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Imponer la estabilización internacional, ¿misión de las democracias?

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Iván Witker
El Mostrador
25 - 06 -09

Existe vasta coincidencia en que uno de los temas centrales de la seguridad internacional tiene que ver con los llamados Estados fallidos (en el último tiempo también mares fallidos), y la consecuente decisión de impulsar las denominadas operaciones de paz. Amplia coincidencia existe también en identificar al espacio afro-asiático como aquel donde las demandas de tales operaciones parecen ser infinitas, pero donde igualmente los esfuerzos desplegados no rinden resultados satisfactorios. El registro de fracasos, de omisiones y de logros aislados es, tanto en Asia como en África, elevadísimo. Rwanda, Congo, Somalia, Darfur, Afganistán, y unos cuantos más, son ejemplos más que elocuentes.

Por lo tanto, parece muy razonable que la ONU haya comenzado a denominarlas ahora misiones de estabilización post-conflicto. Eso pone en el centro del debate algunas inquietudes respecto a la conveniencia, legitimidad, carácter y viabilidad de estos despliegues.

La existencia de Estados fallidos (y mares fallidos) afecta dos facetas de las democracias modernas. Por un lado, éstas se ven obligadas a efectuar una inversión de nuevo tipo, cual es mantener bajo cierto control zonas convertidas en focos, tanto de inestabilidad para el comercio internacional, como de posible amenaza a la tranquilidad de sus ciudadanos. Por otro lado, las imágenes de lo que ocurre en estos estados fallidos resultan lacerantes para las percepciones morales de quienes gozan de existencias prósperas. Tales realidades han impulsado nuevos compromisos estratégicos de tipo multilateral, vinculados a estas misiones.

Un efecto de dichos compromisos es la tendencia de la política exterior de las democracias modernas a hacerla converger con su respectiva política de defensa. Producto de ello es que las FF.AA. de un país democrático están viendo ampliar el espectro y densidad de sus preocupaciones. Junto a las tradicionales de la defensa nacional (asociadas a las hipótesis de guerra que cada país tiene), y a las no convencionales (por lo general relacionadas con catástrofes naturales, y con otras, como el involucramiento en políticas antiterroristas, una función considerada sólo por algunos países), más aquellas de tipo colateral imbricadas con el desarrollo nacional, se va haciendo perceptible una cuarta función, vinculada a los citados compromisos estratégicos, y que se traduce en contribuciones concretas a las misiones de estabilización post-conflicto.

La gran interrogante de cada país es en qué misión participar. Las dudas aumentan cuando se trata de opciones en el espacio afro-asiático. Y es que no sólo la peligrosidad de la misión, ni la lejanía geográfica, ni aún los cuestionamientos societales respecto a la misma, son los puzzles a resolver cuando se habla de África y Asia. El caso de Afganistán revela un lado oscuro de estas misiones, que plantea consideraciones cuasi antropológicas.

En efecto, pocos dudan que Afganistán no sea merecedor de una misión de estabilización (especialmente si lo vemos con prisma occidental), e igualmente pocos dudan que el esfuerzo multilateral de la ONU, la OTAN, la Unión Europea, y el apoyo individual de varios países de la región, no sean genuinos. Es un esfuerzo civil y militar mayúsculo, pero eclipsado. Su éxito se ha difuminado a la par que han aumentado las demandas para que otros países, ya no sólo europeos y asiáticos, se involucren.

La experiencia afgana indica que la construcción de confianzas ha resultado lo más complejo. Ello lo ilustra la obvia prioridad de ayudar al gobierno de Kabul a formar su propia policía y otras entidades humanitarias, tipo Cruz Roja, que asistan a la población civil en emergencias. Dicha ayuda consiste básicamente en equipamiento y traspaso de conocimientos técnicos tanto para cumplir su función primordial como darle mantenimiento a sus equipos e instalaciones según parámetros que parezcan razonables a la ONU. El adiestramiento y capacitación ha sido efectuado con relativo éxito, pero los reportes oficiales indican insatisfacción afgana por la profunda desconfianza hacia las tropas y funcionarios extranjeros. Ocurre que en Afganistán, el agradecimiento individual y grupal suele expresarse, no a la usanza occidental con un apretón de manos, sino con repetidos y ceñidos roces de mejillas, de manera simultánea a ligeras caricias con las manos. Esto, obviamente, entre hombres, debido al carácter de la sociedad afgana, que excluye a las mujeres de todo tipo de tareas, salvo las domésticas. Huelga subrayar que dicha costumbre afgana es evitada por el personal civil y militar de la misión. Estas tareas de adiestramiento y capacitación sólo pueden ser ejecutadas por hombres, única forma de que sean aceptadas por la contraparte. Luego, una de las premisas en que se basa el involucramiento de países europeos es la apertura de escuelas a las niñas afganas, algo considerado por la sociedad afgana como una verdadera afrenta extranjera. Y lo más problemático se ha planteado cuando se ha procurado rescatar a mujeres en situación de verdadera esclavitud.

