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La coalición proeuropea

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JOAQUÍN ALMUNIA
El Pais - España
23/06/2009

Desde mi punto de vista, el de un socialdemócrata partidario de una Europa política fuerte, el resultado de las recientes elecciones al Parlamento de Estrasburgo es preocupante por varias razones.

En primer lugar, por la baja participación, menos de la mitad de los inscritos en el conjunto de la Unión Europea. El hecho de que no sea la primera vez que sucede añade más gravedad a la falta de movilización, no debida sólo a la crisis. Además, una parte no desdeñable de quienes votaron se ha decantado por opciones radicales, populistas e incluso xenófobas. No hay que exagerar, pues estos diputados seguirán siendo una exigua minoría. Pero me preocupa que en algunos países -Hungría, Reino Unido, Rumania, Austria, Eslovaquia- los partidos de la extrema derecha hayan avanzado posiciones. A su vez, los euro-escépticos británicos, checos o polacos se han desgajado del Partido Popular Europeo y pretenden ahora condicionar las posiciones del ganador. Por último, el Partido de los Socialistas Europeos ha perdido votos y presencia, con lo que el conjunto del Parlamento se ha escorado hacia la derecha.

Todo ello es decepcionante. Según las encuestas, los ciudadanos quieren que Europa tenga más capacidad de decisión en lo que afecta a su empleo, sus condiciones de vida y trabajo y su seguridad. Piden a las instituciones europeas, incluyendo a sus respectivos Gobiernos en el marco del Consejo comunitario, que en estos temas superen las barreras nacionales y utilicen la dimensión europea para aumentar la eficacia de sus políticas.

Pero cuando esos mismos ciudadanos son llamados a elegir directamente a sus representantes en el Parlamento Europeo, uno de cada dos no acude, y quienes lo hacen votan a candidatos antieuropeos en mayor proporción que cuando se trata de una elección meramente nacional o local. ¿Qué está fallando? ¿Quién es responsable de esos fallos? ¿Cómo afrontarlos?

Sin duda, las campañas electorales han contribuido al desinterés o al voto de protesta. Los temas locales y las batallas partidistas se han impuesto sobre las cuestiones europeas. Y cuando se hablaba de Europa, no siempre era en términos positivos. Pero seamos claros: una campaña de tres o cuatro semanas no puede variar 180 grados la tónica que ha dominado a lo largo de los últimos años la comunicación sobre políticas y actuaciones de la UE. Desde la penosa campaña del referéndum francés en mayo de 2005 hasta la del 7-J han sido demasiadas las ocasiones en que los mensajes sobre Europa se han caracterizado por la falta de rigor, el oportunismo y, en ocasiones, los argumentos falaces.

Reconozco que algunas iniciativas han dado pie a ello: por ejemplo, la fallida directiva de tiempo de trabajo -la de la jornada de 65 horas- o el apoyo del Consejo y el Parlamento a la no menos reprochable directiva sobre retorno de inmigrantes. Pero acusar a Europa de que no ha reaccionado ante la crisis, cuando la UE ha liderado la convocatoria del G-20, ha aprobado regulaciones financieras muy importantes y ha desplegado estímulos fiscales, monetarios y financieros de proporciones astronómicas, no es de recibo.

Tampoco es serio, a mi juicio, intentar montar un frente anti-Barroso tan carente de argumentos como de alternativas viables para la presidencia de la próxima Comisión. Con esa frivolidad, se deteriora la imagen de Europa gratuitamente.Otras críticas tienen mucho más fundamento. No se han expuesto argumentos claros y convincentes sobre cómo Europa puede alcanzar un futuro mejor tras la crisis. Aquí hemos de admitir nuestro fracaso para transmitir que sólo una estrategia a escala de la UE será capaz de recomponer el aparato productivo sin las muletas de un sistema financiero desbocado, como fue el caso hasta agosto de 2007. No hemos explicado bien que sólo actuando a escala europea podremos ofrecer simultáneamente crecimiento económico y cohesión social, competitividad y oportunidades iguales para todos, una moneda fiable, un Estado fuerte sustentado sobre unas finanzas públicas saneadas, futuro para los jóvenes y solidaridad con una población cada vez más envejecida.

Por supuesto, conseguirlo no será fácil. Pero si en vez de apostar por la coordinación de las políticas económicas y financieras se cede a la tentación del "sálvese quien pueda" y a la competencia entre unos y otros, la salida no será otra que un largo periodo de bajo crecimiento y de tensiones populistas.

La tarea no puede recaer solamente en una fuerza política. La dimensión europea no es ni de derechas ni de izquierdas. Igual que hace 60 años, el proyecto de integración supranacional es de amplio espectro, lo comparten desde el centro-derecha hasta la socialdemocracia. Es más, si el consenso básico en el que se han basado desde el Tratado de Roma hasta el de Maastricht no se renueva ahora, el Parlamento perderá capacidad de decisión en los asuntos cruciales que van a formar parte de su agenda. Y si la Comisión o el Consejo abriesen en su interior brechas políticas permanentes entre los europeístas, fracasarían igualmente. Con o sin Tratado de Lisboa.

