación de sus ensayos atómicos y por otra parte una alianza política interna con su cuñado Jang Song-Thaek para nombrarlo “regente” a cambio de su apoyo para asegurar la eventual coronación de alguno de los hijos de Kim Jong Il.
Complicado y barroco, ciertamente. Preocupante también, en tanto se trata de una nueva o inminente potencia nuclear. Sólo hay un consuelo, y es que todo queda en familia…
gguerra@gcya.net
gguerrac@twitter.com
Publicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 5:19 p. m.
La democracia delegativa
Etiquetas: América Latina, Argentina, Democracia, Opinión 0 comentariosGuillermo O´Donnell
La Nación - Bs. Aires
28/05/2009
Hace unos 15 años, al tratar de entender los gobiernos de Menem; de Collor, en Brasil, y la primera presidencia de Alan García, en Perú, argumenté que estaba surgiendo un nuevo tipo de democracia, a la que llamé delegativa para diferenciarla de la que está ampliamente estudiada: la democracia representativa. Se trata de una concepción y una práctica del poder político que es democrática porque surge de elecciones razonablemente libres y competitivas; también lo es porque mantiene, aunque a veces a regañadientes, ciertas importantes libertades, como las de expresión, asociación, reunión y acceso a medios de información no censurados por el Estado o monopolizados. Este tipo de democracia, como la que vive hoy la Argentina, tiene sus riesgos: los líderes delegativos suelen pasar, rápidamente, de una alta popularidad a una generalizada impopularidad.
Los líderes delegativos suelen surgir de una profunda crisis, pero no toda crisis produce democracias delegativas; para ello también hacen falta líderes portadores de esa concepción y sectores de opinión pública que la compartan. La esencia de esa concepción es que quienes son elegidos creen tener el derecho ?y la obligación? de decidir como mejor les parezca qué es bueno para el país, sujetos sólo al juicio de los votantes en las siguientes elecciones. Creen que éstos les delegan plenamente esa autoridad durante ese lapso. Dado esto, todo tipo de control institucional es considerado una injustificada traba; por eso los líderes delegativos intentan subordinar, suprimir o cooptar esas instituciones.
Estos líderes a veces fracasan de entrada (Collor en Brasil), pero otras logran superar la crisis, o al menos sus aspectos más notorios. En la medida que superan la crisis logran amplios apoyos. Son sus momentos de gloria: no sólo pueden y deben decidir como les parece; ahora ese apoyo les demuestra, y debería demostrar a todos, que ellos son quienes realmente saben qué hacer con el país. Respaldados en sus éxitos, los líderes delegativos avanzan entonces en su propósito de suprimir, doblegar o neutralizar las instituciones que pueden controlarlos.
Aquí se bifurcan las historias de estos presidentes. Algunos de ellos, como Kirchner (y Menem en su momento), tuvieron la gran ventaja de lograr mayoría en el Congreso. Sus seguidores en este ámbito repiten escrupulosamente el discurso delegativo: ya que el presidente ha sido electo libremente, ellos tienen el deber de acompañar a libro cerrado los proyectos que les envía "el Gobierno". Olvidan que, según la Constitución, el Congreso no es menos gobierno que el Ejecutivo; producen entonces la mayor abdicación posible de una legislatura, conferir (y renovar repetidamente) facultades extraordinarias al Ejecutivo.
En cuanto al Poder Judicial (en el caso nuestro, a contrapelo de buenas decisiones iniciales en la designación de miembros de la Suprema Corte y reducción de su número), se van apretando controles sobre temas tales como el presupuesto de esa institución y, crucialmente, las designaciones y promociones de jueces. Asimismo, con relación a las instituciones estatales de accountability (rendición de cuentas), auditorías, fiscalías, defensores del pueblo y semejantes, se apunta a capturarlas con leales seguidores del presidente, al tiempo que se cercenan sus atribuciones y presupuestos. Todo esto ocurre con entera lógica: para esta concepción supermayoritaria e hiperpresidencialista del poder político, no es aceptable que existan interferencias a la libre voluntad del líder.
Por momentos, el líder delegativo parece todopoderoso. Pero choca con poderes económicos y sociales con los que, ya que ha renunciado en todos los planos a tratamientos institucionalizados, se maneja con relaciones informales. Ellas producen una aguda falta de transparencia, recurrente discrecionalidad y abundantes sospechas de corrupción.