Claramente se trata de una experiencia con características en apariencia extremas; pero no lo son en absoluto. La mayoría de los Estados fallidos, merecedores de una misión de estabilización, son muy singulares y complejos, y, por lo mismo, requieren de una asistencia diametralmente distinta -con fuerte componente militar sin dudas- pero con despliegues civiles robustos y con planes de muy largo plazo. Son pacientes que requieren terapias integrales e intensivas. De lo contrario, estas misiones no pasarán de ser laboratorios para entrenamiento militar, canales para limosnas internacionales y espacios de realización para los que sufren con desgracias ajenas.

No debemos perder de vista que en el mundo impera la visión occidental de los DD.HH., y no la rwandesa, ni afgana, ni argelina, ni nigeriana. Como acertadamente escribió hace algún tiempo el internacionalista C. Escudé: "Si todas las culturas son equivalentes, entonces todos los individuos no estamos dotados de los mismos DD.HH., porque hay culturas que adjudican más derechos a los hombres que a las mujeres. Si por el contrario, todos los individuos poseemos los mismos DD.HH., entonces todas las culturas no son equivalentes, porque hay culturas que no reconocen la universalidad de esos DD.HH."

Cambio climático: una agenda desacoplada

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Aldo Cerda
La Segunda
18/06/09

Cuando no terminan aún de decantarse las reacciones contrarias a una propuesta desafortunada para la implementación del Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas, la agenda de Copenhague referida a los compromisos de reducción de gases efecto invernadero para el período post-2012 amenaza con imponer restricciones mucho mayores a la economía nacional, sin un debate público ni menos un consenso.

El trabajo de muchos profesionales vinculados con la aceptación de Chile como miembro de la OCDE los ha hecho sensibilizarse de la agenda de cambio climático de los miembros de ese club. En el último año es posible constatar una resignación de su parte respecto a que debiéramos aceptar compromisos de reducción de emisiones, sobre todo con el precedente de México, que acordó bajar las propias en un 50% al 2050.

El único estudio disponible muestra que las emisiones de Chile más que se triplicarían al 2030, producto de la intensificación en el uso de carbón y del crecimiento del sector transporte. Aun cuando bajo cualquier criterio enfrentaremos un escenario de negociación complejo, la experiencia de España, que lo hizo sin información base de las consecuencias que tendría su compromiso de reducción de emisiones en el Protocolo de Kyoto —y que le significó luego un brutal impacto económico, ya que debió imponer costos gigantescos de transformación de su parque energético—, debiera alertarnos.

Hasta la fecha, el sector privado ha visto el tema de cambio climático más como una oportunidad derivada de la existencia de un difuso mecanismo de "mercado del carbono", y sólo recientemente algunos sectores han comenzado a preocuparse por la creciente demanda de informar acerca de la huella de carbono de sus productos, avizorando que el paso siguiente apunta a la reducción sistemática del mismo. ¿Sabrán que, tanto como reducción de emisiones a nivel país, también se han propuesto reducciones por sectores específicos?

Gran Bretaña ha definido como objetivo reducir en 80% sus emisiones al 2050. Resulta provocadora la visión de un país que usó la disponibilidad de carbón barato como base de la revolución industrial y que hoy apuesta a construir ventajas competitivas en la descarbonización. Mientras tanto, sin estudios de base, sin política y sin diálogo relevante, Chile dispone de menos de cinco meses para enfrentar Copenhague. No nos extrañemos de que la improvisación nos haga hipotecar parte importante de nuestra competitividad futura.

La izquierdosa derecha europea

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Fernando Carrillo Flórez
El Espectador - Colombia
16-05-2009
QUE ANGELA MERKEL PROCLAME el relanzamiento de la economía social de mercado y que el Canciller de Francia afirme que Sarkozy es un presidente social y de izquierda explica algo el resultado poco inteligible de las últimas elecciones europeas.