Europa no necesita ahora a unos proeuropeos frente a otros. Ni tampoco estamos para nuevas discusiones institucionales. Es la hora de la política. Pero la necesidad de una "coalición proeuropea" no indica que haya que despolitizar este debate. Al contrario. Cada partido tiene que aportar sus prioridades y sus propuestas para salir de la crisis fortalecidos. En el caso de la socialdemocracia, un proyecto europeo de paz, de igualdad de oportunidades, de defensa de los más débiles frente a toda discriminación. Que proteja a todos con servicios públicos eficaces, que ofrezca a través de la educación y la formación mayores expectativas de empleo y de progreso. Que combine el dinamismo económico con el respeto al medio ambiente. Que canalice la solidaridad dentro y fuera de las fronteras de los Veintisiete.

Esa visión de Europa tiene puntos de coincidencia y de divergencia con la de un ecologista, un liberal o la de un miembro del PPE. Los votantes dirán quiénes tienen en cada momento la mayoría necesaria para liderar las instituciones de la UE. Pero unos y otros deben -debemos- saber que quienes de verdad se oponen a la integración europea son otros. Y su triunfo supondría un retroceso histórico.

Los españoles aprendimos que la garantía de las libertades y la construcción de una democracia estable exige consensos y diálogo, compartir unos valores y principios básicos. A la vista de los resultados del 7 de junio y de las circunstancias que los explican, una conclusión similar es aplicable a la encrucijada en la que se encuentra la Unión Europea, salvadas las distancias de rigor. Si somos capaces de transmitirlo en esos términos quizás se nos entienda mejor, y los votantes sabrán lo que nos estamos jugando en Europa durante los próximos cinco años.

Joaquín Almunia es comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios.

La izquierdosa derecha europea

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Fernando Carrillo Flórez
El Espectador - Colombia
16-05-2009
QUE ANGELA MERKEL PROCLAME el relanzamiento de la economía social de mercado y que el Canciller de Francia afirme que Sarkozy es un presidente social y de izquierda explica algo el resultado poco inteligible de las últimas elecciones europeas.

Con una cifra récord de abstención del 59%, mucho euroescepticismo y una obsesión por los temas locales, es cierto que la derecha ha ganado estas elecciones, pese a que su programa favorito —el neoliberalismo— ha sido señalado como el culpable principal de todo lo que le ha pasado a la economía mundial en los últimos meses. Gran paradoja pues debía ser el cuarto de hora de la izquierda, por lo cual habrá que postergar las exequias del capitalismo. Porque lo único nuevo es el regreso del Estado como motor del antídoto neokeynesiano contra la crisis.

Adam Przeworski ha demostrado que los gobiernos y los partidos pueden cambiar de políticas como de sombrero, aún para preservar los programas de gobiernos de otros partidos, siempre que funcionen en la práctica. La economía social de mercado como invención de la socialdemocracia europea atraviesa credos y colores ideológicos. Pero no hace mucho, el neoliberalismo era abrazado por los partidos de izquierda y los conservadores denigraban del big government. Hoy la política se diferencia pero las políticas son muy similares.

En los casos de Portugal, Gran Bretaña y España, las derrotas de los socialistas en el gobierno sólo corroboran que la ciudadanía no ha percibido claridad ni liderazgo en las políticas anticrisis; que se ha sufrido un gran desgaste después de 12 años de laborismo inglés; o que no ha habido respuestas inmediatas por el prurito de consensuar reformas, como Felipe González lo predica del caso español.

La construcción de la Europa social liquidó las divisiones entre izquierda y derecha y la socialdemocracia sostiene que la derecha le rapó la bandera social. Al mismo tiempo, la izquierda se ha quedado sin ideas, propuestas ni soluciones nuevas; sin discurso. En Francia, Daniel Cohn-Bendit, el niño terrible de mayo del 68, ha resucitado 40 años después con la bandera ecológica, a punto de sepultar al Partido Socialista en la peor crisis de identidad de su historia reciente.

Pero hay que ser cautos en la interpretación de la victoria de la derecha frente a América Latina. Porque la realidad actual es que ya 20 de los 27 de la Unión Europea son gobiernos de centro-derecha; y porque además se ha demostrado que este grupo es a veces más progresista y demócrata en términos prácticos que incluso la izquierda radical latinoamericana. La cara compleja de la moneda, esa sí nueva, es que habrá que comenzar a lidiar con visiones autoritarias y nacionalistas de una ultraderecha fanática antiinmigrante y anticooperación para el desarrollo, que ganó varios escaños en el Parlamento europeo.

La diferencia con la derecha e izquierda latinoamericanas consiste en que por los lados del trópico algunos no tienen reparos en desmantelar las instituciones, pasar por encima del Estado democrático de Derecho y desintegrar los frenos y contrapesos del sistema. Para no hablar de las políticas sociales devoradas por el virus letal del clientelismo al servicio del caudillismo.

