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El fin de un ciclo

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Abel Posse
LA NACION - Bs. Aires
25 - 06 - 09

¿La Argentina es un pasado o un país? Witold Gombrovicz, 1963

Se acaba la campaña política. El estruendo publicitario no pudo ocultar el silencio de debate y propuestas. Aunque se trate de una instancia legislativa, lo que hoy está en juego es el voto de desconfianza ante la grotesca conducción gubernamental, de un consorte todopoderoso y de una presidenta fantasmal, casi virtual en lo que hace a la decisión de los problemas nacionales.

La mayoría electoral siente que la extraña pareja está siendo abandonada por los dioses antárticos que los elevaron adonde nunca debieron estar. Los argentinos sentimos que esta vez no somos víctimas solamente de la mala política o de una deshonesta administración, como tantas veces, sino de una sorpresiva irrupción de psicopatología política.

Ya no es un problema de ineptitud ni de lógicas erradas. Estamos más allá, en el absurdo.

Primero se dejaron de respetar las instituciones: la Iglesia, las Fuerzas Armadas, las fuerzas policiales y judiciales, garantes del orden público. Enseguida sobrevino la suicida demolición de la fuerza productora más eficaz en esta crisis mundial, que es la del campo, con toda la vasta red de intereses colaterales, esa trama de vitalidad y existencia que va mucho más allá del esquema exclusivamente económico. Y ahora está en jaque el poder industrial, con la invasión de empresas a partir de los fondos tomados a las AFJP.

Tal vez, como lo afirmó una candidata, se lleva al campo a la desesperación, creando un mercado de precio bajo para acumular miles de hectáreas y consolidar un enorme fideicomiso exportador de primera importancia mundial.

K es más bien un leninista aficionado, suburbano y tenaz. Acapara los "medios de producción" con sus amigos (tierras, empresas intervenidas, sistema financiero, telecomunicaciones, minería), pero su fin no es la creación de un socialismo, sino de un sistema económico similar al de una gigantesca corporación. No quiere ser Lenin, sino alguien como Slim. Parece que quisiera un superpoder económico personal y dejar la economía por encima de la política. Es un delirio de supercapitalista. De un Rockefeller de las pampas.

Pero la crisis se le adelantó a su adelantamiento de las elecciones de octubre. Como un conspirador ingenuo, la bomba le estalló entre las manos antes de tiempo.

Aunque parezca extraño, su verdadero designio era el de un capitalista empedernido. Y no se cumplió su sueño, pero nos quedaron realidades de pesadilla.

Todos nosotros estamos inmóviles, en una democracia secuestrada.

Por eso estas elecciones conllevan una esperanza de renacimiento.

Somos, internacionalmente, un mamarracho. Un país perturbador, agresivo. Un país rico que juega a la miserabilización (pero en el que se enriquecen amoralmente sus dirigentes). Nadie puede entender nuestra autodestrucción. Tomamos nota en exclamaciones teleperiodísticas cotidianas, pero seguimos inmóviles, sin poder actuar, paralizados por el ángel exterminador de Buñuel.

Alfonsín dijo que con la democracia se vive, se come y se educa. Pero su democracia impotente llevó a su gobierno a una hiperinflación monstruosa y tuvo que abandonar el poder anticipadamente. Ahora, en esta descarada seudodemocracia K, se roba, se padece pobreza y hambre para un tercio de la población y los padres de familia pueden morir asesinados por chicos que les vacían el cargador con los ojos nublados por el paco que todas las madres angustiadas saben dónde se vende (pero no los fiscales, los policías ni los intendentes).

No basta lo que los argentinos creen que es democracia . Se necesita coraje para gobernar y enfrentar el mal y la infamia. Los asesinos de ayer, en un verdadero triunfo gramsciano a través de la ambigüedad y el culpismo ideológico de Kirchner, lograron que hoy no haya policía actuante, como en todos los países del mundo. El policía sale a la calle con más temor a tener un proceso y un castigo administrativo que los jóvenes asesinos, apañados por los garantistas que pagan el lujo de su humanismo con la vida de los otros, los que mueren cada día o se refugian en sus casas enrejadas.