En verdad, ese líder no puede tener verdaderos aliados. Por un lado, tiene que lidiar con los nunca confiables señores territoriales. Ellos deben proveer votos, así como un control de sus territorios que, sin importarle demasiado al líder cómo, no genere crisis nacionales. Por supuesto, los gobernadores (no pocos de ellos también delegativos, si no abiertamente autoritarios) pasan por esto facturas cuyo monto depende del cambiante poder del presidente; así se pone en recurrente y nunca finalmente resuelta cuestión la distribución de recursos entre la Nación y las provincias.
En cuanto a los colaboradores directos de estos líderes, ellos tampoco son verdaderos aliados. Deben ser obedientes seguidores que no pueden adquirir peso político propio, anatema para el poder supremo del líder. Tampoco tiene en realidad ministros, ya que ello implicaría un grado de autonomía e interrelación entre ellos que es, por la misma razón, inaceptable.
Asimismo, el líder suele necesitar el apoyo electoral de otros partidos políticos, algunos de los cuales se tientan con la posibilidad de beneficiarse de la popularidad de aquél. Pero estos partidos tampoco pueden ser verdaderos aliados; su a veces ostensible oportunismo los hace poco confiables, y el propio hecho de que sean otros partidos muestra al líder que tampoco lo son para acompañarlo plenamente en su gran tarea de salvación nacional. Además, si fueran realmente tales aliados, el líder tendría que negociar con ellos importantes decisiones de gobierno, lo cual implicaría renunciar a la esencia de su concepción delegativa.
Los líderes delegativos inicialmente exitosos generan importantes cambios, algunos de ellos, en casos como el nuestro, de signo e impactos positivos. Pero por eso mismo van apareciendo nuevas demandas y expectativas, junto con el resurgimiento de antiguos problemas. La complejidad de los temas resultantes exigiría tomar complejas decisiones; pero ellas sólo son posibles con participación de sectores sociales y políticos que sólo pueden hacerlo ejerciendo una autonomía que el líder delegativo no está dispuesto a reconocerles.
De esta manera, los líderes se van encerrando en un estrecho grupo de colaboradores, que quedan cada vez más atados al supremo valor de la "lealtad" al líder. A su vez, quienes en el Estado y desde el llano apoyan desinteresadamente al líder comienzan a dar señales de desconcierto y preocupación. Comienzan a resentir que sólo se los convoque para aclamar las decisiones del Gobierno. Es típico de estos casos que a períodos iniciales de alta popularidad suceden abruptas caídas y, con ello, una cascada de "deserciones" de quienes hasta hacía poco proclamaban incondicional lealtad al líder.
Cuando aparece la crisis de estos gobiernos, el país se encuentra con debilidades institucionales que el líder delegativo se ha ocupado de acentuar. Entonces, los señores territoriales empiezan a tomar distancia de ese líder. Por su parte, los partidos que creyeron ser aliados y descubren que sólo podían ser subordinados instrumentos, comienzan a recorrer un complicado camino de Damasco hacia otras latitudes políticas.
Desde su creciente aislamiento, el líder reprocha la "ingratitud" de quienes, luego de haberlo aplaudido, ahora resienten la reemergencia de graves problemas y las maneras abruptas e inconsultas con que intenta encararlos (si no negarlos como malicioso invento de condenables intereses expresados en los nunca tan molestos medios de comunicación). Este es un estilo de gobernar que corresponde rigurosamente a la constitutiva vocación antiinstitucional de la democracia delegativa.
De hecho, el líder tiende a adoptar un mecanismo psicológico bien estudiado, típico de estas situaciones: no logra distinguir caminos alternativos y se aferra a seguir haciendo lo mismo y de la misma manera que no hace mucho funcionó razonablemente bien. A esta altura de los acontecimientos, otros líderes delegativos se encontraron huérfanos de todo apoyo organizado. En cambio, entre nosotros, el matrimonio presidencial tiene la ventaja de contar con parte del Partido Justicialista; pero, mostrando la raigambre de sus visiones, éste es manejado con la misma discrecionalidad que su gobierno.
A medida que avanza la crisis, el líder apela al apoyo de los verdaderos "leales" y arroja al campo del mal no ya sólo a los eternos herejes de la causa nacional, sino también a los "tibios". El líder ya no vacila en proclamar que el principal contenido de toda la oposición es ser la antipatria, de las que nos quiere salvar. La imagen asustadora del retorno a la crisis de la que nació su gobierno -el caos- aparece en su discurso. En cuanto a la oposición, tiende a aglomerar, entre otros, a sectores sociales y actores políticos que aquél justificadamente criticó. De allí resultan incómodas compañías, intentos de diferenciación y apuestas en pro y en contra de la polarización que impulsa el líder delegativo.
