Joseph S. Nye Jr.
La Tercera
14/09/2009
Según las proyecciones del Consejo Nacional de Inteligencia de EEUU, en 2025, el dominio americano habrá "disminuido mucho". El presidente ruso, Dmitri Medvedev, ha considerado la crisis financiera de 2008 una señal de que el predominio mundial de EEUU toca a su fin. ¿Cómo podemos saber si esas predicciones son correctas?
Debemos desconfiar de las engañosas metáforas relativas a la decadencia orgánica. Los países no son como los seres humanos, con duraciones de vida previsibles. Por ejemplo, Roma siguió en posición dominante durante más de tres siglos después del apogeo del poder romano. No sucumbió ante otro Estado: sufrió una muerte lenta tras mil ataques de tribus bárbaras.
De hecho, pese a las predicciones de moda acerca de que China, India o Brasil superarán en los próximos decenios a EEUU, la transición clásica del poder entre los grandes estados puede ser un problema menos grave que el ascenso de bárbaros modernos: en un mundo basado en la información y con inseguridad cibernética, la difusión del poder puede ser una amenaza mayor que la transición del poder.
Así, pues, ¿qué significará el ejercicio del poder en la era de la información? ¿Qué recursos producirán poder? El saber tradicional siempre ha sostenido que el Estado dotado con el mayor ejército prevalece. Pero en una era de la información el Estado (o una entidad no estatal) que disponga del mejor relato, puede ser el que venza.
El poder siempre depende de las circunstancias. A mediados del siglo XX, Stalin preguntó en tono despreciativo cuántas divisiones tenía el Papa. Cuatro decenios después, el Papado seguía intacto, mientras que el imperio del líder ruso se había desplomado.
En el mundo actual, la distribución del poder se parece a un juego de ajedrez de tres dimensiones. En el tablero de arriba, el poder militar es, en gran medida, unipolar y es probable que EEUU siga siendo la única superpotencia durante algún tiempo. Pero en el tablero del medio, el poder económico, ya lleva más de un decenio siendo multipolar, donde EEUU, Europa, Japón y China son los jugadores más importantes.
El tablero de abajo es la esfera de las transacciones transfronterizas que escapan al control estatal. Forman parte de él diversos protagonistas no estatales, como, por ejemplo, banqueros que transfieren electrónicamente sumas mayores que la mayoría de los presupuestos nacionales. En el otro extremo, terroristas que transfieren armas o piratas informáticos que son una amenaza para la seguridad cibernética. También están amenazas como las pandemias y el cambio climático.
En ese tablero de abajo, el poder está muy disperso y carece de sentido hablar de unipolaridad, multipolaridad o hegemonía. Incluso después de la crisis financiera, es probable que el vertiginoso ritmo del cambio tecnológico siga impulsando la globalización y las amenazas transnacionales.
El problema del poder americano en el siglo XXI es que cada vez hay más cosas que escapan al control de, incluso, el Estado más poderoso. Aunque EEUU tiene un buen rendimiento en materia militar, muchas cosas escapan a este ámbito.
No basta con concebir el poder sobre los demás; también, el poder para alcanzar objetivos. Respecto de muchas cuestiones transnacionales, conceder poder a los demás puede contribuir a la consecución de los objetivos propios. El problema del poder americano en el siglo XXI no es el de la decadencia, sino el de la necesidad de reconocer que incluso el país más poderoso no puede lograr sus fines sin la ayuda de los demás.
El poder americano en el siglo XXI
Etiquetas: Economia, Estados Unidos, Joseph Nye, Realismo, Relaciones Internacionales, Seguridad, Sociedad Internacional 0 comentariosPublicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 10:39 p. m.
Gasto fiscal: ¿Hacia dónde vamos?
Etiquetas: Chile, Economia, Gobierno, Opinión 0 comentariosRossana Costa
La Tercera
25 - 06 - 09
La caída del tipo de cambio es un golpe para una economía abierta como la nuestra, que dificultará la salida de la crisis, en la medida en que caen los retornos por nuestras exportaciones y que la industria sustituidora de importaciones pierde competitividad. El nivel del tipo de cambio multilateral está por debajo de su promedio, pese a que tenemos un déficit de cuenta corriente que ameritaría niveles más altos.
