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El telonero de Frei

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Pablo Peñaloza, El Mostrador

20-11-2009

El terminó acuñado por mi colega, Álvaro Escobar, respecto de la penosa imagen que está proyectando Arrate en estas elecciones, grafica muy bien el rol político que el ex ministro de la Concertación parece estar desempeñando: "el de telonero de Frei".

El candidato del desarticulado Juntos Podemos -después de la bajada del Partido Humanista- señala presuntuosamente que ellos son la expresión de un nuevo frente amplio, cuando la realidad muestra que representan, con suerte, un 5% histórico que no han podido superar, más cuando tenemos a parte de su electorado -de la Izquierda Cristiana- que se está pasando al comando de ME-O. Arrate representa más bien una ficción disparatada, ficción que ha impedido todos estos años la conformación de una verdadera nueva mayoría progresista, caricaturizada, demonizada y despreciada por el oficialismo y la derecha.

Ahora aparecen junto a Escalona, con acuerdos de espalda a la gente siguiendo con ritos y costumbres de la Concertación que rechazamos y de los cuales no nos haremos parte.

Las acciones artificiosas de un ex ministro, a todas luces concertacionista, supuestamente redimido y recargado, perjudican y limitan una posibilidad de gobierno de izquierda progresista para Chile, modelo que tan bien se ha desarrollado e implementado en muchos países europeos y latinoamericanos y que en nuestro país no han pasado de ser la expresión de una izquierda que aparece agotada y rendida ante las fauces de la Concertación, izquierda utilizada siempre a última hora para aumentar sus caudales políticos sin incluirlos de verdad, ofreciéndoles migajas en un futuro gobierno, asegurando puestos a dirigentes de una lacerada y minimizada izquierda. Futuro gobierno que es cada vez es más un espejismo.

En mi calidad de ciudadano, secretario general del Partido Ecologista y de candidato a diputado por una Nueva Mayoría para Santiago Centro, me ha tocado acompañar a Marco Enríquez-Ominami en la campaña desde un principio. Fuimos el primer partido político que lo apoyó cuando decidió presentar una candidatura independiente y vemos cada vez más como este proyecto progresista tiene reales posibilidades de influir en las decisiones país.

La realidad chilena está mostrando cuál debe ser el camino de esta izquierda progresista y moderna en nuestro país. Las cifras de todas las encuestas reflejan que hay una nueva mayoría en Chile, que quiere un cambio real. Es por esto que nos acongoja ver que los anhelos de los trabajadores y los más vulnerables de nuestro país, son convertidos intencionalmente por la Concertación como anhelos de una "antigua izquierda chilena" negándonos la posibilidad de hacer realidad estas demandas postergadas por todos los gobiernos concertacionistas.

Vemos como el ninguneado candidato de la "izquierda" -llamado "Ministro" por Frei durante el debate pasado- se colude para efectos de denostar a un candidato que realmente puede sacar adelante a una izquierda -siempre utilizada y arrinconada por el oficialismo- denostando no sólo a sus compañeros que le dieron el status de candidato presidencial si no también a quienes hemos venido construyendo una nueva generación que se haga cargo de los temas que Arrate dice representar pero que sin capacidad de gobierno no podrá implementar.

En la candidatura de Marco Enríquez-Ominami conviven distintas culturas políticas, todas con una base común en el progresismo, y ese progresismo del futuro es el que permite cohabitar con liberales progresistas sin perder nuestras convicciones ni nuestras ideas de un proyecto concreto y con reales posibilidades para las grandes mayorías de chilenos y chilenas.

El llamado es al pueblo de izquierda libertario a no perderse con frases y remembranzas del pasado, los espacios y la vía es ser parte de este nuevo proyecto político, que no es una Concertación 2.0 ni nada que se le parezca. Ha emergido en Chile un proyecto donde las ideas no se negocian, ni hoy ni después del 13 de diciembre.

El fin de un ciclo

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Abel Posse
LA NACION - Bs. Aires
25 - 06 - 09

¿La Argentina es un pasado o un país? Witold Gombrovicz, 1963

Se acaba la campaña política. El estruendo publicitario no pudo ocultar el silencio de debate y propuestas. Aunque se trate de una instancia legislativa, lo que hoy está en juego es el voto de desconfianza ante la grotesca conducción gubernamental, de un consorte todopoderoso y de una presidenta fantasmal, casi virtual en lo que hace a la decisión de los problemas nacionales.

La mayoría electoral siente que la extraña pareja está siendo abandonada por los dioses antárticos que los elevaron adonde nunca debieron estar. Los argentinos sentimos que esta vez no somos víctimas solamente de la mala política o de una deshonesta administración, como tantas veces, sino de una sorpresiva irrupción de psicopatología política.

Ya no es un problema de ineptitud ni de lógicas erradas. Estamos más allá, en el absurdo.

Primero se dejaron de respetar las instituciones: la Iglesia, las Fuerzas Armadas, las fuerzas policiales y judiciales, garantes del orden público. Enseguida sobrevino la suicida demolición de la fuerza productora más eficaz en esta crisis mundial, que es la del campo, con toda la vasta red de intereses colaterales, esa trama de vitalidad y existencia que va mucho más allá del esquema exclusivamente económico. Y ahora está en jaque el poder industrial, con la invasión de empresas a partir de los fondos tomados a las AFJP.

Tal vez, como lo afirmó una candidata, se lleva al campo a la desesperación, creando un mercado de precio bajo para acumular miles de hectáreas y consolidar un enorme fideicomiso exportador de primera importancia mundial.