Entonces también surge uno de los riesgos de la democracia delegativa: en respuesta a la crispación que produce a su líder la para él/ella injustificable aparición de aquellas oposiciones, le tienta amputar o acotar seriamente las libertades cuya vigencia la mantienen en la categoría de democrática. Que este riesgo no es baladí se muestra en el desemboque autoritario de Fujimori en Perú y de Putin en Rusia, y en el similar desemboque hacia el que hoy Chávez empuja a Venezuela. Felizmente, la Argentina no tiene las condiciones propicias para ese desenlace, pero no es ocioso recordar que la democracia también puede morir lentamente, no ya por abruptos golpes militares sino mediante una sucesión de medidas, poco espectaculares pero acumulativamente letales.
En la lógica delegativa, las elecciones no son el episodio normal de una democracia representativa, en las que se juegan cambios de rumbo pero no la suerte de gestas de salvación nacional. Para una democracia delegativa, hasta las elecciones parlamentarias adquieren auténtico dramatismo: de su resultado se cree que depende impedir el surgimiento de poderes que abortarían esa gesta y devolverían el país a la gran crisis precedente. Hay que jugar todo contra esta posibilidad porque, para esta concepción, todo está realmente en juego. Es importante entender que estos argumentos no son sólo recursos electorales; expresan auténticos sentimientos.
La repetición de estos episodios no es casual; obedece al despliegue de una manera de concebir y ejercer el poder que se niega a aceptar los mecanismos institucionales, los controles, los debates pluralistas y las alianzas políticas y sociales que son el corazón de una democracia representativa. En el transcurso de su crisis, cuando acentúa su discurso polarizante y amedrentador, esta manera de ejercer el poder recibe apoyos cada vez más escasos y endebles, al tiempo que acumula enojos de los poderes e instituciones, políticos y sociales, que ha ido agrediendo, despreciando y/o intentando someter. El período de crisis de las democracias delegativas es de gran aceleración de los tiempos de la política; no deja de ser paradójico, aunque entendible dentro de esta concepción, que sea el líder delegativo quien más contribuye a esa aceleración -como todo le parece en juego, casi todo pasa a ser permitido-.
Con estas reflexiones expreso una honda preocupación. Estoy persuadido de que el futuro de nuestro país depende de avanzar hacia una democracia representativa. No sé si será posible moverse de inmediato en esa dirección. Esta duda se refiere a un Poder Ejecutivo que parece poco dispuesto a reconducir su gestión. También incluye una oposición que contiene importantes franjas que han demostrado compartir estas mismas concepciones y prácticas delegativas, y no es seguro que las abandonen si triunfan en estas y futuras elecciones. Queda abierta la gran cuestión -que algunas campañas electorales por cierto no despejan- de si el aprendizaje de los defectos y costos de la democracia delegativa se encarnará efectivamente en comportamientos y acuerdos que la superen.
Típicamente, los períodos de visible crisis del poder delegativo, recomponible o no, reencauzable o no, son de gran incertidumbre. Con ellos tendremos que vivir, sin perder la esperanza de que, aunque mediante oblicuos y ya largos caminos, nuestro país se encamine hacia una democracia representativa. Ella vale por sí misma; es también condición necesaria para ir dando solución a los múltiples problemas que nos aquejan.
El autor es profesor emérito de Ciencia Política de la Universidad de Notre Dame (EE.UU.)Publicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 3:53 p. m.
Clases: Gobierno e Instituciones 01-09
Etiquetas: Democracia, Gobierno, Instituciones, Partidos Políticos 0 comentarios
Universidad Alberto Hurtado
Gobierno e Instituciones Políticas
Profesora: Fabiola Berrios Salgado
CLASE 01: INSTITUCIONES
¿Qué son las instituciones?
¿son sólo las reglas del juego?, ¿Son cualquier tipo de conducta repetida que afecte al proceso político y sus resultados?, ¿Son sólo normas formales?, ¿Son procedimientos estándar de funcionamiento?
Definición:
Maurice Hauriou: Es una idea de obra o de empresa que se realiza y dura jurídicamente en un medio social; para la realización de esta idea se organiza un poder que le da una serie de órganos; por otra parte, entre los miembros del grupo social interesado en la realización de tal idea, se producen manifestaciones de comunión, dirigidas por los órganos del poder y reglamentadas por procedimientos.
Lucas Verdú: Consolidación permanente, uniforme y sistemática de conductas, usos e ideas mediante instrumentos que aseguran el control y cumplimiento de una función social.