Tenemos dos causas. La primera de corto plazo, asociado a la venta masiva de divisas que escogió erróneamente Hacienda como estrategia de financiamiento. La segunda, asociado a una expansión del gasto público que como porcentaje del producto pasó desde el 18% en 2006 a 25% en 2009. Se trata de unos US$ 15 mil millones corrientes adicionales en sólo cuatro años.
Una acumulación bruta de ahorros por US$ 35 mil millones (en tres años), de los cuales US$ 10 mil millones se usaron para amortizar deuda, se explica por la bonanza del cobre, pero convive con monumentales pérdidas en empresas del Estado, con debilidades de gestión y una política de expansión del gasto como la señalada. Entonces, ¿cómo se explica un incremento del gasto público de 9,5% real en promedio, tasa que duplica el crecimiento del producto de tendencia, si teníamos una regla fiscal de prestigio inigualable?
La respuesta se ha buscado en la expansión contracíclica del gasto público en 2009 y en el paquete de medidas de enero. Pero hasta ahí había equilibrio estructural transitorio. Fue la decisión de gastar el mayor poder adquisitivo, consecuencia de la menor inflación, lo que llevó a rebajar el déficit estructural a 0,8% del producto (este es el déficit estructural de no mediar un oportuno cambio metodológico), nivel equivalente al alcanzado en 1999. Se decide ex ante no cumplir la meta y, por lo tanto, no es comparable con dispersiones ex post, fruto del mejor esfuerzo por cumplir.
La regla fiscal, que venía enferma, se fue a la UTI. Pasó a ser impredecible y, por lo tanto, ya no puede satisfacer el rol de orientar expectativas ni de frenar presiones futuras.
Pero el problema es anterior. Surge cuando se aceptó usar una serie de fórmulas contables ingeniosas. Frente a la crisis del transporte la respuesta fue dar crédito, incluso a las regiones que no tienen ingresos propios para reembolsarlos, lo que contablemente no se medía en el gasto del gobierno. Frente al incremento del precio del petróleo se usó el financiamiento a través de Enap con el mismo efecto. Un velo contable y una bonanza que creímos no terminaría. Algo así les pasó a los mercados en otras regiones.
La necesidad de renunciar a esos mecanismos (empujado por las circunstancias) y la crisis fueron una presión incontenible. Si revisamos la contabilidad e imputamos los gastos como y cuando corresponde, el incremento del gasto gubernamental en 2009 sería de 11,4%, bastante alto y aún por sobre el 10% de 2008, y el no despreciable 9,9% de 2007. Esta es la historia que, hasta hace poco, había pasado casi desapercibida.
A este gobierno se le va a honrar por haber ahorrado buena parte de la bonanza del cobre, pero no por un esfuerzo en el control del gasto ni en su eficiencia, así como tampoco por guardar especial respeto por la regla fiscal. Se le puede agradecer una solidez fiscal asociada a los ahorros que queden, pero se le mirará con más distancia cuando en unos meses se internalicen los efectos para el 2010.
El crecimiento del gasto público se frenará abruptamente y se revertirán algunas rebajas tributarias, en un período de leve repunte mundial, espacio que deberá ser llenado por un sector privado todavía débil.
Publicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 2:35 a. m.
Cambio climático: una agenda desacoplada
Etiquetas: Chile, Economia, Medio Ambiente, Opinión, Organismos Internacionales 0 comentariosAldo Cerda
La Segunda
18/06/09
Cuando no terminan aún de decantarse las reacciones contrarias a una propuesta desafortunada para la implementación del Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas, la agenda de Copenhague referida a los compromisos de reducción de gases efecto invernadero para el período post-2012 amenaza con imponer restricciones mucho mayores a la economía nacional, sin un debate público ni menos un consenso.
El trabajo de muchos profesionales vinculados con la aceptación de Chile como miembro de la OCDE los ha hecho sensibilizarse de la agenda de cambio climático de los miembros de ese club. En el último año es posible constatar una resignación de su parte respecto a que debiéramos aceptar compromisos de reducción de emisiones, sobre todo con el precedente de México, que acordó bajar las propias en un 50% al 2050.