Políticas de izquierda, gobiernos de derecha

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Antonio Estella
El Pais - España
09/06/09

A nadie le ha pasado desapercibido: la derecha ha ganado las elecciones al Parlamento Europeo y, sin embargo, se ha producido el derrumbamiento del programa que la sustentaba, el neoliberalismo. Además, en la mayor parte de las capitales europeas gobiernan partidos de derechas (las excepciones serían España, Portugal, Austria, Bulgaria, Hungría, Eslovaquia y Eslovenia, más el moribundo Gobierno laborista de Reino Unido), pero todos ellos están aplicando para salir de la crisis recetas más propias de la socialdemocracia (del neo-keynesianismo). O sea, la derecha domina en Europa la política, pero la izquierda domina las políticas.

¿Qué es lo que explica esta aparente paradoja? ¿Cómo es posible que estemos en una situación en la que, a pesar de que el paradigma ideológico y programático que empieza a dominar sea más cercano a la socialdemocracia, la derecha esté en el poder? ¿Confía la gente más en la derecha para aplicar recetas socialdemócratas?

Indudablemente, las coyunturas específicas en las que se encuentran determinados partidos socialdemócratas pueden tener que ver en la explicación de esta situación. Así ocurriría con el caso francés y con el caso italiano, por ejemplo. El Partido Socialista Francés se encuentra inmerso en una lucha fratricida desde que Lionel Jospin fue descabalgado de su dirección. Por su parte, la izquierda italiana, a pesar de la relativa mejora que ha experimentado en estas elecciones europeas, sigue fuera de juego, incapaz de unirse y de encontrar un líder que no sea fagocitado por el concurso de egos que todavía se practica en ese lado del espectro ideológico italiano. De todas, la situación en Italia es la más preocupante: puede que la Primera República haya muerto, pero desde luego la Segunda República no ha nacido todavía.

La coyuntura importa, desde luego, pero no lo explica todo. En otros países la izquierda tiene los deberes aproximadamente hechos: está unida, y con líderes relativamente solventes, a pesar de lo cual la gente sigue prefiriendo a la derecha, no consciente (o quizá sí) de la disonancia que implica votar por partidos conservadores al tiempo que les exige la aplicación de recetas más propias del centro-izquierda. Alemania sería el más claro exponente de esta situación.

Existen, por tanto, corrientes más de fondo, explicaciones más estructurales sobre lo que está pasando. Exploraré las dos que me parecen más sugerentes. Primero, la idea de que, a pesar de lo que podamos pensar, existe en realidad una gran dosis de convergencia política entre partidos, lo que da pie a la emergencia de los llamados policy regimes. Y segundo, y en ese contexto, la facilidad con la que algunos partidos de izquierda han asumido programas de corte neoliberal.

En un estudio seminal de capital importancia para la comprensión de la evolución de la socialdemocracia en Europa, Adam Przeworski sostuvo en 2001 lo siguiente: "Todo el mundo asume que los objetivos y las políticas de un Gobierno difieren necesariamente de los que perseguiría el partido de la oposición si éste llegara al poder. Sin embargo, lo que se observa que ocurre en la práctica es que Gobiernos de derechas continúan implementando las políticas de sus predecesores de izquierdas, y viceversa". Dos son los ejemplos que da Przeworski. Así, el Gobierno danés de centro-derecha se embarcó entre 1968 y 1971 en un programa de subidas de impuestos y del gasto público de tal calibre que incluso hizo palidecer las políticas que en este terreno desarrollaron sus predecesores de izquierda. De la misma manera, los Gobiernos de Blair adoptaron muchas políticas neoliberales que habían probado los Gobiernos conservadores de Thatcher.

Por tanto, la historia de cómo se conforma el desarrollo de las políticas adquiere el siguiente aspecto. Un partido llega al gobierno con un determinado programa. Lo aplica. Algunas partes de ese programa no son muy exitosas, pero otras sí. Con el tiempo, ese partido es descabalgado del poder por la oposición. Aunque el partido de la oposición gana las elecciones con un programa diferente al que estaba aplicando el Gobierno, una vez en el poder, sigue desarrollando las políticas con las que el otro partido tenía éxito. Y no sólo las gestiona, sino que, como en el caso danés, puede incluso darles una vuelta de tuerca más, llevarlas hacia un estadio de evolución superior. La moraleja es clara: si quieres seguir manteniéndote en el poder, haz lo que tu competidor hacía de manera exitosa y, si puedes, mejóralo.

La conclusión que arroja esta moraleja en parte es triste para la socialdemocracia y en parte no. Lo es en el sentido de que invita a dejar de lado el programa máximo, cualquiera que éste sea, de la socialdemocracia. Y no lo es en el sentido de que establece de manera muy clara las condiciones a partir de las cuales la socialdemocracia puede dejar de ser antílope y convertirse en pantera.