La ministra Argibay, que defendió emocionada ante la TV a los pobres chicos asesinos, debería estar informada de lo que pasó en 1932 en la Rusia soviética con las bandas de jóvenes criminales, producto del desastre de las campañas socializantes contra los pequeños propietarios agrarios. Eran los llamados "niños lobo". El Politburó estableció que no eran niños asesinos, sino asesinos niños que había que combatir con toda energía y luego recuperarlos, si se podía. Establecieron que eran imputables a partir de los doce años. La ministra debería leer lo que ocurrió en China en 1949 con la asunción de Mao y en Estados Unidos en los años 30. El interés prioritario por defender es la vida del inocente; luego vendrá la recuperación del criminal.

Lo grotesco y la cobardía ganaron esta campaña electoral. Sin embargo, el pueblo al votar va a unificar lo que no supieron unir los políticos, cuyo egoísmo, en algunos dirigentes de la oposición, los llevó a atacar más a los de su vereda que a K mismo, pensando en posiciones para el futuro, en 2011.

Como la única fuerza organizada y con evidente gobernabilidad nacional es el peronismo, algunos se esmeraron en crear un complot, o mejor una farsa, en la que Macri, Reutemann, Puerta, Romero, Duhalde, Rucci, Solá, los Menem, Venegas, De Narváez, Busti, los de la CTA, etcétera, no esperan otra cosa que el 29 para invitar después de su triunfo a los Kirchner a tomar champagne (o sidra, si fuera el caso).

Ojalá que a la doctora Carrió no se le ocurra organizar el ágape.

Con discusión de proyectos o no, el pueblo sabrá elegir mejor que los candidatos que apoya. Elegirá el fin de un ciclo.

Se iniciará un período difícil y creador. La Presidenta deberá asumir la plenitud del poder con que la inviste la Constitución y abrir el gran diálogo nacional para iniciar, finalmente, el camino de arranque fecundo que esperamos de nosotros y el mundo espera de la Argentina.

Sin diálogo abierto con todos los sectores de la vida nacional, el gobierno de Cristina Kirchner quedaría en calidad de gobierno de transición. Los problemas son demasiado urgentes y no hay dilaciones. Se nos vienen encima las amenazas de crisis extrema que previó Kirchner cuando adelantó el plazo electoral.

Pero lo más terrible después del 28 sería la posibilidad de que un autoritarismo benigno virara a formas intimidatorias y hasta violentas. No es de descartar, porque el llamado "modelo" puede dar motivo a una agudización chavista, en el sentido de medidas intervencionistas y movilizaciones intimidatorias. Más allá de los conocidos grupos que puede movilizar K para transformar su derrota en falso triunfo plebiscitario, será de extrema importancia que la ciudadanía exprese su triunfo nacional masivamente, autoconvocándose para demostrar en la calle su victoria. Esta demostración en la noche del 28 tendría un gran poder disuasivo ante la prepotencia.

El país está intacto para enfrentar con las mejores posibilidades este tiempo de crisis. La conducta aislada y superada de K no puede persistir al quedar rechazada por la gran mayoría nacional y la Presidenta queda enfrentada a la obligación de conducir con un nuevo estilo y desde el consenso imprescindible.

Una secreta fe recorre la Patria, humillada y vejada por la patanería y la incalificable destrucción de su riqueza más comerciable en esta crisis mundial y nacional. Hay que responder al amigo Gombrovicz, que se iba a Catamarca a buscar la pureza de la Argentina profunda cuando lo intoxicaba la tilinguería de Buenos Aires.

Gombrovicz: usted quería a la Argentina y se indignaba con ella, como nosotros. Pero no somos un pasado ni una rémora. Somos como esa Ferrari Testarossa que un palurdo ganó en una rifa de fin de año y no sabe ponerla en marcha. Somos un purasangre maneado que ansía lanzarse otra vez a galopar con el viento levantándole las crines y zumbándole en las orejas. Queremos volver a ser el país en el que usted desembarcó viniendo de la Polonia asolada, exterminada por el terror, y donde encontró la paz de sus partidos de ajedrez en la confitería del Rex o en La Fragata.