El único estudio disponible muestra que las emisiones de Chile más que se triplicarían al 2030, producto de la intensificación en el uso de carbón y del crecimiento del sector transporte. Aun cuando bajo cualquier criterio enfrentaremos un escenario de negociación complejo, la experiencia de España, que lo hizo sin información base de las consecuencias que tendría su compromiso de reducción de emisiones en el Protocolo de Kyoto —y que le significó luego un brutal impacto económico, ya que debió imponer costos gigantescos de transformación de su parque energético—, debiera alertarnos.
Hasta la fecha, el sector privado ha visto el tema de cambio climático más como una oportunidad derivada de la existencia de un difuso mecanismo de "mercado del carbono", y sólo recientemente algunos sectores han comenzado a preocuparse por la creciente demanda de informar acerca de la huella de carbono de sus productos, avizorando que el paso siguiente apunta a la reducción sistemática del mismo. ¿Sabrán que, tanto como reducción de emisiones a nivel país, también se han propuesto reducciones por sectores específicos?
Gran Bretaña ha definido como objetivo reducir en 80% sus emisiones al 2050. Resulta provocadora la visión de un país que usó la disponibilidad de carbón barato como base de la revolución industrial y que hoy apuesta a construir ventajas competitivas en la descarbonización. Mientras tanto, sin estudios de base, sin política y sin diálogo relevante, Chile dispone de menos de cinco meses para enfrentar Copenhague. No nos extrañemos de que la improvisación nos haga hipotecar parte importante de nuestra competitividad futura.
Publicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 1:27 a. m.
La salida de la crisis
Etiquetas: Crisis Económica, Economia, Opinión, Sociologia 0 comentariosIGNACIO SOTELO
El Pais - España
18/06/2009
Frente a la economía clásica que postulaba un ajuste automático entre producción y demanda, Marx fue el primero que se refirió a la sobreproducción para dar cuenta de las crisis. El afán de beneficio lleva a aumentar la producción hasta mucho más allá de la capacidad de compra, no de consumo, con lo que se hace patente la paradoja de que sean invendibles mercancías y servicios de los que carecen una buena parte de la población.
Cierto, Marx no llegó a confeccionar una teoría acabada de la crisis, pero en su correspondencia encontramos observaciones abundantes, tanto sobre las crisis vividas como las que vaticinaba y luego no acababan de fraguar, llegando al convencimiento de que, inherentes al modo de producción capitalista, serían cada vez más frecuentes y de mayor calado hasta terminar por derribarlo.
La socialdemocracia del último tercio del siglo XIX pudo así instalarse cómodamente a la espera de que la próxima crisis fuese la definitiva. Marx acertó en vincular las crisis periódicas al capitalismo, pero desde el supuesto de un descenso continuo del beneficio del capital no pudo prever que, al desembocar las crisis en un nuevo periodo de crecimiento económico, en vez de contribuir al derrumbe del sistema, en el fondo lo fortalecen. Después de las muchas y graves crisis vividas, los países capitalistas eran mucho más ricos a finales del XIX, permitiéndose incluso un aumento considerable de los salarios que desmentía el pronóstico de la pauperización progresiva, como factor decisivo del irremediable desplome del capitalismo.
Al no desmoronarse, se impuso el "revisionismo" de un Bernstein convencido de que si la clase obrera lograra integrarse en un Estado democrático -a fin de cuentas, el factor que hacía obsoleta la revolución- podría también beneficiarse de la inmensa capacidad de crecimiento que el capitalismo despliega.
La diferencia fundamental con la crisis de 1929 es que muy pocos conectan la actual con el fin del capitalismo. Entonces, con una Unión Soviética en rápido proceso de industrialización, una alternativa al capitalismo parecía verosímil, y para muchos incluso deseable; en cambio hoy predomina la creencia de que, antes o después, se saldrá de la crisis, arribando a una nueva etapa de prosperidad.