En efecto, lo que el recuento anterior viene a decir es que la democracia es una constricción fundamental con la que debe jugar la socialdemocracia. Una vez que aceptas la democracia, sólo puedes pretender desarrollar políticas que gocen del apoyo mayoritario. Intentar desarrollar tu programa máximo será por tanto suicida si éste no recibe el respaldo de la mayor parte de la gente. Más que la revolución, la socialdemocracia tiene que tender hacia el reformismo. Éste es el camino más sabio si quiere sobrevivir. Y eso explica, en parte, que en muchos países haya asumido con tanta facilidad el neoliberalismo. Como en Reino Unido.

Pero que el margen para la innovación política sea muy reducido no significa que sea inexistente. Existen momentos en que los políticos, todos ellos, pero también los socialdemócratas, pueden dejar de ser antílopes, y dejar de estar simplemente atentos a los cambios en la mayoría, y convertirse en panteras, intentando conformar dichas mayorías, al convencerlas de que un cambio es necesario y de que son ellos precisamente los que están en mejores condiciones para liderarlo.

Esas condiciones son fundamentalmente tres: primero, que se den las circunstancias que permitan abrir una ventana de oportunidad para proponer una nueva política; segundo, que la gente acepte esa innovación, y tercero, que el que propone la innovación tenga buena suerte.

La intuición que hay detrás de esta idea es que cuando los votantes no saben qué pensar de una nueva política, se fijarán en la innovación en tanto en cuanto piensen que el partido que la propone es un partido responsable y que el statu quo no es positivo. Además, pensarán que el partido que propone el cambio es responsable si ese partido está convencido de que es necesario un cambio y aparece ante los ojos de la gente como más preocupado por el bienestar general que por la supervivencia política. Paradójicamente, el hecho de que haya desarrollado políticas más propias del otro bando en el pasado le ayudará a ganar reputación ante el electorado. Existe un límite, sin embargo: el partido socialdemócrata en cuestión tendrá muy difícil convencer a la gente de que no ha hecho electoralismo si en el pasado compró por completo la agenda de su competidor. El ejemplo británico re-emerge aquí de nuevo.

Por tanto, los partidos socialdemócratas que se han mantenido fieles a sus señas de identidad y que tienen una agenda específica de cambio tendrán muchas mejores perspectivas para que en el futuro la gente vuelva a acudir a ellos para la implementación de políticas socialdemócratas. En Europa es posible encontrar muchos partidos socialdemócratas que han sido aproximadamente fieles a sus señas de identidad. Es más difícil, sin embargo, encontrar partidos socialdemócratas que de verdad tengan una agenda de cambio propia, estén íntimamente convencidos de ella, y dispuestos, teniendo en cuenta las constricciones existentes, a desarrollarla.

Por tanto, para eliminar la disonancia que supone que sea la derecha y no la izquierda la que aplique en medio de las crisis políticas socialdemócratas, la izquierda tiene que preguntarse cuáles son sus objetivos y su plan para llevarlos a cabo, y no esperar a que alguien haga el trabajo por ella. En otras palabras, lo realmente importante en este ámbito de estrecho margen para la innovación política será establecer el tono: es decir, quién innova y quién copia al que innova.


Antonio Estella es profesor de Derecho de la Universidad Carlos III de Madrid.

El segundo rapto de Europa

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Blanca Vilá
El Pais - España
02/06/09

Europa, recordemos, era aquella princesa fenicia para quien Zeus se transformó en un magnífico toro blanco y la raptó. Salieron a buscarla sus hermanos, y dicen que jamás la encontraron, fundando a lo largo de su búsqueda, con el nombre de cada uno, varias ciudades en la Tesalia y en la Tracia, en Cilicia o en Libia. Al final de su viaje, Zeus le desveló su identidad, llegados a Creta, donde dicen que reinó.

Antonio Caracci, Tiziano, Foucher o Gustave Moreau nos la representan joven y bella, diciendo ingenuamente adiós a su tierra nativa, más al Oriente. Pues bien: la Europa de este siglo XXI, entendida como unidad de densidad económica, política e instrumental, y dotada de una determinada cohesión social con referente en el Estado de bienestar, vuelve a verse secuestrada. ¿Quién es su raptor, quiénes son sus raptores? Nada más y nada menos que sus propios padres e hijos, los Estados "soberanos" europeos -los de antes y los de después- con sus continuos ataques de celos, que les llevan a ocultar, mentir, tapar, contaminar y culpar. No quieren que reine en Creta, no quieren que se vea su cara, no hacen nada por curar sus heridas ni por aliviar los grandes catarros producidos por un viaje tan largo. Un viaje entre nubes y tormentas, aunque alumbrado por esa esencial luz mediterránea.