K es más bien un leninista aficionado, suburbano y tenaz. Acapara los "medios de producción" con sus amigos (tierras, empresas intervenidas, sistema financiero, telecomunicaciones, minería), pero su fin no es la creación de un socialismo, sino de un sistema económico similar al de una gigantesca corporación. No quiere ser Lenin, sino alguien como Slim. Parece que quisiera un superpoder económico personal y dejar la economía por encima de la política. Es un delirio de supercapitalista. De un Rockefeller de las pampas.

Pero la crisis se le adelantó a su adelantamiento de las elecciones de octubre. Como un conspirador ingenuo, la bomba le estalló entre las manos antes de tiempo.

Aunque parezca extraño, su verdadero designio era el de un capitalista empedernido. Y no se cumplió su sueño, pero nos quedaron realidades de pesadilla.

Todos nosotros estamos inmóviles, en una democracia secuestrada.

Por eso estas elecciones conllevan una esperanza de renacimiento.

Somos, internacionalmente, un mamarracho. Un país perturbador, agresivo. Un país rico que juega a la miserabilización (pero en el que se enriquecen amoralmente sus dirigentes). Nadie puede entender nuestra autodestrucción. Tomamos nota en exclamaciones teleperiodísticas cotidianas, pero seguimos inmóviles, sin poder actuar, paralizados por el ángel exterminador de Buñuel.

Alfonsín dijo que con la democracia se vive, se come y se educa. Pero su democracia impotente llevó a su gobierno a una hiperinflación monstruosa y tuvo que abandonar el poder anticipadamente. Ahora, en esta descarada seudodemocracia K, se roba, se padece pobreza y hambre para un tercio de la población y los padres de familia pueden morir asesinados por chicos que les vacían el cargador con los ojos nublados por el paco que todas las madres angustiadas saben dónde se vende (pero no los fiscales, los policías ni los intendentes).

No basta lo que los argentinos creen que es democracia . Se necesita coraje para gobernar y enfrentar el mal y la infamia. Los asesinos de ayer, en un verdadero triunfo gramsciano a través de la ambigüedad y el culpismo ideológico de Kirchner, lograron que hoy no haya policía actuante, como en todos los países del mundo. El policía sale a la calle con más temor a tener un proceso y un castigo administrativo que los jóvenes asesinos, apañados por los garantistas que pagan el lujo de su humanismo con la vida de los otros, los que mueren cada día o se refugian en sus casas enrejadas.

La ministra Argibay, que defendió emocionada ante la TV a los pobres chicos asesinos, debería estar informada de lo que pasó en 1932 en la Rusia soviética con las bandas de jóvenes criminales, producto del desastre de las campañas socializantes contra los pequeños propietarios agrarios. Eran los llamados "niños lobo". El Politburó estableció que no eran niños asesinos, sino asesinos niños que había que combatir con toda energía y luego recuperarlos, si se podía. Establecieron que eran imputables a partir de los doce años. La ministra debería leer lo que ocurrió en China en 1949 con la asunción de Mao y en Estados Unidos en los años 30. El interés prioritario por defender es la vida del inocente; luego vendrá la recuperación del criminal.

Lo grotesco y la cobardía ganaron esta campaña electoral. Sin embargo, el pueblo al votar va a unificar lo que no supieron unir los políticos, cuyo egoísmo, en algunos dirigentes de la oposición, los llevó a atacar más a los de su vereda que a K mismo, pensando en posiciones para el futuro, en 2011.

Como la única fuerza organizada y con evidente gobernabilidad nacional es el peronismo, algunos se esmeraron en crear un complot, o mejor una farsa, en la que Macri, Reutemann, Puerta, Romero, Duhalde, Rucci, Solá, los Menem, Venegas, De Narváez, Busti, los de la CTA, etcétera, no esperan otra cosa que el 29 para invitar después de su triunfo a los Kirchner a tomar champagne (o sidra, si fuera el caso).

Ojalá que a la doctora Carrió no se le ocurra organizar el ágape.

Con discusión de proyectos o no, el pueblo sabrá elegir mejor que los candidatos que apoya. Elegirá el fin de un ciclo.

Se iniciará un período difícil y creador. La Presidenta deberá asumir la plenitud del poder con que la inviste la Constitución y abrir el gran diálogo nacional para iniciar, finalmente, el camino de arranque fecundo que esperamos de nosotros y el mundo espera de la Argentina.

Sin diálogo abierto con todos los sectores de la vida nacional, el gobierno de Cristina Kirchner quedaría en calidad de gobierno de transición. Los problemas son demasiado urgentes y no hay dilaciones. Se nos vienen encima las amenazas de crisis extrema que previó Kirchner cuando adelantó el plazo electoral.

Pero lo más terrible después del 28 sería la posibilidad de que un autoritarismo benigno virara a formas intimidatorias y hasta violentas. No es de descartar, porque el llamado "modelo" puede dar motivo a una agudización chavista, en el sentido de medidas intervencionistas y movilizaciones intimidatorias. Más allá de los conocidos grupos que puede movilizar K para transformar su derrota en falso triunfo plebiscitario, será de extrema importancia que la ciudadanía exprese su triunfo nacional masivamente, autoconvocándose para demostrar en la calle su victoria. Esta demostración en la noche del 28 tendría un gran poder disuasivo ante la prepotencia.

El país está intacto para enfrentar con las mejores posibilidades este tiempo de crisis. La conducta aislada y superada de K no puede persistir al quedar rechazada por la gran mayoría nacional y la Presidenta queda enfrentada a la obligación de conducir con un nuevo estilo y desde el consenso imprescindible.