Maurice Duverger: Desde un punto de vista científico, el término “instituciones políticas” tiene un sentido más amplio, y engloba las instituciones relativas al poder en todas las sociedades, todos los grupos y todas las colectividades.
¿Qué hacen las instituciones?
Uniforman conductas en la medida que establece un modelo de comportamiento o tipo obligatorio de conductas que se impone a quienes la integran o adhieren a ella.
Determinan:
a) Quienes son los actores legítimos.
b) El número de actores.
c) El curso de acción.
d) La información de la que dispondrán los actores acerca de las intenciones de cada uno.
¿Cómo hacen lo qué hacen?
A través de:
a) Ideas
b) Normas
c) Valores . Estas se ordenan para conseguir un fin determinado.
¿Qué características tienen?
Son duraderas, ¿por qué?
a) Nadie tiene interés en cambiarlo.
b) Incertidumbre frente al cambio.
c) Costos de ser actor del cambio.
d) No se escogen.
Cuando cambian lo hacen por:
a) Accidentes o factores no previstos.
b) Cambio evolutivo.
c) Diseño intencionado.
CLASE 03: DEMOCRACIA
¿Qué es la democracia?
Tres distinciones:
a) Es un principio de legitimidad.
b) Es un sistema político llamado a resolver problemas de ejercicio del poder.
c) Es un ideal.
Distintas definiciones pero, Robert Dahl
Oportunidades de:
a) Formular sus preferencias.
b) Expresar sus preferencias a otros de manera individual y colectiva.
c) Lograr que esas preferencias sean consideradas.
Ocho garantías institucionales:
a) Libertad de asociación y organización.
b) Libertad de pensamiento y expresión.
c) Derecho de voto.
d) Derecho de los líderes a competir por el apoyo.
e) Fuentes alternativas de información.
f) Posibilidad de ser elegido para cargos públicos.
g) Elecciones libres y correctas.
h) Existencia de instituciones que hacen depender las políticas gubernamentales del voto y otras expresiones de preferencias.
¿Cuáles son y cómo se relacionan entre sí las instituciones de la democracia?
1) Democracia mayoritaria (Modelo de Westminster).
2) Democracia consensual.
Arendt Lijphart: dos dimensiones.
1) Dimensión Ejecutivos-Partidos.
2) Dimensión federal-Unitaria.
CLASE 06: GOBIERNO
Tres teorías de gobierno:
1) Parlamentarismo
2) Presidencialismo
3) De la convención “o de los semi…”
¿Qué es gobernar?
“el ejercicio del poder mantenido por el control último sobre el recurso a la fuerza coercitiva”.
¿Qué es el gobierno?
“estructura que posee el control de los instrumentos coeritivos”.
¿Cuáles son las funciones del gobierno?
Según Morlino, una hacia el exterior y una hacia el interior.
Surge entonces una relación entre esta estructura y sobre quienes se ejerce el poder.
Luego, aparece el concepto de legitimidad.
Tres tipos de legitimidad, (Weber)
1) Legitimidad del “eterno ayer”, de la costumbre o tradicional.
2) Legitimidad de la gracia, personal y extraordinaria, “carismática”.
3) Legitimidad basada en la legalidad y en la creencia de la competencia objetiva en ella.
Pero, ¿cuál es el contenido del poder?
Si los gobernantes se perciben como representantes y delegados del pueblo, entonces la función de gobierno es la “ejecución de la voluntad popular”
De la relación entre gobernados y gobernantes, según Sartori:
1) Las democracias representativas son gobernadas más que gobernantes, pero desde los cincuentas esa relación se comienza a invertir.
2) “desencadenar la acción” no acerca, necesariamente, la democracias a sus ideales. Presionar sobre el poder no es ejercitar el poder, no quiere decir democracia gobernante.
3) Menos poder para los gobernantes no significa, necesariamente, mayor poder para los gobernados.
¿Qué es gobernabilidad?
Capacidad de los sistemas políticos para gobernar. Es un concepto moderno y dice relación con sociedades complejas.
El quantum del gobierno y la burocracia y la tecnocracia.
CLASE 07: RELACIONES EJECUTIVO-LEGISLATIVO
Regímenes institucionales
Están conformados por una serie de normas que interactúan entre sí, dependiendo del diseño procedimental.
Dentro de un regimen institucional las instituciones interactuan de diferentes modos, reforzándose de manera aditiva, superponiéndose o neutralizándose.
Las funciones del parlamento, Sartori distingue entre:
Control legislativo: Capacidad para presentar, modificar, demorar y rechazar iniciativas de ley.