La Argentina quiere volver a su felicidad. A ese país primero posible y después grande que en tres décadas se ubicó entre los diez más exitosos países del mundo y donde se creó un sistema educativo que acabó con el analfabetismo en el nivel nacional, antes que Estados Unidos y la misma Francia, como lo acaba de declarar Vargas Llosa.

No queremos administradores tristes. Queremos convocarnos con un viento de fe y de grandeza. Queremos un Renacimiento y no una administración de la mediocridad. Queremos esa pasión que unió a Roca, a Yrigoyen, a Perón, a Frondizi. Un sentimiento compartido de Patria.

Las elecciones aparentemente menores del 28 de junio son para nosotros el fin de un ciclo de resentimiento y la apertura hacia esa llamarada, esa voluntad de gran destino que hizo de este país una maravillosa posibilidad de vida, pese a las contradicciones y los límites de la condición humana en su universalidad.

El autor es novelista y diplomático

El dilema del poskirchnerismo

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De Mariano Grondona*

* Periodista desde hace más de cuarenta años, es conductor del programa televisivo Hora Clave desde 1989 y columnistas de temas políticos en el diario LA NACION.

Es abogado y realizó estudios de sociología en la Universidad de Madrid y de Ciencia Política en el Instituto de Estudios Políticos de la misma ciudad española.

Profesor adjunto de Derecho Político en la UBA hasta 1987 y titular de Teoría del Estado entre ese año y 1999, fue académico y profesor visitante e investigador asociado en la Universidad de Harvard, y enseña actualmente en la Universidad Cema.

Además, es autor de varios libros, entre ellos Los pensadores de la Libertad, Bajo el imperio de las ideas morales, La Corrupción, La Argentina como vocación, y Las condiciones culturales del desarrollo económico.















La palabra latina post significa "detrás de" o, como vamos a usarla aquí, "después de", por ejemplo, en la composición de la palabra "postre", que alude al plato complementario, por lo general dulce, que viene después del plato principal. Supongamos, sin embargo, que los comensales invitados a un banquete, si bien saben que habrá postre, aún ignoran en qué consistirá, y que, por lo tanto, saben y no saben a la vez lo que significará para ellos "post". Esto es lo que nos pasa a los argentinos de cara al poskirchnerismo.

Cuando en un análisis histórico conocemos lo que vino después de una época determinada, ya no le anteponemos "pos-" porque podemos darle la precisión de un nombre.

No denominamos a la época del Renacimiento "posmedieval", porque conocemos el desarrollo de esos maravillosos siglos XIV al XVI, durante los cuales la cultura europea floreció bajo el impulso del Renacimiento -de ahí su nombre- de la tradición grecorromana.

Utilizamos el prefijo "pos-", en cambio, cuando, aunque ya sabemos que amanece una nueva época, no podemos ponerle un nombre preciso porque todavía ignoramos cuál será su argumento. "Post" alude, en estos casos, a una certeza acompañada por una incertidumbre: la certeza de que amanece y la incertidumbre acerca de lo que traerá el nuevo día que apenas asoma detrás de tímidas nubes.

A estos indecisos amaneceres los llamamos "post". ¿En qué se transformarán en pleno día? Todavía no lo sabemos. Todavía no le hemos ofrecido una clara definición, por ejemplo, al tiempo que sigue a los tiempos modernos, y por eso lo llamamos vagamente "posmoderno". De él sabemos que ha venido después de la Edad Moderna, y de esta edad ya conocemos la revolución científica, tecnológica y política que acarreó consigo; sus inventos, sus descubrimientos, sus revoluciones y sus guerras.

Sabemos todo lo bueno y lo malo que nos trajo la modernidad pero, como estamos inseguros de lo que la sucederá, la llamamos provisional, tentativamente, "la posmodernidad".