Con una cifra récord de abstención del 59%, mucho euroescepticismo y una obsesión por los temas locales, es cierto que la derecha ha ganado estas elecciones, pese a que su programa favorito —el neoliberalismo— ha sido señalado como el culpable principal de todo lo que le ha pasado a la economía mundial en los últimos meses. Gran paradoja pues debía ser el cuarto de hora de la izquierda, por lo cual habrá que postergar las exequias del capitalismo. Porque lo único nuevo es el regreso del Estado como motor del antídoto neokeynesiano contra la crisis.

Adam Przeworski ha demostrado que los gobiernos y los partidos pueden cambiar de políticas como de sombrero, aún para preservar los programas de gobiernos de otros partidos, siempre que funcionen en la práctica. La economía social de mercado como invención de la socialdemocracia europea atraviesa credos y colores ideológicos. Pero no hace mucho, el neoliberalismo era abrazado por los partidos de izquierda y los conservadores denigraban del big government. Hoy la política se diferencia pero las políticas son muy similares.

En los casos de Portugal, Gran Bretaña y España, las derrotas de los socialistas en el gobierno sólo corroboran que la ciudadanía no ha percibido claridad ni liderazgo en las políticas anticrisis; que se ha sufrido un gran desgaste después de 12 años de laborismo inglés; o que no ha habido respuestas inmediatas por el prurito de consensuar reformas, como Felipe González lo predica del caso español.

La construcción de la Europa social liquidó las divisiones entre izquierda y derecha y la socialdemocracia sostiene que la derecha le rapó la bandera social. Al mismo tiempo, la izquierda se ha quedado sin ideas, propuestas ni soluciones nuevas; sin discurso. En Francia, Daniel Cohn-Bendit, el niño terrible de mayo del 68, ha resucitado 40 años después con la bandera ecológica, a punto de sepultar al Partido Socialista en la peor crisis de identidad de su historia reciente.

Pero hay que ser cautos en la interpretación de la victoria de la derecha frente a América Latina. Porque la realidad actual es que ya 20 de los 27 de la Unión Europea son gobiernos de centro-derecha; y porque además se ha demostrado que este grupo es a veces más progresista y demócrata en términos prácticos que incluso la izquierda radical latinoamericana. La cara compleja de la moneda, esa sí nueva, es que habrá que comenzar a lidiar con visiones autoritarias y nacionalistas de una ultraderecha fanática antiinmigrante y anticooperación para el desarrollo, que ganó varios escaños en el Parlamento europeo.

La diferencia con la derecha e izquierda latinoamericanas consiste en que por los lados del trópico algunos no tienen reparos en desmantelar las instituciones, pasar por encima del Estado democrático de Derecho y desintegrar los frenos y contrapesos del sistema. Para no hablar de las políticas sociales devoradas por el virus letal del clientelismo al servicio del caudillismo.

Políticas de izquierda, gobiernos de derecha

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Antonio Estella
El Pais - España
09/06/09

A nadie le ha pasado desapercibido: la derecha ha ganado las elecciones al Parlamento Europeo y, sin embargo, se ha producido el derrumbamiento del programa que la sustentaba, el neoliberalismo. Además, en la mayor parte de las capitales europeas gobiernan partidos de derechas (las excepciones serían España, Portugal, Austria, Bulgaria, Hungría, Eslovaquia y Eslovenia, más el moribundo Gobierno laborista de Reino Unido), pero todos ellos están aplicando para salir de la crisis recetas más propias de la socialdemocracia (del neo-keynesianismo). O sea, la derecha domina en Europa la política, pero la izquierda domina las políticas.

¿Qué es lo que explica esta aparente paradoja? ¿Cómo es posible que estemos en una situación en la que, a pesar de que el paradigma ideológico y programático que empieza a dominar sea más cercano a la socialdemocracia, la derecha esté en el poder? ¿Confía la gente más en la derecha para aplicar recetas socialdemócratas?