Una secreta fe recorre la Patria, humillada y vejada por la patanería y la incalificable destrucción de su riqueza más comerciable en esta crisis mundial y nacional. Hay que responder al amigo Gombrovicz, que se iba a Catamarca a buscar la pureza de la Argentina profunda cuando lo intoxicaba la tilinguería de Buenos Aires.

Gombrovicz: usted quería a la Argentina y se indignaba con ella, como nosotros. Pero no somos un pasado ni una rémora. Somos como esa Ferrari Testarossa que un palurdo ganó en una rifa de fin de año y no sabe ponerla en marcha. Somos un purasangre maneado que ansía lanzarse otra vez a galopar con el viento levantándole las crines y zumbándole en las orejas. Queremos volver a ser el país en el que usted desembarcó viniendo de la Polonia asolada, exterminada por el terror, y donde encontró la paz de sus partidos de ajedrez en la confitería del Rex o en La Fragata.

La Argentina quiere volver a su felicidad. A ese país primero posible y después grande que en tres décadas se ubicó entre los diez más exitosos países del mundo y donde se creó un sistema educativo que acabó con el analfabetismo en el nivel nacional, antes que Estados Unidos y la misma Francia, como lo acaba de declarar Vargas Llosa.

No queremos administradores tristes. Queremos convocarnos con un viento de fe y de grandeza. Queremos un Renacimiento y no una administración de la mediocridad. Queremos esa pasión que unió a Roca, a Yrigoyen, a Perón, a Frondizi. Un sentimiento compartido de Patria.

Las elecciones aparentemente menores del 28 de junio son para nosotros el fin de un ciclo de resentimiento y la apertura hacia esa llamarada, esa voluntad de gran destino que hizo de este país una maravillosa posibilidad de vida, pese a las contradicciones y los límites de la condición humana en su universalidad.

El autor es novelista y diplomático

La DC: el lado débil de la candidatura Frei

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Carlos Huneeus
El Mostrador
25 - 06 -09

En una columna anterior, "El debilitamiento de los partidos de la Concertación", examiné los graves problemas que aquejan a los partidos de la Concertación. En esta quiero referirme al PDC, que fue el principal partido de Chile durante cuatro décadas, jugando un rol de vanguardia con ideas y dirigentes, que le permitió ganar la presidencia en 1964 con Eduardo Frei Montalva (1964-1970). Impulsó profundas transformaciones, que buscaron llevar adelante una modernización tardía, que incluyó la organización popular y la chilenización del cobre, que permite al Estado tener los recursos para financiar sus programas, como el de protección social y enfrentar la crisis financiera internacional.

El PDC siguió siendo la organización política más sólida y tuvo un rol muy importante en la recuperación de la democracia, cuando los partidos de izquierda estaban proscritos y duramente reprimidos, con personalidades que trabajaron activamente en la defensa de los Derechos Humanos, como Jaime Castillo Velasco, Andrés Aylwin y otros. Junto a personalidades de otras colectividades, fue determinante en el fortalecimiento de la oposición democrática y Patricio Aylwin fue el portavoz del No en el plebiscito de 1988. La estrategia de Aylwin de derrotar al régimen en las urnas, planteada en un seminario del ICHEH en 1984, criticada por dirigentes de izquierda, fue correcta. Su gobierno y el de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, fueron exitosos y contaron con el apoyo leal y decidido de los partidos de la Concertación, especialmente el PS.

Desde hace algunos años, el PDC está muy lejos de ser ese partido de vanguardia cuya acción cambió el desarrollo político del país. Las causas son variadas y complejas, "externas" al partido, como los cambios en la sociedad y los costos de la democratización, e "internas", los errores de sus dirigentes. Las causas "externas" afectan a todos los partidos oficialistas y de ahí la necesidad de mirar los factores internos.

Los errores se cuentan desde que sus dirigentes aceptaron la recomendación de sus asesores electorales (ninguno era DC) de quitar el nombre y lo símbolos del partido en las campañas, que favoreció a los "nuevos" partidos -PPD, UDI y RN- y perjudicó a los históricos -PDC, PRSD y PS-. En las parlamentarias de 1997, cuando la economía estaba en su mejor momento y el general Contreras había sido condenado por la Corte Suprema, el PDC perdió medio millón de votos.

Siguió con las debilidades de la candidatura presidencial de Andrés Zaldívar en 1999, sin tener un programa y una estrategia para derrotar a Ricardo Lagos, el postulante del bloque PS/PPD/PRSD, llegando a seguir una campaña del terror en su contra.

Continuó con el error de la inscripción de la lista parlamentaria en las elecciones del 2001 por la directiva presidida por Ricardo Hormazábal, requiriendo un cambio legal patrocinado por la UDI, bajo la presidencia de Pablo Longueira, que quiso derrotar al PDC en las urnas y no por secretaria. Adolfo Zaldívar, timonel de la colectividad para las elecciones del 2005, se empecinó en ser el abanderado presidencial, sin tener visibilidad en la opinión pública y después obstruyó la postulación de Soledad Alvear, proclamada muy tardíamente como la abanderada del falangismo y no le apoyó en su breve experiencia presidencial.

Y culminó el 2007, siendo Soledad Alvear la presidente de la colectividad, cuando se expulsó a Adolfo Zaldívar, que provocó la renuncia de cinco diputados, privando a la Concertación de la mayoría en la Cámara que tenía desde 1990. Este hecho llevó a la oposición a acusar constitucionalmente a la ministra de Educación, Yasna Provoste (PDC), por irregularidades encontradas por la Contraloría, siendo destituida por el Senado.