Algo similar nos pasa a los argentinos con el poskirchnerismo. Sentimos que el período de crecimiento económico y despotismo político que acompañó a Néstor Kirchner desde 2003 se está agotando. Pero ignoramos todavía tanto la fecha exacta de su extinción como el contenido concreto del período que lo reemplazará.

¿El poskirchnerismo nacerá acaso en este año electoral de 2009 o sólo irrumpirá en los comicios presidenciales de 2011? Pocos creen que el poder de Néstor Kirchner pueda perdurar más allá de esta última fecha, pero la incertidumbre también tiene un límite, porque, a la inversa de nuestras dudas acerca de la posmodernidad, cuyo inmenso contorno nos excede, los argentinos podemos hacer algo, quizá mucho, acerca del poskirchnerismo, no tanto para acelerarlo como para conformarlo, para darle forma, convirtiéndolo en un nuevo episodio fallido, como fue la Alianza a partir de 1999, o llevándolo, al contrario, al umbral de la historia grande, emulando, en este caso, a la generación alberdiana de 1853.

La idea inicial de un libro con este tema que presento al lector nació junto con un artículo que publiqué en LA NACION, el 2 de noviembre de 2008, con el título de Una introduccción básica al poskirchnerismo . Al escribirlo, partí de la premisa de que, a lo largo de sus doscientos años de historia, la Argentina conoció tres instancias en las cuales todo el poder se concentró en un solo hombre: entre 1829 y 1852, Juan Manuel de Rosas; entre 1945 y 1955, Juan Domingo Perón y, de 2003 hasta ahora, Néstor Kirchner.

Por supuesto, aún no sabemos cuál será el contenido concreto del poskirchnerismo, pero ya sabemos, en cambio, lo que pasó después de Rosas y después de Perón. La Argentina que sobrevivió a Rosas fue un éxito tan largo como extraordinario, porque nos dio un sistema político republicano y, finalmente, democrático y un desarrollo económico sin par hasta su insensata interrupción en el golpe militar de 1930, nada menos que 78 años después.

La Argentina que sobrevivió a Perón fue, al contrario, un fracaso cuyas sombras se han prolongado hasta ahora. ¿Por qué este dramático contraste? Porque después de Rosas vino lo que podríamos llamar el transrosismo, que dio a luz un nuevo proyecto nacional, encarnado en una nueva Constitución, mientras lo que vino después de Perón fue apenas la breve e incierta prolongación del antiperonismo, cuyo ciclo el propio Perón se encargaría de cerrar en 1973, cuando, al abrazarse con Balbín, intentó enterrar sin conseguirlo el odio entre los argentinos que había resucitado en los fatídicos años setenta, con los montoneros en una trinchera y los militares en la otra.

Esta dura comprobación explica lo que he querido hacer en el libro, en el que me pregunto si a los argentinos de hoy nos será posible emular a los fundadores alberdianos que nos dieron desarrollo político y económico durante casi ochenta años o si recaeremos, más que en un único fracaso, en uno más de los doce fracasos sucesivos que han congelado nuestro desarrollo desde 1930 hasta 2009, por otros ochenta años.

¿Será, entonces, el período que asoma detrás de Kirchner un tiempo verdaderamente nuevo o una triste reiteración de los anteriores?

Precisando esta pregunta, después del previsible ocaso de Kirchner, ¿daremos un precario nacimiento a un poskirchnerismo que apenas será una prolongación necesariamente breve del "antikirchnerismo", que podría triunfar sólo precariamente sobre el déspota actual, o acometeremos, al contrario, la epopeya de lanzar un nuevo sistema que brinde a la Argentina una larga etapa de éxito institucional y económico comparable a la del "transrosismo? El poskirchnerismo que viene, en suma, ¿podrá escalar la empinada cuesta que lleva al "transkirchnerismo"?