No ha disminuido la confianza en el orden económico establecido, ni siquiera en las instituciones financieras responsables de la catástrofe. Lo explicaría una segunda diferencia fundamental: el mundo desarrollado es hoy incomparablemente más rico que el de los años treinta.
Desde la altura alcanzada resultan soportables los descensos previsibles en el nivel de vida de
los distintos sectores sociales, incluso de los más bajos, sobre todo en la Europa comunitaria, donde gozamos de una amplia protección social.
Con la recesión de 1929 cabía pensar que la idea de un desarrollo equilibrado del capitalismo había perdido credibilidad. La nueva reflexión keynesiana se centró en el paro -un desequilibrio constante entre recursos disponibles y recursos ocupados, que constituye una de las grandes lacras, y el mayor lastre, del capitalismo- y en las medidas que habría que tomar para acelerar la salida de las crisis periódicas, debidas a que, mientras se obtenga ganancia en la fabricación de una mercancía, aumentará la producción hasta superar con mucho la demanda. Un plazo de tres a cinco años calculaba Keynes que se necesita para recuperar la "eficiencia marginal del capital". Obsérvese que el crítico inglés del laisser faire también explica las crisis por la sobreproducción, pero, a diferencia de Marx, su sentido no es la destrucción del capitalismo, sino restablecer las condiciones para que funcione. Con todas sus ventajas -la mayor, su enorme capacidad de producir riqueza-, el capitalismo, sin embargo, no marcha sin una intervención reguladora impuesta desde fuera.
En los años ochenta resurge la economía neoclásica, empeñada de nuevo en que el mercado se autorregula, con lo que vuelve a cuestionarse la inestabilidad inherente al sistema, y con ella el keynesianismo. Por un lado, la crisis desaparece del horizonte, y con ella todas las medidas para combatirla; por otro, el paro se reduce a una dislocación coyuntural que se soluciona acoplando los salarios al mercado.
Aunque no faltaron voces anunciando lo que se nos venía encima -no todos los economistas eran ni son neoliberales-, las instituciones bancarias y sobre todo los Gobiernos quedaron fascinados por una "ciencia económica" que, a la vez que legitimaba los intereses de los pudientes, parecía favorecer a todos con unos índices de crecimiento fabulosos. Se silenciaron las voces de alarma, arrojando a Marx y a Keynes al basurero de la historia. Disentir de la economía neoliberal no era más que señal manifiesta de ignorancia. Efectivamente, la crisis cogió de sorpresa a todos los que habían creído en la autorregulación de los mercados, y en primer lugar a los Gobiernos, sus más obtusos defensores.
Se comprende que la primera reacción se insertase en la ideología dominante. El ministro de Hacienda de Estados Unidos, Hank Paulsen, que provenía del mundo de las finanzas, convencido de que el mercado haría las correcciones oportunas, permite que el Lehman Brothers quiebre en septiembre de 2008. A los pocos días la amenaza de bancarrotas en cadena de innumerables instituciones bancarias destroza en un instante toda la ideología neoliberal del mercado.
No se divisa otra salida que el Estado aporte cantidades ingentes para salvar el sistema, llegando hasta romper el último tabú de nacionalizar la banca, si fuera preciso. Y lo más sorprendente es que a pocos sorprende que la mayor parte de la sociedad haya asumido las ingentes ayudas a los bancos y a las grandes empresas, que ahora reclaman las medianas y las más pequeñas, con tal de salvar un capitalismo que ya muy pocos ponen en tela de juicio.
Retornan algunas medidas de la política keynesiana de superación de la crisis, dirigidas a aumentar con fuertes inversiones públicas la demanda, a cuyo fin se tolera un altísimo endeudamiento que, sin embargo, se rechaza para subir los salarios y las prestaciones sociales, que acrecentarían también el consumo interno.
El desequilibrio social, como no cabría esperar otra cosa, marca también las medidas anticrisis. La política que hasta ahora se ha puesto en marcha, por muy distinto que a veces sea el discurso, pretende que a la salida del túnel el capitalismo se mantenga como hasta ahora, con un mínimo de regulaciones gravosas que, en todo caso, se espera que sean temporales, descartando cualquier política de empleo que implique el control social de las inversiones. Tan lejos no llega el keynesianismo remozado.