El PDC no tiene el liderazgo nacional que tuvo en el pasado y ello se manifiesta en múltiples aspectos, comenzando por su ausencia en el debate de ideas, que se expresa en el debilitamiento de su principal centro de formación política y de pensamiento, el ICHEH, (Instituto Chileno de Estudios Humanísticos). Esta institución, apoyada por la Fundación Adenauer, tuvo un papel fundamental para el PDC y la oposición al régimen militar bajo la dirección de Claudio Orrego y Francisco Cumplido después, con publicaciones, encuentros y seminarios. Desde mediados de los años 90, es una sombra de ello, sin actividades relevantes para reflexionar sobre el futuro del PDC y el país.

No tiene presencia en el movimiento estudiantil de las principales universidades del país, a pesar que lo fue hasta hace una década. Sus dirigentes de entonces ven bloqueadas sus aspiraciones de asumir puestos de responsabilidad; no tiene una presencia importante en el movimiento sindical, que contrasta con el que tuvo en los años 80 con Rodolfo Seguel y Manuel Bustos.

El PDC, como otros partidos después, se encerró en un grupo reducido de dirigentes, que entendió la política como una actividad entre amigos y camaradas, sin abrirse a nuevas figuras. Su preocupación principal fue lograr el control del "partido", sin una democracia interna, que significa diversidad, pluralismo y tolerancia.

Las directivas del PDC, desde hace más de una década, han estado integradas por personas del reducido círculo que trabajó en el Gobierno o en el Congreso. Su actual timonel, el diputado Juan Carlos Latorre, es el menos conocido de la lista de 34 políticos incluidos en la encuesta CEP de Mayo, con un 40 por ciento.

Se confirma con los nuevos ministros que ingresaron en enero del 2008 al gabinete, no sólo de mayor edad que los que salieron (Alejandro Ferreiro, entre otros), con el consiguiente envejecimiento del gabinete, sino también porque tres de ellos eran cercanos a la timonel del PDC: el de Economía, Hugo Lavados, de Agricultura, Marigen Hornkohn y el de Interior, Edmundo Pérez Yoma.

La relación de Hornkohn con Alvear viene del gobierno de Aylwin, cuando fue su secretaria y jefa de gabinete en el Servicio Nacional de la Mujer (Sernam), de la cual fue ministra, y la acompañó al ministerio de Justicia en la administración de Frei.

Hornkohn, asistente social, sin estudios de postgrado en el exterior, es un caso ilustrativo de una militante del PDC que ha estado en el gobierno desde 1990 y lo ha hecho en distintos ministerios, seis en total, sin destacarse en ninguno. Además de las dos carteras indicadas, estuvo en otras dos con el presidente Lagos: Trabajo -fue subsecretaria de Previsión Social (2000-2003)- y Educación, siendo subsecretaria (2003-2005) y ministra cuando Sergio Bitar se trasladó a la campaña presidencial para la segunda vuelta. Con la Presidenta Bachelet trabajó en otros dos ministerios: Relaciones Exteriores, pues fue embajadora en Alemania (2006-2008), y ahora, Agricultura. Entremedio, fue candidata a diputado por el distrito La Reina y Peñalolén en las elecciones del 2005.

Pese a sus debilidades, el PDC sigue teniendo enormes fortalezas, más visibles ahora frente a la debilidad del PS y el PPD. Es la colectividad con más intención de voto en las encuestas, 11% en Abril 2009, muy superior al PS, 5%, y el PPD, 3%. El ex Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle es el candidato presidencial de la Concertación, un logro notable porque lo consiguió con un PDC que es la sombra de la colectividad que lo llevó a La Moneda en 1993. El fenómeno no es Marco Enríquez-Ominami, sino Frei, que logró superar poderosos obstáculos, internos y externos a su partido, especialmente cierta prensa, que ha hecho todo lo posible por bloquear su postulación.

Es penoso que dirigentes que tuvieron cargos de responsabilidad cuando se aceleró la decadencia del PDC se pregunten ahora por los "problemas" de la candidatura Frei; ellos debieran dar las explicaciones por el debilitamiento del partido.

El falangismo debía ponerse las pilas y hacer lo que no ha hecho hasta ahora: abrir sus puertas a nuevas caras, dando señales claras en la composición de la lista parlamentaria y del equipo de campaña legislativa e impulsar ideas renovadas -profundizar la democracia e impulsar una economía social y ecológica de mercado, con preocupación en los trabajadores y sus organizaciones sindicales- y presentar nuevas caras, es decir, los jóvenes profesionales que se encuentran en los municipios, en el gobierno, en el mundo profesional y de la empresa privada -son muchísimos, como en ningún otro partido-, que debieran asumir responsabilidades directivas. Y todos sus dirigentes y militantes deben trabajar con entusiasmo por la candidatura de Frei, que ofrece una oportunidad única para devolver la fuerza al PDC.

La renovación también la necesita el PS, que está en iguales o peores condiciones, sin ideas claras sobre qué significa ser de izquierda hoy en Chile y con tres candidatos presidenciales -Marco Enríquez-Ominami, Jorge Arrate y Alejandro Navarro- provenientes de sus filas, el partido de la presidenta Michelle Bachelet.

Sin un PDC y un PS fuertes, la Concertación no derrotará a Sebastián Piñera y la gobernabilidad de la administración de Eduardo Frei será extraordinariamente difícil si quiere llevar adelante las transformaciones institucionales que el país requiere, después de una exitosa transición y consolidación democrática.