Indudablemente, las coyunturas específicas en las que se encuentran determinados partidos socialdemócratas pueden tener que ver en la explicación de esta situación. Así ocurriría con el caso francés y con el caso italiano, por ejemplo. El Partido Socialista Francés se encuentra inmerso en una lucha fratricida desde que Lionel Jospin fue descabalgado de su dirección. Por su parte, la izquierda italiana, a pesar de la relativa mejora que ha experimentado en estas elecciones europeas, sigue fuera de juego, incapaz de unirse y de encontrar un líder que no sea fagocitado por el concurso de egos que todavía se practica en ese lado del espectro ideológico italiano. De todas, la situación en Italia es la más preocupante: puede que la Primera República haya muerto, pero desde luego la Segunda República no ha nacido todavía.

La coyuntura importa, desde luego, pero no lo explica todo. En otros países la izquierda tiene los deberes aproximadamente hechos: está unida, y con líderes relativamente solventes, a pesar de lo cual la gente sigue prefiriendo a la derecha, no consciente (o quizá sí) de la disonancia que implica votar por partidos conservadores al tiempo que les exige la aplicación de recetas más propias del centro-izquierda. Alemania sería el más claro exponente de esta situación.

Existen, por tanto, corrientes más de fondo, explicaciones más estructurales sobre lo que está pasando. Exploraré las dos que me parecen más sugerentes. Primero, la idea de que, a pesar de lo que podamos pensar, existe en realidad una gran dosis de convergencia política entre partidos, lo que da pie a la emergencia de los llamados policy regimes. Y segundo, y en ese contexto, la facilidad con la que algunos partidos de izquierda han asumido programas de corte neoliberal.

En un estudio seminal de capital importancia para la comprensión de la evolución de la socialdemocracia en Europa, Adam Przeworski sostuvo en 2001 lo siguiente: "Todo el mundo asume que los objetivos y las políticas de un Gobierno difieren necesariamente de los que perseguiría el partido de la oposición si éste llegara al poder. Sin embargo, lo que se observa que ocurre en la práctica es que Gobiernos de derechas continúan implementando las políticas de sus predecesores de izquierdas, y viceversa". Dos son los ejemplos que da Przeworski. Así, el Gobierno danés de centro-derecha se embarcó entre 1968 y 1971 en un programa de subidas de impuestos y del gasto público de tal calibre que incluso hizo palidecer las políticas que en este terreno desarrollaron sus predecesores de izquierda. De la misma manera, los Gobiernos de Blair adoptaron muchas políticas neoliberales que habían probado los Gobiernos conservadores de Thatcher.

Por tanto, la historia de cómo se conforma el desarrollo de las políticas adquiere el siguiente aspecto. Un partido llega al gobierno con un determinado programa. Lo aplica. Algunas partes de ese programa no son muy exitosas, pero otras sí. Con el tiempo, ese partido es descabalgado del poder por la oposición. Aunque el partido de la oposición gana las elecciones con un programa diferente al que estaba aplicando el Gobierno, una vez en el poder, sigue desarrollando las políticas con las que el otro partido tenía éxito. Y no sólo las gestiona, sino que, como en el caso danés, puede incluso darles una vuelta de tuerca más, llevarlas hacia un estadio de evolución superior. La moraleja es clara: si quieres seguir manteniéndote en el poder, haz lo que tu competidor hacía de manera exitosa y, si puedes, mejóralo.

La conclusión que arroja esta moraleja en parte es triste para la socialdemocracia y en parte no. Lo es en el sentido de que invita a dejar de lado el programa máximo, cualquiera que éste sea, de la socialdemocracia. Y no lo es en el sentido de que establece de manera muy clara las condiciones a partir de las cuales la socialdemocracia puede dejar de ser antílope y convertirse en pantera.

En efecto, lo que el recuento anterior viene a decir es que la democracia es una constricción fundamental con la que debe jugar la socialdemocracia. Una vez que aceptas la democracia, sólo puedes pretender desarrollar políticas que gocen del apoyo mayoritario. Intentar desarrollar tu programa máximo será por tanto suicida si éste no recibe el respaldo de la mayor parte de la gente. Más que la revolución, la socialdemocracia tiene que tender hacia el reformismo. Éste es el camino más sabio si quiere sobrevivir. Y eso explica, en parte, que en muchos países haya asumido con tanta facilidad el neoliberalismo. Como en Reino Unido.

Pero que el margen para la innovación política sea muy reducido no significa que sea inexistente. Existen momentos en que los políticos, todos ellos, pero también los socialdemócratas, pueden dejar de ser antílopes, y dejar de estar simplemente atentos a los cambios en la mayoría, y convertirse en panteras, intentando conformar dichas mayorías, al convencerlas de que un cambio es necesario y de que son ellos precisamente los que están en mejores condiciones para liderarlo.