Control político: seguimiento de las decisiones adoptadas. Tiene que ver con la implementación.
Dimensiones del control parlamentario (Steffani)
n Revisión posterior de las actividades del gobierno y de la administración pública.
n Participación permanente y seguimiento de las actividades del gobierno y de la administración pública.
n Posibilidad de obligar al gobierno a dar cuenta de sus actividades y, eventualmente, revertir sus decisiones o destituir.
Poderes del congreso según Blondel:
n Poderes de iniciación.
n Poderes de reacción.
n Poderes de prevención.
Factores que inciden en esta relación:
n Constituciones, leyes y reglamentos.
n La estructura del parlamento.
n Apoyo técnico-profesional.
n Partidos Políticos.
Tipología de Congresos de acuerdo a su relación con el Congreso (Morgenstern):
n Generadores.
n Proactivos.
n Reactivos.
- Serviles.
- Dispuestos a negociar.
- Recalcitrantes.
CLASE 08: RELACIONES EJECUTIVO-LEGISLATIVO
Presidencialismo de coalición: la experiencia de Latinoamérica.
Definición: es aquel en que el Presidente construye una base de apoyo concediendo puestos ministeriales a miembros de los partidos con representación en el Congreso y ellos, a cambio, proporcionan los votos necesarios para aprobar su agenda en el legislativo. (Abranches)
Algunas situaciones puntuales de interacción:
Las renuncias: el formato depende de la distribución del poder partidario en el Congreso, dando origen a:
a) El que responde a una salida presidencial de la crisis.
b) El que responde a una salida parlamentaria.
¿de qué depende que se de una u otra?
¿Cómo se resuelven las salidas presidenciales?
1) Llamado anticipado a elecciones.
2) Entrega anticipada del poder.
Una vez que se entrega el poder, ¿qué sigue? ¿Cómo se resuelve la sucesión?
1) El Congreso nombra a un sucesor. (Por quorum o línea de sucesión).
2) Se llama a elecciones.
3) Se adopta un sistema mixto de acuerdo a los años de mandato transcurridos.
Algunas situaciones puntuales de interacción:
Los poderes de agenda del Presidente: “el poder de la agenda y el control sobre el proceso legislativo permite a los gobiernos proteger su mayoría contra decisiones impopulares y preservar los acuerdos sobre políticas. En este sentido, fomentan una acción concertada entre el gobierno y su mayoría de apoyo y, en consecuencia, aumentan la cooperacíón”. (Figuereido).
Algunas situaciones puntuales de interacción:
Ministerios vs Congreso: ¿de qué depende esta relación?
n Grado de coalescencia en los ministerios. Es decir, la obtención de los puestos ministeriales en relación al tamaño de las bancadas en el Congreso.
n Desarrollo del mandato presidencial.
n Según el partido, de la distancia ideológica respecto del ejecutivo.
CLASE 09: PARTIDOS POLITICOS
Algunas funciones de los partidos políticos:
1) Reclutar y seleccionar los aspirantes a los cargos políticos.
2) Organizar el proceso electoral.
3) Estructurar el apoyo político de la opinión pública en torno a determinados programas políticos, intereses económicos y valores.
4) Incluir los intereses y las preferencias de la ciudadanía en el proceso de formulación de políticas.
5) Formar gobierno.
6) Establecer los acuerdos políticos en el ámbito legislativo.
Características de los partidos que influyen en la gobernabilidad democrática:
a) Nivel de Institucionalización: Un sistema de partidos está institucionalizado cuando las pautas de competencia interpartidista son relativamente estables, los partidos cuentan con bases de apoyo social sólidas y profundas, tanto los partidos como las elecciones son percibidos como legítimos y como instrumentos únicos para determinar quién gobierna, y las organizaciones partidistas se caracterizan por contar con reglas y estructuras razonablemente estables.
b) Grado de Fragmentación: Indica el número de agrupaciones que obtienen habitualmente una proporción significativa de votos y escaños.
c) Grado de polarización: Se relaciona con la magnitud de las diferencias entre los distintos partidos respecto de su ideología política y su base social.
Dimensiones de un sistema de partidos institucionalizado:
1. Relativa estabilidad de los modelos de competencia interpartidista.
2. Arraigo social estable y profundo de los partidos.
3. Percepción popular de la legitimidad de los partidos, y las elecciones, como legítimos, y de que estos son los únicos instrumentos para determinar quién gobierna.
4. Un sistema de partidos con reglas y estructura estables.
Publicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 11:11 a. m.
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