La coalición proeuropea

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JOAQUÍN ALMUNIA
El Pais - España
23/06/2009

Desde mi punto de vista, el de un socialdemócrata partidario de una Europa política fuerte, el resultado de las recientes elecciones al Parlamento de Estrasburgo es preocupante por varias razones.

En primer lugar, por la baja participación, menos de la mitad de los inscritos en el conjunto de la Unión Europea. El hecho de que no sea la primera vez que sucede añade más gravedad a la falta de movilización, no debida sólo a la crisis. Además, una parte no desdeñable de quienes votaron se ha decantado por opciones radicales, populistas e incluso xenófobas. No hay que exagerar, pues estos diputados seguirán siendo una exigua minoría. Pero me preocupa que en algunos países -Hungría, Reino Unido, Rumania, Austria, Eslovaquia- los partidos de la extrema derecha hayan avanzado posiciones. A su vez, los euro-escépticos británicos, checos o polacos se han desgajado del Partido Popular Europeo y pretenden ahora condicionar las posiciones del ganador. Por último, el Partido de los Socialistas Europeos ha perdido votos y presencia, con lo que el conjunto del Parlamento se ha escorado hacia la derecha.

Todo ello es decepcionante. Según las encuestas, los ciudadanos quieren que Europa tenga más capacidad de decisión en lo que afecta a su empleo, sus condiciones de vida y trabajo y su seguridad. Piden a las instituciones europeas, incluyendo a sus respectivos Gobiernos en el marco del Consejo comunitario, que en estos temas superen las barreras nacionales y utilicen la dimensión europea para aumentar la eficacia de sus políticas.

Pero cuando esos mismos ciudadanos son llamados a elegir directamente a sus representantes en el Parlamento Europeo, uno de cada dos no acude, y quienes lo hacen votan a candidatos antieuropeos en mayor proporción que cuando se trata de una elección meramente nacional o local. ¿Qué está fallando? ¿Quién es responsable de esos fallos? ¿Cómo afrontarlos?

Sin duda, las campañas electorales han contribuido al desinterés o al voto de protesta. Los temas locales y las batallas partidistas se han impuesto sobre las cuestiones europeas. Y cuando se hablaba de Europa, no siempre era en términos positivos. Pero seamos claros: una campaña de tres o cuatro semanas no puede variar 180 grados la tónica que ha dominado a lo largo de los últimos años la comunicación sobre políticas y actuaciones de la UE. Desde la penosa campaña del referéndum francés en mayo de 2005 hasta la del 7-J han sido demasiadas las ocasiones en que los mensajes sobre Europa se han caracterizado por la falta de rigor, el oportunismo y, en ocasiones, los argumentos falaces.

Reconozco que algunas iniciativas han dado pie a ello: por ejemplo, la fallida directiva de tiempo de trabajo -la de la jornada de 65 horas- o el apoyo del Consejo y el Parlamento a la no menos reprochable directiva sobre retorno de inmigrantes. Pero acusar a Europa de que no ha reaccionado ante la crisis, cuando la UE ha liderado la convocatoria del G-20, ha aprobado regulaciones financieras muy importantes y ha desplegado estímulos fiscales, monetarios y financieros de proporciones astronómicas, no es de recibo.

Tampoco es serio, a mi juicio, intentar montar un frente anti-Barroso tan carente de argumentos como de alternativas viables para la presidencia de la próxima Comisión. Con esa frivolidad, se deteriora la imagen de Europa gratuitamente.Otras críticas tienen mucho más fundamento. No se han expuesto argumentos claros y convincentes sobre cómo Europa puede alcanzar un futuro mejor tras la crisis. Aquí hemos de admitir nuestro fracaso para transmitir que sólo una estrategia a escala de la UE será capaz de recomponer el aparato productivo sin las muletas de un sistema financiero desbocado, como fue el caso hasta agosto de 2007. No hemos explicado bien que sólo actuando a escala europea podremos ofrecer simultáneamente crecimiento económico y cohesión social, competitividad y oportunidades iguales para todos, una moneda fiable, un Estado fuerte sustentado sobre unas finanzas públicas saneadas, futuro para los jóvenes y solidaridad con una población cada vez más envejecida.

Por supuesto, conseguirlo no será fácil. Pero si en vez de apostar por la coordinación de las políticas económicas y financieras se cede a la tentación del "sálvese quien pueda" y a la competencia entre unos y otros, la salida no será otra que un largo periodo de bajo crecimiento y de tensiones populistas.

La tarea no puede recaer solamente en una fuerza política. La dimensión europea no es ni de derechas ni de izquierdas. Igual que hace 60 años, el proyecto de integración supranacional es de amplio espectro, lo comparten desde el centro-derecha hasta la socialdemocracia. Es más, si el consenso básico en el que se han basado desde el Tratado de Roma hasta el de Maastricht no se renueva ahora, el Parlamento perderá capacidad de decisión en los asuntos cruciales que van a formar parte de su agenda. Y si la Comisión o el Consejo abriesen en su interior brechas políticas permanentes entre los europeístas, fracasarían igualmente. Con o sin Tratado de Lisboa.