En el curso de este ensayo he procurado explorar no sólo las avenidas, sino también los pasos de montaña del poskirchnerismo. Confío en que este esfuerzo, que creo honesto, pero insuficiente, anime a otros a profundizarlo, porque la tarea que los aspirantes al "transkirchnerismo" tenemos por delante no podría ser la obra de una o de varias plumas, sino de una entera generación. Alberdi nos inspira, pero no está entre nosotros. ¿Seremos capaces de sumar entre todos un "Alberdi colectivo"? ¿Podremos emular, en el terreno político, la hazaña que viene de consumar Mercedes Sahores al ser la primera argentina en escalar el Everest?

Al intentar su hazaña, Mercedes quizá pensó en algún momento que su empeño la excedía. El principal escollo que podríamos encontrar los argentinos de mi generación, y de la que viene pisándole los talones, no es tanto la exigencia fundacional de un nuevo comienzo, sino también, y sobre todo, la larga memoria de nuestros anteriores fracasos. De 1930 a 2009, doce gobiernos pretendieron un nuevo comienzo sin que los conservadores, los radicales, los peronistas y los militares pudieran, unos tras otros, concretarlo.

Esta seguidilla de abortos institucionales que han jalonado nuestros últimos ochenta años a través de los más diversos protagonistas y los más diversos métodos, han instalado entre nosotros el virus del derrotismo. Como todas y cada una de las etapas de estas pretendidas refundaciones terminaron invariablemente mal, cada vez que alumbra un nuevo proyecto de superación lo acompaña una sospecha: que, al igual que los que lo precedieron, "no va a andar". Cercados por esta sospecha, los sucesivos protagonistas de nuestros desencantos, al descreer ellos mismos de aquello que intentaban, llegaron a pensar que la palabra "éxito" ya no significaba entre nosotros, al igual que en países que se sienten exitosos, como Brasil o los Estados Unidos, el éxito puro y simple de sus empresas, sino otro resultado mucho más modesto, porque, si no vamos a lograr lo que pretendemos, siempre será posible echarle la culpa del fracaso a algún rival.

La culpa por lo que encontró Kirchner, ¿no la tiene, acaso, Menem? La culpa por las dificultades que encontraron los gobiernos civiles, ¿no provino de los militares? La culpa por aquello con lo que debieron lidiar los antiperonistas, ¿no nació, acaso, de los peronistas, y viceversa? La culpa por los males que encontró en su momento el radicalismo, ¿no fue conservadora? La vida política argentina de las últimas décadas ha sido, gracias a esta reiterada echazón de culpas, como una serpiente que se muerde la cola.

Hace tanto tiempo que ningún político, que ningún partido, puede adjudicarse el mérito de haber triunfado en medio del reconocimiento general, que entre nosotros "el éxito" ha dejado de ser, simplemente, el éxito, para convertirse en la capacidad de alegar que el fracaso ha acontecido por culpa de algún otro. Culpable tras culpable, todos los protagonistas del largo estancamiento argentino que nos hizo retroceder de la vanguardia a la retaguardia de la caravana de las naciones en los últimos ochenta años han debido recurrir a esta treta, a este escape, que al fin nos ha envuelto a todos.

Que nuestra generación y la que asoma talones tengan la audacia de pretender esta vez un éxito tan fenomenal como el de las generación alberdiana de los Urquiza, los Mitre y los Sarmiento será, quizá, la mayor de sus dificultades. Exponerlo en un libro es, en el fondo, una apuesta a que los argentinos podremos enfrentar entre todos y desde todo lugar el dilema del poskirchnerismo, recuperando -pese a las negras memorias- el pasado, la olvidada virtud del optimismo. Lo más difícil de la nueva etapa que asoma por detrás del agotamiento del modelo kirchnerista será, entonces, osar. Pese a los sinsabores del pasado reciente, ¿nos atreveremos a hacerlo? El mayor argumento en favor de la audacia que deberemos desplegar los argentinos de esta generación y de la que nos viene pisando los talones es que, si no nos animamos a saltar, a escalar la historia, nos veremos obligados a repetirla.


La Nación de Buenos Aires, Martes 26 de Mayo 2009, Opinión