Mientras el Gobierno español se esfuerza en aplicar un keynesianismo bastante descafeinado, pero que recupera elementos perdidos de la socialdemocracia, uno no sale de su asombro al comprobar que el PP, proponiendo más de lo mismo, no haya logrado desprenderse ni un ápice del neoliberalismo que nos ha llevado al desastre: recorte del gasto público, recalcando los peligros del endeudamiento estatal, aunque no por ello deje de apoyar las ayudas a los bancos y las empresas; rebajar los impuestos para aumentar consumo e inversiones, en vez de subir los salarios y los gastos sociales; reforma laboral que facilite el despido para luego poder contratar a la baja un mayor número de desocupados... El PP sigue confiando en el mercado sin plantear siquiera la cuestión clave, qué política económica habría que poner en marcha para cambiar el modelo productivo.
Ignacio Sotelo es catedrático excedente de Sociología.
Publicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 1:12 a. m.
Una sola atmósfera, un solo planeta
Etiquetas: Economia, Medio Ambiente, Opinión, Relaciones Internacionales 0 comentariosAlieto Guadagni
Para LA NACION (Arg)
17/06/2006
En octubre de 2006 el gobierno del Reino Unido presentó su documento sobre cambio climático, conocido como "Informe Stern", en el cual se describen los eventos negativos que podrían acontecer si no se pone coto al crecimiento de las emisiones contaminantes. En el capítulo sobre América latina se advirtió sobre el riesgo que corre el abastecimiento de agua de poblaciones andinas, por la reducción de los glaciares. Las ciudades de Lima, Quito y La Paz son mencionadas como las más vulnerables. Además, se pronosticó, en este documento publicado hace más de dos años, que la "transmisión del dengue es probable que se multiplique entre dos y cinco veces hacia 2050 en muchas partes de América latina; y es probable que áreas nuevas de transmisión aparezcan en la región sur del continente americano". La actual epidemia de dengue parece corroborar esta advertencia, hecha ya hace tiempo, y que parece directamente dirigida a nosotros.
El mundo enfrenta hoy la amenaza del cambio climático, por eso las naciones están discutiendo acuerdos para mitigar sus efectos nocivos. Pero estas discusiones serán complejas por la magnitud de los intereses en juego. Recordemos que, en 2005, entró en vigor el Protocolo de Kyoto, de manera que los objetivos de reducción de emisiones se convirtieron en compromisos internacionales. En el marco de este acuerdo, 38 países industrializados se han comprometido a reducir, entre 2008 y 2012, sus emisiones de gases de efecto invernadero un 5,2 por ciento por debajo de los niveles de 1990 (lamentablemente, el mayor contaminador mundial, Estados Unidos, se negó a ratificar el Protocolo).
En diciembre de 2007, las naciones que suscribieron la convención marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático resolvieron que este año se reunirán en Dinamarca para lograr un nuevo acuerdo.
Las negociaciones que se avecinan serán complejas por tres circunstancias. Primero, los países industrializados con compromisos de reducción de sus emisiones representan apenas el 28 por ciento de las emisiones mundiales. Segundo, Estados Unidos, que es el principal contaminador mundial, no asumió ningún compromiso internacional de reducción (21 por ciento del total de emisiones). Y, en tercer lugar, el mundo en desarrollo no está obligado a realizar reducciones de sus emisiones, que alcanzan el 50 por ciento del total (China ya es el segundo país contaminador, con el 20 por ciento de las emisiones totales).
El panorama de las negociaciones se complica por tres motivos. Primero, en las próximas décadas más del 80 por ciento del incremento en las emisiones será responsabilidad del mundo en desarrollo (China sola causará el 45 por ciento del aumento esperado); en esta etapa de la globalización, el mundo emergente acorta las distancias con el mundo industrializado.