Esas condiciones son fundamentalmente tres: primero, que se den las circunstancias que permitan abrir una ventana de oportunidad para proponer una nueva política; segundo, que la gente acepte esa innovación, y tercero, que el que propone la innovación tenga buena suerte.

La intuición que hay detrás de esta idea es que cuando los votantes no saben qué pensar de una nueva política, se fijarán en la innovación en tanto en cuanto piensen que el partido que la propone es un partido responsable y que el statu quo no es positivo. Además, pensarán que el partido que propone el cambio es responsable si ese partido está convencido de que es necesario un cambio y aparece ante los ojos de la gente como más preocupado por el bienestar general que por la supervivencia política. Paradójicamente, el hecho de que haya desarrollado políticas más propias del otro bando en el pasado le ayudará a ganar reputación ante el electorado. Existe un límite, sin embargo: el partido socialdemócrata en cuestión tendrá muy difícil convencer a la gente de que no ha hecho electoralismo si en el pasado compró por completo la agenda de su competidor. El ejemplo británico re-emerge aquí de nuevo.

Por tanto, los partidos socialdemócratas que se han mantenido fieles a sus señas de identidad y que tienen una agenda específica de cambio tendrán muchas mejores perspectivas para que en el futuro la gente vuelva a acudir a ellos para la implementación de políticas socialdemócratas. En Europa es posible encontrar muchos partidos socialdemócratas que han sido aproximadamente fieles a sus señas de identidad. Es más difícil, sin embargo, encontrar partidos socialdemócratas que de verdad tengan una agenda de cambio propia, estén íntimamente convencidos de ella, y dispuestos, teniendo en cuenta las constricciones existentes, a desarrollarla.

Por tanto, para eliminar la disonancia que supone que sea la derecha y no la izquierda la que aplique en medio de las crisis políticas socialdemócratas, la izquierda tiene que preguntarse cuáles son sus objetivos y su plan para llevarlos a cabo, y no esperar a que alguien haga el trabajo por ella. En otras palabras, lo realmente importante en este ámbito de estrecho margen para la innovación política será establecer el tono: es decir, quién innova y quién copia al que innova.


Antonio Estella es profesor de Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid.

El segundo rapto de Europa

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Blanca Vilá
El Pais - España
02/06/09

Europa, recordemos, era aquella princesa fenicia para quien Zeus se transformó en un magnífico toro blanco y la raptó. Salieron a buscarla sus hermanos, y dicen que jamás la encontraron, fundando a lo largo de su búsqueda, con el nombre de cada uno, varias ciudades en la Tesalia y en la Tracia, en Cilicia o en Libia. Al final de su viaje, Zeus le desveló su identidad, llegados a Creta, donde dicen que reinó.

Antonio Caracci, Tiziano, Foucher o Gustave Moreau nos la representan joven y bella, diciendo ingenuamente adiós a su tierra nativa, más al Oriente. Pues bien: la Europa de este siglo XXI, entendida como unidad de densidad económica, política e instrumental, y dotada de una determinada cohesión social con referente en el Estado de bienestar, vuelve a verse secuestrada. ¿Quién es su raptor, quiénes son sus raptores? Nada más y nada menos que sus propios padres e hijos, los Estados "soberanos" europeos -los de antes y los de después- con sus continuos ataques de celos, que les llevan a ocultar, mentir, tapar, contaminar y culpar. No quieren que reine en Creta, no quieren que se vea su cara, no hacen nada por curar sus heridas ni por aliviar los grandes catarros producidos por un viaje tan largo. Un viaje entre nubes y tormentas, aunque alumbrado por esa esencial luz mediterránea.

Los Estados soberanos, y concretamente, los partidos políticos que los vertebran, no van a permitir que Europa les robe sus faustos en la era de la comunicación. También han de ser "repensados" en su función actual y futura. Tapan lo que hay, dicen lo que no hay, culpan "a Bruselas" (el bueno soy yo; el malo es el otro, ese que precisamente soy yo mismo: o sea, nuestros ministros en el Consejo de Ministros, que se reúne en sus distintas formaciones más de 300 sesiones anuales, porque la omnipresente Comisión dispone de escaso poder de decisión). Contaminan con pactos entre partidos nacionales, o con hábitos y excesos institucionales -fruto tantas veces del reflejo de los estatales-, al propio Parlamento Europeo, la autoridad colegisladora elegida directa y democráticamente desde 1979, de la que a fin de cuentas depende la adopción del 70% de la legislación que nos es aplicable, razón ineludible para participar en la elección de sus miembros.