Los Estados soberanos, y concretamente, los partidos políticos que los vertebran, no van a permitir que Europa les robe sus faustos en la era de la comunicación. También han de ser "repensados" en su función actual y futura. Tapan lo que hay, dicen lo que no hay, culpan "a Bruselas" (el bueno soy yo; el malo es el otro, ese que precisamente soy yo mismo: o sea, nuestros ministros en el Consejo de Ministros, que se reúne en sus distintas formaciones más de 300 sesiones anuales, porque la omnipresente Comisión dispone de escaso poder de decisión). Contaminan con pactos entre partidos nacionales, o con hábitos y excesos institucionales -fruto tantas veces del reflejo de los estatales-, al propio Parlamento Europeo, la autoridad colegisladora elegida directa y democráticamente desde 1979, de la que a fin de cuentas depende la adopción del 70% de la legislación que nos es aplicable, razón ineludible para participar en la elección de sus miembros.

Los Gobiernos de esos Estados celosos, en ésta su faceta perversa, ocultan la cara de Europa, su posible belleza y juventud, para que no pueda -como mujer poderosa y carismática- presidirnos a todos, grandes y pequeños, necesitados de esas decisiones determinantes sobre nuestro futuro global cuya adopción por separado es simplemente imposible y en cualquier caso inútil. La llegada del Tratado de Lisboa -texto minimalista y seguramente eufemístico, pero absolutamente real- va a permitirnos cuando menos ver los ojos de Europa -aunque no su cara- posibilitando una Presidencia, un nombre y una voz común en el exterior.

Y es que -obligada y responsablemente- hay muchas preguntas que hacerse. La primera puede ser ésta: ¿qué sería de nosotros, los de a pie, sin Europa, y en el caso de España, sin la vigilancia europea? Ni caminos, carreteras, puentes o barcos, ni nuestro maravilloso y excelente aceite de oliva, ni la seguridad de nuestros productos, ni la movilidad de nuestros estudiantes, ni la competitividad de nuestras empresas. Además, como en su día nos dijo el buen amigo Paolo Checchini, y aunque parezca hoy un argumento de una cierta superficialidad, ¿nos hemos preguntado cuál puede ser el coste de la no-Europa, un imposible volver atrás en ese modelo inacabado que finalmente los Estados pretenden mantener bajo la disciplina de sus propios calendarios electorales y a falta de un discurso europeo real?

La segunda pregunta sería ésta: ¿no será que acaso Europa llega tarde al mundo global? Si escucho a mi amiga canadiense o al colega sudafricano ocurre más bien al contrario: el mundo necesita del laboratorio europeo, de ese modelo europeo de convivencia, acompañado si es posible de un liderazgo europeo hoy ausente, para sobrellevar con esperanza su propio y mejorable destino.

Y la tercera pregunta está en boca de casi todos: ¿por qué tira tan poco lo europeo en esta década inicial del siglo XXI, tras modernidades y posmodernidades hoy ya antiguas, convencidos como estamos de nuestras sociedades líquidas?

En mi opinión, a Europa le falta épica -la que sí tienen unos juegos olímpicos o una final de la Champions League-, algo tan antiguo como el mismo ser humano (que necesita de himnos, colores o símbolos) como consustancial en nuestra sociedad de la era audiovisual, basada en imágenes, cifras de audiencia y estímulos hiperactivos. Porque la cultura del acuerdo, del consenso, de la mediación, de la negociación, no arrastra a las masas con la misma fuerza con que lo hace la cultura del conflicto, y es injusto que el esfuerzo y la tensión -sin la cual una sociedad no avanza- no hallen gran audiencia en estos tiempos. Por otra parte, lo excesivamente "normalizado" no vende: uno se habitúa a ello y decae el interés, como ocurre con la información mediática pautada de las innumerables reuniones políticas.

Pero ¿por qué falta esa épica? No porque no la tenga, sino porque lo que hay que cambiar es la mirada sobre Europa y, dejándonos de ombliguismos, poner encima de la mesa su acción global y no sólo aquella puramente política. Europa y su factor humano, o en otras palabras, la acción de Europa no en sí misma sino en el contexto mundial. Ahí va el mensaje a los medios de comunicación, los segundos raptores de Europa.

Sí tendría su épica si cambiáramos nuestra mirada sobre ella y pasáramos a la acción. Así como el inefable Woody Allen enfoca y desenfoca (Deconstructing Harry, 1997) su realidad, con su cámara veríamos la Europa densa de las personas y sus preocupaciones, la Europa que sí está, la de la corta distancia, la Europa de la cultura en su más amplio sentido, la Europa del conocimiento, la Europa divertida y saludable, ese laboratorio humano que controlaría al puro artífice político.

No se conoce, y sí tiene esa bella épica, el hecho de que Europa es, de lejos, la primera donante mundial en ayuda humanitaria; que dispone además de una construcción jurídica poco conocida aquí y envidiada fuera (Eric Hobsbawn dixit), la Europa trabajosa en mediaciones, activa en cooperación al desarrollo, con una solidaridad enorme en sus sistemas sanitarios (véase Sicko, el último documental de Michael Moore, 2008) y unos sistemas de educación universales, sumamente creativa y hasta austera cuando quiere.