Europa no necesita ahora a unos proeuropeos frente a otros. Ni tampoco estamos para nuevas discusiones institucionales. Es la hora de la política. Pero la necesidad de una "coalición proeuropea" no indica que haya que despolitizar este debate. Al contrario. Cada partido tiene que aportar sus prioridades y sus propuestas para salir de la crisis fortalecidos. En el caso de la socialdemocracia, un proyecto europeo de paz, de igualdad de oportunidades, de defensa de los más débiles frente a toda discriminación. Que proteja a todos con servicios públicos eficaces, que ofrezca a través de la educación y la formación mayores expectativas de empleo y de progreso. Que combine el dinamismo económico con el respeto al medio ambiente. Que canalice la solidaridad dentro y fuera de las fronteras de los Veintisiete.

Esa visión de Europa tiene puntos de coincidencia y de divergencia con la de un ecologista, un liberal o la de un miembro del PPE. Los votantes dirán quiénes tienen en cada momento la mayoría necesaria para liderar las instituciones de la UE. Pero unos y otros deben -debemos- saber que quienes de verdad se oponen a la integración europea son otros. Y su triunfo supondría un retroceso histórico.

Los españoles aprendimos que la garantía de las libertades y la construcción de una democracia estable exige consensos y diálogo, compartir unos valores y principios básicos. A la vista de los resultados del 7 de junio y de las circunstancias que los explican, una conclusión similar es aplicable a la encrucijada en la que se encuentra la Unión Europea, salvadas las distancias de rigor. Si somos capaces de transmitirlo en esos términos quizás se nos entienda mejor, y los votantes sabrán lo que nos estamos jugando en Europa durante los próximos cinco años.

Joaquín Almunia es comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios.

Novedad y juventud

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Andrés Rojo
Política e Ideas

Es curioso como algunos conceptos se ponen de moda en los discursos políticos, pero lamentablemente la experiencia muestra que, más allá de la moda, estas ideas tienden a quedar en el olvido después de las campañas. La palabra mágica en la próxima elección parecer ser Juventud, lo que no deja de ser curioso si se considera que la gran mayoría de los jóvenes no va a votar por no estar inscrita en los registros electorales.

Después de casi dos décadas de un constante proceso de alejamiento de los jóvenes de la actividad política partidista -porque ya está claro que en otros ámbito no ha habido nada de apatía juvenil- se ha descubierto la necesidad de abrir espacios para su integración: Se les designa en cargos de importancia, surgen candidatos jóvenes y se habla incluso de reservar a los menores de 40 años una cuota en un futuro Gabinete Ministerial.

Lo mismo ocurrió antes con las mujeres o los independientes. Cíclicamente, los dirigentes políticos se dan cuenta de que un grupo de la sociedad ha estado marginado y prometen integrarlo, pero a la larga se sigue manteniendo el ejercicio del poder, más o menos, en los mismos círculos.

Hoy es el turno de la juventud, pero a juzgar por las cifras de inscripción el discurso no ha logrado motivar a quienes no están inscritos a comprometerse a participar con su voto el próximo 13 de diciembre. La proclama de la "novedad del año" no ha conquistado al público hacia el que va dirigida y es realmente lamentable porque la marginación de este grupo es un hecho tan cierto que todos los sectores políticos la reconocen e incluso se ha llegado a hablar de la necesidad de "jubilar" a quienes han sido protagonistas de la política desde la dictadura, es decir hace veinte o treinta años.

Es lamentable también que, básicamente por temor a un padrón renovado, no haya sido posible establecer la inscripción automática en los registros y el voto voluntario porque ello hubiera permitido facilitar la concurrencia de todos los ciudadanos a las urnas de votación.

Lo que, en todo caso, es aún más deplorable es que nuestros dirigentes políticos sigan enmarcados en una forma de hacer política que se viene repitiendo hace décadas: Prometer cambios para ganar la adhesión ciudadana y después gobernar con el mismo grupo que ha permanecido en los cargos de poder, y eso es válido tanto para quienes participan en la administración del Estado como para quienes, desde la oposición, también han podido estructurar formas de financiamiento para dedicarse a la política. Eso es ignorar a la ciudadanía, que es la verdadera dueña del poder en cualquier sociedad.

¡Viva la democracia! (cuando me conviene)

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Javier Sajuria
El Mostrador
17/06/2009

El otro día me dediqué al laborioso ejercicio de revisar la Constitución, en especial, la parte acerca de los requisitos para ser Presidente. Extrañado, decidí revisar la Declaración Universal de Derechos Humanos y la carta Interamericana del mismo tema. Por más que traté de hacer un sesudo trabajo exegético, me fue imposible encontrar alguna parte donde se dijera que para ocupar el sillón de La Moneda se requería "cultura, experiencia" u otros requisitos.

Después, nuevamente extrañado, decidí releer a Weber, en busca de una nueva forma de ética, la del vacío según le llama un rector de una Universidad. No la encontré. Sin desesperar en mi empeño, recurrí nuevamente a nuestra Carta Fundamental y me quedé pasmado cuando noté que un candidato no requería parecerse a su padre para salir electo. ¿Se habrá equivocado el señor rector?

En definitiva, tanto la señora Luisa Durán como el columnista Peña dan cuenta de una situación que debiera alarmarnos, sobretodo proviniendo de ellos. Pareciera que, de tanto disfrutar los bienes que les ha otorgado, han ido perdiendo su compromiso con la democracia. La ex primera dama -que al parecer es la única que dice lo que realmente piensa su familia- nos pareciera hacer ver que para ser Presidente se requiere haber sido educado en una determinada escuela, haber estudiado en una determinada universidad y haber salido de una determinada carrera. En resumidas cuentas, y parafraseando a la señora del ex presidente Lagos, sólo pueden ser electos aquellos que pertenezcan a la élite, o mejor aún, a mi élite.