El segundo hecho tiene que ver con la historia de los últimos siglos. La acumulación de gases en nuestra atmósfera es responsabilidad de las naciones que lideraron la Revolución Industrial desde fines del siglo XVIII. Europa y Estados Unidos representan apenas el 12 por ciento de la población mundial, pero han sido responsables del 70 por ciento de los gases acumulados hasta hoy.
En tercer lugar, la negociación se complica aún más cuando se consideran las enormes diferencias en las emisiones por habitante, es así como un alemán contamina 100 veces más que un etíope, un norteamericano el doble que un alemán y 5 veces más que un chino, y un inglés el doble que un argentino. Por esto, Kevin Watkins, director de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, pudo expresar: "Si los habitantes del mundo en desarrollo hubieran generado emisiones de CO2 per cápita al mismo ritmo que los norteamericanos, necesitaríamos la atmósfera de nueve planetas Tierra".
Cuatro propuestas permitirían afrontar este desafío: 1) Establecer globalmente un impuesto a las emisiones de CO2, para abatirlas o limitar con cupos cuantitativos las emisiones. 2) Normas técnicas universales más exigentes (vehículos, construcciones, electrodomésticos, industria y energía). 3) Apoyo a las energías limpias y a la conservación. 4) Cooperación financiera de los países industrializados (que son los responsables del actual nivel de contaminación) para que los países en desarrollo puedan afrontar la revolución tecnológica "verde" que se avecina.
Quienes proponen un impuesto universal al CO2 lo consideran un método superior a las "cuotas de emisión", sobre todo si estas cuotas se entregan gratuitamente, como ocurre en la Unión Europea, por la presión de las empresas industriales, que también están ahora ejerciendo similar presión en el Congreso de Estados Unidos.
Por estas razones, no parece que la propuesta del impuesto prospere, a pesar de que permitiría que cada nación lo recaudara para sí y le diera el destino que mejor le pareciera, por ejemplo, reducir impuestos distorsivos, como los impuestos al empleo.
El FMI ha estimado que este hipotético impuesto podría recaudar anualmente entre el uno y el dos por ciento del PBI mundial. Los proponentes de este impuesto también propician que los países en desarrollo lo puedan implementar gradualmente y que, además, reciban una parte de su recaudación para compensar el lucro perdido por preservar el recurso forestal. Es importante no destruir los bosques, porque toda la humanidad se beneficia de ellos, ya que una hectárea de bosque puede capturar hasta 500 toneladas anuales de CO2. Pero también es equitativo que los países en desarrollo donde aún existen bosques sean compensados financieramente por las naciones desarrolladas, ya que destruyeron en el pasado sus bosques y se beneficiarán en el futuro con su preservación.
Es preocupante observar que, en países industrializados, particularmente en Estados Unidos, se esté proponiendo un nuevo proteccionismo aduanero "verde". No es improbable que Estados Unidos, y quizás también la Unión Europea, incluya propuestas de este tipo en las negociaciones en Dinamarca, pero eventualmente también en la Organización Mundial de Comercio. El consenso no será fácil, por los intereses nacionales enfrentados entre sí, pero tampoco es imposible si la comunidad internacional se decide a enfrentar responsablemente el desafío y preservar la Tierra para las futuras generaciones.
La Argentina podrá reducir en el futuro sus emisiones, ya que influirá en esta mejora ambiental la pérdida del autoabastecimiento energético. El tránsito desde un estadio de energía abundante, barata y exportada a otro caracterizado por energía escasa, cara e importada, por la insuficiencia de nuestra producción de hidrocarburos, debido a la expansión del consumo, pero también a la reducción en la exploración, impulsará la transformación de nuestra matriz energética desde el petróleo y el gas hacia la hidroelectricidad y la energía nuclear.
Al mismo tiempo, el aumento en los precios, en un futuro no muy lejano, incentivará la conservación energética y todas las energías renovables, particularmente la eólica. El escenario que se avecina impulsará iniciativas, como la modernización del transporte público y de la red ferroviaria para cargas y pasajeros, procesos industriales menos intensivos en combustibles, aumento en la eficiencia energética de los vehículos y los artefactos, y nuevos códigos de edificación que minimicen el consumo energético.