Así sabríamos que Europa, aunque enormemente compleja, no siempre es complicada. Que Europa somos todos nosotros, sociedad civil emergente, que ahora mismo tenemos que votar un Parlamento Europeo capaz de consagrar un posible líder y de, en otro paso más, hacer que entre en vigor el Tratado de Lisboa para, llegado un momento no lejano, adaptar las estructuras a las decisiones y hacer de aquél una institución auténticamente constituyente. Así destaparemos el velo que aún cubre la cara de Europa y reinará en Creta. Nada más ni nada menos.

Blanca Vilà es profesora de la Universitat Autònoma de Barcelona y profesora visitante de las universidades Panteios (Atenas) y Macedonia (Tesalónica).

¿Para qué queremos Parlamento Europeo?

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TRIBUNA: XAVIER VIDAL-FOLCH

Estrasburgo no es una tercera cámara para resolver litigios perdidos en casa. Es la primera, condiciona la mayoría de las leyes domésticas. El 7-J es clave para evitar las derivas nacionalista y antisocial de la UE


Para qué queremos el Parlamento Europeo? Sencillo: para frenar el creciente desequilibrio entre el alma social y el bolsillo económico de la Unión Europea. Para sortear la exponencial deriva nacionalista de muchos de sus Gobiernos, rendidos al síndrome de intentar inútiles soluciones individuales a problemas mundiales. Para aprovechar los resquicios que dan cauce a las iniciativas de los ciudadanos, desbordando las disciplinas partidistas y asumiendo la defensa de las más nobles causas perdidas. Para presionar a los líderes en favor de una democracia europea más evidente y más visible. O, cuestión de gustos, para todo lo contrario.

¿Es eso posible? Depende. Si el futuro inmediato se escribe con los mismos renglones del pasado más próximo no es imposible. Porque el balance de la legislatura recién clausurada exhibe bastantes luces. Así, los eurodiputados han logrado limitar el giro antisocial al que tienden al unísono las otras dos grandes instituciones (Comisión y Consejo), espoleadas por la presión de ultraliberalismo salvaje propia de los nuevos socios del Este... y aprovechada y fomentada por algunos de los socios ya añejos, como el Reino Unido.

De esa tramontana ultraliberal, que no liberal, tampoco escapa el Tribunal comunitario de Luxemburgo, otrora campeón de las libertades y de la extensión de derechos sociales. Ahora dicta sentencias como las Viking, Laval y Ruffert, que entre otros desatinos priman las peores condiciones laborales de los países de origen sobre las de los países de acogida a inmigrantes comunitarios. En vez de colocar el estándar por arriba, avalan que se ubique por abajo.

En todo caso, la Cámara de Estrasburgo ha moderado las aristas más antisociales de ciertas iniciativas de Bruselas, como la directiva de servicios Bolkenstein. Espléndida en cuanto simplifica la apertura de empresas de servicios (el 70% del PIB europeo) e impone la "ventanilla única". Pero reaccionaria porque también bendecía un sueldo a los inmigrantes internos según su país de origen y no según la empresa de destino: pretensión tumbada.

Estrasburgo también ha bloqueado la ampliación de la jornada laboral hasta 65 horas, en tanto que regla y no excepción, salvando así la conquista centenaria de las 48 horas y el riesgo de enajenar a los sindicatos del proyecto global de la UE. Pero se plegó al drástico trato infligido a los inmigrantes exteriores por la directiva de Retorno, que autoriza su detención hasta 18 meses, mientras en España el máximo es de 40 días; en Francia, de 32, y en Alemania... de 18. Nueva armonización a peor, en vez de a mejor, contra lo que se solía.

Un éxito estrella de Estrasburgo, con valor político más que jurídico, ha sido la investigación sobre la complicidad de los Gobiernos europeos con los vuelos de la CIA transportando prisioneros a cárceles secretas, dirigida por Claudio Fava. O el desmontaje de la directiva de retención de datos por las policías, durante cinco años, sin intervención judicial. ¿Qué habría sido de la Europa liberal, en ausencia de su Cámara?

También ha registrado otros muchos logros: el apoyo a la Comisión, que salvó el abaratamiento de las tarifas de roaming telefónico; la denuncia que alertó del urbanismo salvaje en el litoral mediterráneo español; las aportaciones al rescate de la naufragada Constitución, en el Tratado de Lisboa; el paquete de cambio climático amenazado por los orientales más contaminantes...

Los fracasos y los éxitos del hemiciclo, la originalidad que le hace permeable a las pulsiones ciudadanas frente a las presiones gubernamentales, obedecen a su particular aritmética exenta de mayorías aplastantes, que permite acuñar múltiples alianzas de geometría variable: gran coalición PPE-PSE, cuyos mandatarios, Josep Borrell y Hans Gert Poetering, dividieron presidencia; pacto liberal-conservador; o alianza roji-verde-liberal. Y a los distintos énfasis en el interior de cada familia, que permiten heterodoxias en la disciplina: un democristiano alemán de ideario social no equivale a un colega suyo berlusconiano. ¿Volverá a ser así?