Los Gobiernos de esos Estados celosos, en ésta su faceta perversa, ocultan la cara de Europa, su posible belleza y juventud, para que no pueda -como mujer poderosa y carismática- presidirnos a todos, grandes y pequeños, necesitados de esas decisiones determinantes sobre nuestro futuro global cuya adopción por separado es simplemente imposible y en cualquier caso inútil. La llegada del Tratado de Lisboa -texto minimalista y seguramente eufemístico, pero absolutamente real- va a permitirnos cuando menos ver los ojos de Europa -aunque no su cara- posibilitando una Presidencia, un nombre y una voz común en el exterior.

Y es que -obligada y responsablemente- hay muchas preguntas que hacerse. La primera puede ser ésta: ¿qué sería de nosotros, los de a pie, sin Europa, y en el caso de España, sin la vigilancia europea? Ni caminos, carreteras, puentes o barcos, ni nuestro maravilloso y excelente aceite de oliva, ni la seguridad de nuestros productos, ni la movilidad de nuestros estudiantes, ni la competitividad de nuestras empresas. Además, como en su día nos dijo el buen amigo Paolo Checchini, y aunque parezca hoy un argumento de una cierta superficialidad, ¿nos hemos preguntado cuál puede ser el coste de la no-Europa, un imposible volver atrás en ese modelo inacabado que finalmente los Estados pretenden mantener bajo la disciplina de sus propios calendarios electorales y a falta de un discurso europeo real?

La segunda pregunta sería ésta: ¿no será que acaso Europa llega tarde al mundo global? Si escucho a mi amiga canadiense o al colega sudafricano ocurre más bien al contrario: el mundo necesita del laboratorio europeo, de ese modelo europeo de convivencia, acompañado si es posible de un liderazgo europeo hoy ausente, para sobrellevar con esperanza su propio y mejorable destino.

Y la tercera pregunta está en boca de casi todos: ¿por qué tira tan poco lo europeo en esta década inicial del siglo XXI, tras modernidades y posmodernidades hoy ya antiguas, convencidos como estamos de nuestras sociedades líquidas?

En mi opinión, a Europa le falta épica -la que sí tienen unos juegos olímpicos o una final de la Champions League-, algo tan antiguo como el mismo ser humano (que necesita de himnos, colores o símbolos) como consustancial en nuestra sociedad de la era audiovisual, basada en imágenes, cifras de audiencia y estímulos hiperactivos. Porque la cultura del acuerdo, del consenso, de la mediación, de la negociación, no arrastra a las masas con la misma fuerza con que lo hace la cultura del conflicto, y es injusto que el esfuerzo y la tensión -sin la cual una sociedad no avanza- no hallen gran audiencia en estos tiempos. Por otra parte, lo excesivamente "normalizado" no vende: uno se habitúa a ello y decae el interés, como ocurre con la información mediática pautada de las innumerables reuniones políticas.

Pero ¿por qué falta esa épica? No porque no la tenga, sino porque lo que hay que cambiar es la mirada sobre Europa y, dejándonos de ombliguismos, poner encima de la mesa su acción global y no sólo aquella puramente política. Europa y su factor humano, o en otras palabras, la acción de Europa no en sí misma sino en el contexto mundial. Ahí va el mensaje a los medios de comunicación, los segundos raptores de Europa.

Sí tendría su épica si cambiáramos nuestra mirada sobre ella y pasáramos a la acción. Así como el inefable Woody Allen enfoca y desenfoca (Deconstructing Harry, 1997) su realidad, con su cámara veríamos la Europa densa de las personas y sus preocupaciones, la Europa que sí está, la de la corta distancia, la Europa de la cultura en su más amplio sentido, la Europa del conocimiento, la Europa divertida y saludable, ese laboratorio humano que controlaría al puro artífice político.