El caso de Peña es un poco más complicado, pues ha debido salir de su estrado académico y ha tenido que asumir su condición de simpatizante concertacionista. Sin duda el rector no se siente cómodo en esta posición y escribe con más furia y rabia que la habitual. Ha llegado a insinuar que sólo aquellos capaces de moverse por las estancadas aguas de la actual clase política son los elegidos para entrar al ruedo eleccionario. Es de suponer, entonces, que para Peña, si se quiere ser Presidente, sólo cabe el camino de los feudos políticos y de llevarle el amén a las directivas de los partidos. Parece que de tanto trabajar en la academia, ha perdido un poco el contacto con la realidad.

Las campañas del terror no tienen buenos resultados, es cosa de preguntarle a los votantes del Si el año 1988. Aún así, pareciera que a los personeros de la Concertación se les olvidó lo ocurrido. Chile ha sabido crecer y trabajar sus diferencias. Nuestra ciudadanía ha sabido reponerse de las crisis institucionales y económicas y hemos podido darle estabilidad a nuestro país. El Estado está repleto de funcionarios capaces y de una orgánica firme. Hacernos creer que sólo algunos iluminados tienen la facultad de ejercer el poder, es no comprender que Chile cambió y que hace tiempo que ha salido de la "adolescencia".

El país no necesita un papá que nos guíe ni un intelectual que nos enseñe. Necesita un Presidente que esté dispuesto, de manera valiente, a abrir las puertas del poder y empezar a devolvérselo a la ciudadanía. Cualquiera que plantee que es necesario tener alguna credencial distinta a las que la Constitución o los tratados internacionales exigen, no hace sino que demostrarnos que considera que la democracia, más que un valor en sí misma, es un medio para mantener el status quo.

Ominami y el Oceáno Azul

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Guillermo Bilancio
Diario Financiero
17/06/2009

La política y la estrategia comparten, en esencia, el mismo lenguaje. La visión y la misión son las decisiones que tienen que ver con el rumbo, y la búsqueda de espacios de oportunidad es una constante para alcanzar el objetivo supremo: crear valor.

En el mundo de la política, especialmente en épocas de disputas electorales, debería suceder lo mismo, aunque muchas veces el personalismo de los candidatos y la miopía estratégica que sólo busca el acceso al poder, les hacen perder de vista lo relevante para la sociedad, que en definitiva es quién decide.

El avance sorpresivo de Marco Enríquez Ominami no es una casualidad, sino la consecuencia lógica de un discurso que encontró un espacio. Sin propuestas concretas, habló de necesidades. En lugar de preocuparse por las características de un taladro, él se preocupó por los hoyos.

Así en la política como en los negocios, los espacios de oportunidad están en los valores por los cuales una sociedad funciona. El buen político entiende y se mueve a partir de valores, a diferencia del administrador que simplemente ocupa la experiencia.

Enríquez-Ominami encontró un espacio de oportunidad que ninguno de los otros candidatos pueden ocupar, más allá que uno intente quitarse la corbata para parecer más joven y otro busque congraciarse con los más jóvenes con un discurso de poca consistencia.

Tiene un discurso fresco, limpio, con la virtud de promover la convergencia entre lo progre y lo simple. Un espacio que habla de realidades, de necesidades de integración social, de entender un Chile verdaderamente liberal en lo socio-cultural, sin grandes proclamas y apuntando a esa nueva clase media en crecimiento, disconforme con lo mismo y con aspiraciones mundanas en el arte, el trabajo, la tecnología, la educación. Algo así como un toque de trasgresión dentro del sistema, algo inusual en un Chile conservador.

Queda claro que Enríquez-Ominami no tiene soporte estructural para afrontar el desafío, pero indicó el espacio a ocupar para alcanzar una verdadera diferenciación en una masa desmotivada con propuestas tan exitistas como poco excitantes.

Encuesta CEP ¿el oráculo?

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Gloria de la Fuente
La Tercera
17/06/09

Hace un par de días escribí en este espacio sobre los cuidados mínimos que, me parece, hay que tener, en el actual contexto, ante la proliferación de encuestas electorales. Ello, no sólo considerando sus aspectos técnicos, sino que también, reparando en la dimensión comunicacional que adquieren los estudios de opinión y, por tanto, su potencial capacidad de crear "realidades".

Ante el escándalo que provoca la aparición sin control de estudios que intentan medir la intención de voto, la respuesta recurrente - que yo misma señalé en el texto aludido- pareciera apuntar a la necesidad de regulación de dichos estudios.

No obstante, con el correr de los días y a propósito de la calidad casi de "oráculo" que parte importante de la clase política le ha dado a la encuesta CEP (hay que ver cómo todo parece estar paralizado hasta conocer sus resultados), es que me he ido convenciendo que el tema de las encuestas no pasa por una mayor o menor regulación. De hecho, en los países en que ello se ha implementado, no necesariamente disminuye el número de encuestas, sino que más bien se circunscriben a ciertos parámetros técnicos y éticos mínimos, que evidentemente mejoran la calidad del instrumento, pero no evitan su uso mediático y no contribuye tampoco a que la población pueda adquirir capacidades para distinguir mejor entre una y otra medición.
De esta manera, me parece que el problema es otro y más profundo. Andamos preocupados de las encuestas porque en realidad tenemos un vacío de contenido que ha sido muy difícil de llenar. Si no hay ideas, principios, ni programas que generen identidad y sentido, que movilicen grandes masas de electores o ciudadanos, andamos preocupados de los porcentajes, y de la foto de hoy que presumiblemente puede ser la imagen de mañana.