La Cámara que emanará de las elecciones del próximo 7 de junio encarnará probablemente una cruel paradoja. Será la más poderosa e influyente en la historia de la Unión. Y la que más riesgo corra de jugar a la contra y tirar piedras sobre el propio tejado: la más euroescéptica. Resultaría un contrasentido que la institución a la que, Tratado tras Tratado, se ha ido otorgando más mecanismos de poder, se troque en una corporación descreída del uso de ese poder, y de su fin último, una Europa políticamente unida.

Ocurrirá eso, si Dios, o los votantes más europeístas, no lo remedian. Porque la minoría de euro-nihilistas y euro-escépticos, estimulados por el soberanismo nacionalista de británicos y ex parasoviéticos, esos sí se movilizarán. Jugar a la contra activa la adrenalina. Pero la mayoría de euro-entusiastas y euro-críticos está aquejada de desinterés y desafección. Desmotivada entre otras causas porque considera que la UE no está a la altura deseable en el combate contra la recesión mundial. La última encuesta (en pocas horas será la penúltima) arroja una previsión de votantes de sólo el 34%, frente al 45,5% de 2004 y el 63,8% de 1979. Mucho peor se augura en España, el 27%, trasunto de la desconfiada decepción de quien creyó sin fisuras. El corolario de ese despecho es la abstención, el peor voto de castigo, porque funciona como una enmienda a la totalidad.

Y sin embargo, esta elección es clave. Si al fin se ratifica el Tratado de Lisboa -la Constitución derrotada por los nacionalismos, pero al cabo sustancialmente rescatada-, venciendo las resistencias irlandesa y checa y cuantas surjan a cada esquina, el Parlamento mandará mucho. Colegislará junto con el Consejo (los Gobiernos) sobre un número de materias mayor que nunca, siempre a propuesta de la Comisión.

Ya ahora, más de un 70% de las leyes nacionales vienen predeterminadas por las normas de la Unión, muchas de ellas corredactadas por los eurodiputados, o son su mera traducción. Con Lisboa vigente, ese porcentaje debería crecer. ¿Acaso es un reto nimio? Contra la percepción de muchos españoles, la de Estrasburgo, y no el Congreso de los Diputados, es su primera cámara parlamentaria. Los partidos son responsables de esa falsa percepción. Porque atiborran sus listas europeas de ex ministros y amortizados. Y porque con frecuencia apelan al Parlamento Europeo como altavoz de los litigios de clave partidista interna. Como si forzasen una prórroga artificial ante una tercera cámara de apelación para los asuntos que pierden o temen perder en casa.

Así, los socialistas buscaron y obtuvieron el aval de Estrasburgo a la negociación por la paz en Euskadi: también lo hizo Londres con el proceso de paz irlandés, pero en el Reino Unido no había en eso disputa doméstica. Y los populares (con Luis Herrero y Alejo Vidal Quadras a la cabeza) prosiguieron en la capital alsaciana su curiosa montería antiautonomista: votaron contra el derecho de los ciudadanos a dirigirse a la Eurocámara, y a recibir su respuesta, en cualquiera de los idiomas cooficiales en el país; predicaron contra ¡la política de licencias de radio en Cataluña! Los españoles comparten esa tontuna costumbre con los italianos, pero nunca con británicos ni franceses: éstos buscarán fijar allí marcos generales que condicionen a sus Gobiernos (u oposiciones) pero no tratarán de gobernar u opositar por cámara interpuesta.

Partidos y Gobiernos son también responsables de mantener al poderoso hemiciclo sin el instrumento de soberanía más visible: la competencia de elegir al Ejecutivo. Cierto que pueden arrumbarlo, como hicieron con la Comisión Santer en 1999. O forzando la renuncia del candidato a comisario de Justicia Rocco Butiglione, famoso papista homófobo. Pero no atrae tanto al votante destituir como elegir.

Los líderes nacionales ya se han cuidado de evitar candidaturas paneuropeas. Un cabeza de lista común por familia ideológica en todos los países, que fuese el aspirante por cada credo a presidente de la Comisión, dotaría a ésta y al Parlamento del auténtico poder continental... en detrimento de sus ajadas poltronas nacional-comarcales. Prefieren reelegir en cónclave íntimo al hábil, maleable, José Manuel Durão Barroso. Aunque sea a costa de laminar el interés y la participación electoral. Es lo que hay.