No se conoce, y sí tiene esa bella épica, el hecho de que Europa es, de lejos, la primera donante mundial en ayuda humanitaria; que dispone además de una construcción jurídica poco conocida aquí y envidiada fuera (Eric Hobsbawn dixit), la Europa trabajosa en mediaciones, activa en cooperación al desarrollo, con una solidaridad enorme en sus sistemas sanitarios (véase Sicko, el último documental de Michael Moore, 2008) y unos sistemas de educación universales, sumamente creativa y hasta austera cuando quiere.

Así sabríamos que Europa, aunque enormemente compleja, no siempre es complicada. Que Europa somos todos nosotros, sociedad civil emergente, que ahora mismo tenemos que votar un Parlamento Europeo capaz de consagrar un posible líder y de, en otro paso más, hacer que entre en vigor el Tratado de Lisboa para, llegado un momento no lejano, adaptar las estructuras a las decisiones y hacer de aquél una institución auténticamente constituyente. Así destaparemos el velo que aún cubre la cara de Europa y reinará en Creta. Nada más ni nada menos.

Blanca Vilà es profesora de la Universitat Autònoma de Barcelona y profesora visitante de las universidades Panteios (Atenas) y Macedonia (Tesalónica).

CPI: firmemos con la mano sin borrar con el codo

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Lorena Fries
La Nación - CHILE
01/06/09

EL 20 DE mayo pasado fue aprobada en su último trámite constitucional la reforma a la Carta Fundamental que permite la adhesión de Chile a la Corte Penal Internacional (CPI).

De este modo, el país empieza a ponerse al día con el sistema internacional de protección de los derechos humanos, después de diez años desde la puesta en marcha del Estatuto de Roma y tras haber ostentado el bochornoso sitial de único país sudamericano que permanecía ajeno al tribunal.

Han transcurrido diez años desde aquella Conferencia de Roma en que la comunidad internacional expresó su claro compromiso con los derechos humanos y la paz mundial, condenando los crímenes más graves contra la humanidad y estableciendo el principal mecanismo para combatir la impunidad de los mismos.

En este décimo aniversario, los chilenos y las chilenas podemos congratularnos de haber dado un paso más hacia la plena vigencia de los instrumentos jurídicos internacionales que protegen los derechos de las personas y sus colectivos.

Se trata de un avance civilizatorio que dota a la humanidad de un tribunal permanente e independiente, competente para juzgar a los individuos -no a los estados- responsables de los crímenes más graves: genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra.

Ello, siempre y cuando los estados no puedan o no tengan voluntad de impartir justicia, porque su jurisdicción es complementaria a la jurisdicción preferente de los estados.

Como su competencia no es retroactiva, sólo podrá investigar hechos ocurridos con posterioridad a su establecimiento, en julio de 2002.

El Estatuto de Roma, además, representa un notable avance en materia de justicia de género, porque se reconoce la gravedad de la violencia sexual y su carácter sistemático en tiempos de conflicto.

Se tipifican como crímenes de lesa humanidad, como crímenes de guerra y como componentes del genocidio diversas formas de violencia sexual: la violación, la esclavitud sexual, la prostitución forzada, el embarazo forzado, la esterilización forzada y otras formas de violencia sexual de gravedad comparable.

Complementando la criminalización de la violencia sexual se incorporan normas especiales de procedimiento y prueba en relación con estos crímenes y se contempla tanto la protección como la participación de las víctimas y de los testigos.

Además, el Estatuto de Roma es el primer tratado internacional de alcance general que incorpora un concepto de género y el principio de no discriminación sobre la base del género.

Se incorporan criterios de representación equilibrada entre los hombres y las mujeres en la designación de las autoridades como del personal de la Corte; y se establece la necesidad de integrar las diversas dependencias de la Corte con especialistas en violencia sexual, violencia de género y violencia contra niños y niñas, entre los principales avances.

El trascendental avance verificado en el Congreso Nacional se produce a sólo días de la comparecencia de Chile ante el Consejo de DDHH de las Naciones Unidas, en el marco del proceso periódico universal que realiza este organismo para monitorear el cumplimiento de los derechos fundamentales en cada país miembro.

Como resultado del examen rendido por Chile, el Consejo formuló 71 recomendaciones para que el país se ponga a la altura de las exigencias del orden jurídico universal.

Muchas de estas "sugerencias" fueron aceptadas por nuestras autoridades, a excepción de aquélla que pide a nuestro Estado revisar su legislación sobre el aborto.

De mantenerse esta posición, Chile se convertirá en uno de los miembros de la CPI que firma con la mano este tratado y borra con el codo sus preceptos.