La humanidad necesita un salto tecnológico "verde" que permita consumir energía sin dañar el medio ambiente. Existen cinco fuentes de energía en la naturaleza (carbón, petróleo, gas, uranio y renovables) que deberemos seguir utilizando en los próximos años, pero no nos debemos olvidar en la Argentina de la sexta fuente: la conservación energética con consumos minimizados gracias a técnicas más eficientes.
Publicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 3:25 a. m.
Don't Go Wobbly on Trade
Etiquetas: Crisis Económica, Economia, G-20 0 comentariosGordon Brown
The Wall Street Journal
28/05/2009
At the G-20 meeting in London in April, the leaders of the world's largest economies agreed to ensure the $250 billion that would be needed to finance international trade over the next two years. They also agreed on new measures for monitoring trade and investment to prevent trade barriers from being erected, and to make a renewed push to conclude the Doha Round of World Trade Organization (WTO) negotiations.
It is now even more urgent that we move ahead with these vital actions. The simple truth is that trade is the most serious casualty of the global financial crisis, with a vicious circle emerging of falls in exports leading to falls in production and rising job losses leading to further falls in consumer demand, exports, etc. We used to think that the countries most affected by the global financial crisis would be those with the largest financial sectors. But it has become increasingly clear that the countries hardest hit are those most reliant on exports.
Japan has lost nearly half of its export market over the first quarter of this year compared to the first quarter of 2008. In China, exports fell 17% from a year ago with an estimated 26 million jobs lost. Exports from the United States declined 30% and imports 34% in the first quarter of this year compared to the last quarter of 2008. And in the Euro area, Germany, the biggest European exporter, has seen its first-quarter exports this year fall by more than a fifth compared to the first quarter of 2008.
Developing countries have been particularly hard hit as a result of declining world trade and falling commodity prices. Some 100 million more people are in poverty as a result of the crisis. All the progress we have made to reduce poverty is in danger of being wiped out.
Just a few months ago, the WTO forecast global trade to fall by 9% in 2009. In simple terms, a banking crisis has become a trade crisis.
There can be no recovery in the global economy without a revival of world trade. Trade was the driver of postwar recovery in Japan, Germany, the rest of Europe and the U.S., and the engine of growth in Asia in recent decades. We must ensure that a revival of world trade leads the global economy once again out of recession.
This collapse in trade is not incidental: It raises questions about how globalization will work in the future. A more interdependent global economy means that a downturn in one country translates more rapidly to a downturn elsewhere. But equally, with the global production chain more interlinked than ever before, we all benefit more quickly and more directly from a pickup in global trading flows.
That is why all major economies need to do whatever is necessary to support growth this year and next, managing their economic policies to maintain global demand as we make the necessary adjustments toward achieving balanced global growth.
But stimulating demand may not be enough. There remains a critical problem with the funding necessary to finance trade flows, the lifeblood of the global economy. If banks cannot provide the financing, the international community must step in to fill this gap.
At the G-20 meeting, governments agreed to ensure $250 billion of trade financing over the next two years. While credit markets have loosened up, our second step must be to ensure that governments and international organizations honor the commitments they made. Indeed, we may need to go further and provide even more money to finance international trade.
We also need to reaffirm our commitment to resist protectionism, especially when rising unemployment increases the pressure and temptation to put up trade barriers. Creating more barriers to global trade is a surefire way to prolong the recession. That is why we must act after we receive the WTO's first quarterly report following the London G-20 meeting, highlighting any measures being taken by countries that have the potential to interfere with the free flow of trade.
Finally, it is essential to conclude the Doha round of trade liberalization talks. Success here would be the strongest signal world leaders could send about their commitment to a global recovery based on open markets and an approach to globalization that is inclusive and sustainable.
At the G-20 meeting in London, the world came together to agree to take action for a global economic recovery. The livelihoods of millions of our citizens depend on our commitment to deliver on the promises we made. We, and more importantly they, cannot afford to fail.
The collapse of global trade is the most immediate issue we face. We must show once again our determination to fight back.
Mr. Brown is prime minister of the United Kingdom.
Publicadas por Miguel Urrea Benavides a la/s 4:02 p. m.
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