El Pais, 22/05/2009

A new politics: We need a massive, radical redistribution of power

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David Cameron


The public reaction to the political crisis over MPs' expenses is far too serious to be assuaged by any instant package of measures, or even the sight of MPs paying the price for unethical behaviour. I think the British people's fury at politicians today indicates a much deeper problem in our political system, that's been growing for years. That's why the Guardian's A New Politics debate is so important. It's vital we examine the deeper political problems Britain faces, and consider all potential solutions. And while I think much of the recent excited talk of "revolution" is overblown – we need to keep a cool head and a sense of proportion – we mustn't let ourselves believe that a bit of technocratic tinkering here, a bit of constitutional consultation there, will do the trick. No, this crisis shows that big change is required. We do need a new politics. We do need sweeping reform. But we've got to get it right.

We should start by trying to understand what's gone wrong. Of course, the immediate trigger of anger over expenses is the realisation of what some MPs have been doing with taxpayers' money. But the fundamental cause is, I believe, different. It is in fact the same thing that made people so angry about the bankers who got rich while they were bringing the economy to its knees. It's the reason people are angry with councils that fine them for putting their rubbish out on the wrong day; with the NHS managers who shut down a much-loved maternity unit; with the local officials who are super-efficient when it comes to chasing up your council tax bill, but super-useless when it comes to giving your child a place in a good school. It's the reason so many innocent citizens mistrust and even fear the police – the very people who should be protecting them – and why so many people increasingly feel that the state is their enemy, not their ally.

The anger, the suspicion and the cynicism – yes, with politics and politicians, but with so much else – are the result of people's slow but sure realisation that they have very little control over the world around them, and over much that determines whether or not they'll live happy and fulfilling lives. In media, shopping, travel, entertainment and music, we have huge choice and control provided by many organisations that offer us incredible service and value. But when it comes to the things we ask for from politics, government and the state, there's a sense of power and control draining away; having to take what we're given, with someone else pulling the strings.

This wouldn't be so bad if the powerful simply left the powerless to get on with the rest of their lives. But in Britain today, a growing culture of rule-following, box-ticking and central prescription robs people of the chance to use their judgment or take responsibility. And an increasingly Orwellian surveillance state (symbolised by the simultaneously ineffective and intrusive ID card scheme) reminds people that the powers that be don't trust them.

Progressive Conservatism

Our philosophy of progressive Conservatism – the pursuit of progressive goals through Conservative means – aims to reverse the collapse in personal responsibility that inevitably follows this leeching of control away from the individual and the community into the hands of political and bureaucratic elites. We can reverse our social atomisation by giving people the power to work collectively with their peers to solve common problems. We can reverse our society's infantilisation by inviting people to look to themselves, their communities and wider society for answers, instead of just the state. Above all, we can encourage people to behave responsibly if they know that doing the right thing and taking responsibility will be recognised and will make a difference.

So I believe the central objective of the new politics we need should be a massive, sweeping, radical redistribution of power: from the state to citizens; from the government to parliament; from Whitehall to communities; from the EU to Britain; from judges to the people; from bureaucracy to democracy. Through decentralisation, transparency and accountability we must take power from the elite and hand it to the man and woman in the street. Yes, as many Guardian commentators in their contributions to A New Politics have argued, that means reforming parliament. But it means much more besides. The reform that's now required – this radical redistribution of power – must go through every public institution, not just parliament.

We should start by pushing political power down as far as possible. Politicians will have to change their attitude – big time. Politicians, and the senior civil servants and advisers who work for them, instinctively hoard power because they think that's the way to get things done. Well we're going to have to kill that instinct: and believe me, I know how hard that's going to be. It will require a serious culture change among ministers, among Whitehall officials – and beyond. With every decision government makes, it should ask a series of simple questions: does this give power to people, or take it away? Could we let individuals, neighbourhoods and communities take control? How far can we push power down?

It's by asking those questions that you arrive at our plans for school reform. Right now, parents just have to hope for the best and take the school place they're given. You sit there waiting for the letter from the local authority, hoping you get your first choice of school, or at least hoping you avoid the schools at the bottom of your list. One of the most important things in your life – the education of your children – is largely out of your hands. Our reforms will take the power over education out of the council's hands and put it directly in parents' hands, so they have control.

We'll end the state monopoly in state education, so that any suitably qualified organisation can set up a new school, and any parent who isn't happy with the education their child is receiving can send their child to a new school – backed by state money, including a new extra payment for children from the poorest families. This is the kind of redistribution of power that will be the starting point for a Conservative government: transferring power and control directly to individuals.

But it's not always possible to give power back to individuals, and in those cases we need to do the next best thing: redistribute power to neighbourhoods and local government. Instead of raging impotently at some distant regional government decision to dump thousands of new homes in your town without any thought about the impact on traffic, public services and the character of your community, through new local housing trusts neighbourhoods will have the power to build the homes they want. And we're going to empower councils by cutting right back on all the interference from central government: the rules and restrictions, the targets and inspections. And we're going to get rid of pointless and unaccountable regional government and bureaucracy.

David Cameron will be giving a speech on reforming government today at the Open University in Milton Keynes

This is the first part of an article the Conservative leader has written to accompany that speech. The article has been divided into four simultaneously published parts to enable readers to post comments on the threads


The Guardian, 25/05/09