Por su parte, los medios de comunicación, en su permanente intento por construir agenda pública, nos van a inundar de titulares que intentarán instalar la sensación de triunfo o derrota de los candidatos una vez conocidas las encuestas, mientras que lo que de verdad importa es discutir si queremos que el próximo gobierno enfatice en el crecimiento o en la política social. Si queremos que el Estado se preocupe de la educación pública o garantice que muchos privados en su nombre la provean. Si queremos pagar más impuestos para que todos accedamos a mejores oportunidades, o bien queremos que cada uno reciba prestaciones sociales en función de su aporte al PIB. Si queremos abrir el sistema político para que exista mayor participación y mejor representación o queremos asegurar la gobernabilidad a costa de que sólo unos pocos decidan. Si estamos dispuestos a generar maquillaje para reformar el Estado o estamos disponibles para discutir las bases institucionales de nuestra democracia, heredadas de la Constitución de 1980. En esto, los candidatos tienen, sin duda, gran responsabilidad, por cuanto parte del desafío del liderazgo tiene que ver también con la capacidad de instalar su proyecto en la agenda pública. No basta con confrontar dos o tres ideas, hay que explicitar y hacer competir las visiones de mundo que están tras ellas.

En fin, me parece que la democracia chilena requiere nutrirse de aquellos temas que marcan la diferencia en los proyectos de país, no en la explicación de los puntos porcentuales de diferencia que expresan los estudios de opinión. Después de todo, las encuestas deben estar al servicio de la democracia y no la democracia al servicio de las encuestas... y me perdonarán, pero no creo que ninguno de estos estudios tenga la capacidad de convertirse en oráculo.

Las crisis y las confianzas

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Juan Emilio Cheyre
El Mercurio
02/06/09

Toda crisis se vincula directamente con las confianzas. Lo vemos en las financieras, las internacionales y también en las políticas.

Hay consenso en que la actual crisis económica es fundamentalmente una "crisis" de confianza. Además de los elementos estructurales, relacionados con la regulación, es este componente de carácter sociológico y psicológico el que permite explicar la extensión casi universal de este bajón económico.

La confianza consiste en establecer relaciones en que yo deseo al otro todo el bien que quiero para mí, así como no le deseo el mal que no deseo para mí. Adicionalmente, exige que las personas crean en su interlocutor. Es un asunto vinculado a todos los ámbitos de las relaciones humanas, y, en mi experiencia, Chile cuenta con un ejemplo de la aplicación de este concepto a los hechos.

Se trata del caso de las relaciones militares entre Chile y Argentina, y el denominado proceso de generación de confianzas mutuas, proceso similar al que en Europa permitió transformar en socios a quienes, por siglos y hasta fecha reciente, habían sido los peores enemigos. Fui testigo de que en corto tiempo se desentramparon diferencias profundas.

La historia común entre nuestro país y Argentina no es ni tan larga ni tan dramática como la de los europeos. Sin embargo, los antagonismos casi nos llevaron a la guerra; de allí que los avances logrados sean especialmente valiosos, considerando que Chile tiene -según toda encuesta- una muy baja confianza "en y de" sus países vecinos, con una tendencia a la mutua desconfianza.

Por nuestra parte, somos un país desconfiado, y así lo muestra, entre otras mediciones, la encuesta Ecosocial. Su conclusión es que la mitad de los chilenos desconfía del Gobierno, mientras que 4 de cada 10 chilenos no confían en la Presidenta, 7 de cada 10 no confían en el Congreso y 8 de cada 10 no confían en los partidos políticos.

La misma falta de confianza que hemos visto en los distintos actores económicos durante la crisis global del mundo se presenta en la política contingente. Me refiero al agotamiento, desarticulación y desmembramiento que muestra la Concertación. El síntoma: la aparición de los cuatro candidatos concertacionistas no oficiales: Arrate, Enríquez-Ominami, Navarro y Zaldívar. Está claro que ninguno de ellos confía en el proyecto del otro y todos desconfían de Frei.

Constituye una demostración de que el proyecto político que logró dar estabilidad a nuestro proceso de transición hacia la democracia ya alcanzó su objetivo, no ha sido capaz de ofrecer un nuevo plan que consiga la adhesión y, por lo tanto, la confianza de sus integrantes. El pacto partidista que logró reunir a políticos de distinto signo e inclinación ideológica, gracias a la confianza compartida basada en metas comunes por alcanzar, hoy está agotado.

Al otro lado de nuestro horizonte político, la Alianza, quizás en su mejor momento gracias al trabajo iniciado por "la dupla Larraín", tiene el desafío de mantener y fortalecer la confianza entre aliados que no se habían caracterizado por ello.

Renovación Nacional, la UDI y Chile Primero en la Coalición por el Cambio encuentran su mejor activo en un candidato que demuestra una voluntad de dar forma a un proyecto para la nueva etapa. Sin embargo, más importante es ampliar los espacios de participación buscando generar confianza de la gente en que Piñera será capaz de armonizar visiones distintas tras un ideal compartido: que Chile alcance el nivel de país desarrollado.

Creo que en las elecciones que se nos presentan por delante, quien logre ganarse la confianza no solamente de los partidos, sino que también de la sociedad, será quien alcance el triunfo.

Como vemos, la confianza es el tema de las crisis y apuestas de futuro, tanto en la solución de los problemas económicos actuales como en la definición de la renovación del poder. En suma, cuando de crisis o de cambios se trata, la confianza pasa a ser un tema vital.